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lunes, 29 de septiembre de 2014

EL CAFÉ DE QUEVEDO.

En la década de los años ochenta del siglo XIX, cuando la glorieta de Quevedo de Madrid estaba rodeada por las calles de La Habana (hoy Eloy Gonzalo), Navas de Tolosa (hoy prolongación de San Bernardo), Real (hoy prolongación de Fuencarral), en lo que aún no se llamaba distrito de Chamberí, vino a establecerse el Café de Quevedo en el número 2 de esta plaza (hoy nº 9).

Fuente: Ricardo Márquez - Historias-matritenses.blogspot.com
Glorieta de Quevedo en las primeras décadas del siglo XX. A la derecha, con fachada blanca, el Café de Quevedo. 

Sin ninguna duda puede afirmarse que este de Quevedo era un café de barrio, de uno peculiar como lo era entonces Chamberí porque aún se estaba conformando. Eran tiempos en los que el hoy distrito de Tetuán (de las Victorias) ni siquiera pertenecía a Madrid, ya que fue un municipio independiente de la capital hasta el año 1948.

Fuente: Bibliotecavirtualdemadrid.org. Plano de Madrid de José Pilar Morales (1880).
La glorieta de Quevedo aparece rodeada por las calles de La Habana, Real y Navas de Tolosa.

El originario Café de Quevedo era propiedad de Manuel Fernández Cipriano, tenía salón de billar y en él se reunían con asiduidad los miembros del Partido Republicano Progresista de Manuel Ruiz Zorrilla, pertenecientes al distrito del Hospicio. Se ubicaba en la esquina de la glorieta de Quevedo con la entonces calle de La Habana, cuya denominación cambiaría por la de Eloy Gonzalo en el año 1899, tras la pérdida de las últimas colonias de ultramar.

Fuente: Prensahistorica.mcu.es (1914)
Interior del Café de Quevedo.

La prensa informa de la tormenta de piedra única en su clase que cayó sobre Madrid la tarde/noche del día 9 de junio de 1899 y que fue seguida de un fuerte aguacero. Las inundaciones afectaron desde el Hipódromo (hoy Nuevos Ministerios) hasta la Estación del Mediodía (Atocha), arrastrando a su paso todo lo que se encontraba en el camino. Piedras, árboles, quioscos, carruajes y sus animales, fueron arrasados por el agua que reventaba cañerías incrementando el caudal. El granizo, con piedras del tamaño de un huevo gordo de gallina, ocasionó numerosas lesiones a quienes se encontraban en la calle y rompió todos los cristales de los patios cubiertos en hoteles, pasajes, palacios y palacetes. 

Todo ello no impidió al nuevo dueño José Álvarez, propietario también del Café de San Luis, inaugurar con éxito en esa misma noche tormentosa su nuevo Café de Quevedo e invitar a toda la prensa.

En el Quevedo recién estrenado, café bien situado en el barrio de Chamberí en cuyos límites está enclavado, continuaron celebrándose banquetes de los republicanos cada 11 de febrero (aniversario de la proclamación de la I República Española). Tres años después de esta apertura Álvarez decidió dar un nuevo ambiente a su negocio y encargó al pintor Antonio Candela la restauración del local con gusto y sencillez, en cuya decoración predominarían los elegantes colores blanco y oro. También la música tendría protagonismo en este nuevo café con los conciertos de piano y bandurria a cargo de los maestros Mariano Vázquez y Vicente Belloch. 

Fuente: Prensahistorica.mcu.es (1914)
Interior del Café de Quevedo con su piano de cola.

Un luctuoso suceso tendría lugar en el café de Quevedo el día 13 de diciembre de 1913. Bajo el epígrafe “Crimen por ochenta céntimos”, los periódicos informaron sobre la disputa entre dos camareros que, tras cobrar el importe de las partidas de billar a un grupo de parroquianos, comenzaron a discutir sobre el reparto de la propina de 0,80 pesetas que aquellos habían dejado. Lo que empezó como discusión terminó con una puñalada gravísima en el vientre. A los ayes del herido acudió presuroso un guardia que junto a un cochero trasladaron al herido al Hospital de la Princesa. El juez se personó en la clínica para tomar declaración al herido y éste no pudo hacerlo porque su estado era de una gravedad extrema. Sólo pudo puntualizar quién era su agresor, por medio de señas. El atacante fue conducido al Juzgado de Guardia.

Fuente: B.N.E. (1914)

Una vieja reivindicación laboral de todos los camareros de café fue la supresión de las propinas y el Café de Quevedo fue el primero de Madrid en implantar esta norma. Los camareros, que hasta el año 1921 debían correr con los gastos de las roturas del utillaje, además de cobrar el mismo jornal al trabajar durante el día o la noche y pagar a sus ayudantes, si los tuvieran, reclamaban un salario digno y fijo desestimando la aleatoria propina, cantidad que los dueños de los negocios contaban como salario. Con la amenaza de una huelga que dejaría sin servicio a los cafés, la consecución de este derecho tardaría mucho en conseguirse.

Fotografía: M.R.Giménez (2014)
Glorieta de Quevedo en la actualidad. A la derecha la esquina con la calle de Eloy Gonzalo, donde estuvo el Café de Quevedo. El nuevo edificio también alberga un negocio de restauración.

Los últimos anuncios en prensa del Café de Quevedo datan del año 1936, cuando ya se había convertido en un café-bar. La casa donde se ubicó fue demolida y en su lugar se construyó un enorme edificio que cuenta con un negocio de restauración en la misma esquina donde estuvo el Quevedo.

En la actualidad es poco lo que coexistió con este café y aún perdura en esta glorieta de Quevedo. Su número 1 alberga la casa de Francisco González Castellanos, en el 5 se halla el edificio donde estuvo el estudio del escultor Mateo Inurria y junto a éste, en el número 6, una casa de viviendas del arquitecto Antonio Palacios Ramilo. También sigue en pie, en la calle Eloy Gonzalo, el Instituto Homeopático y Hospital de San José. La estatua de Francisco de Quevedo (1902) que hoy se sitúa en medio de la plaza es obra del escultor Agustín Querol Subirats y no fue instalada en esta ubicación hasta el año 1963.





Fuentes:

Hemeroteca de la B.N.E.
Bibliotecavirtualdemadrid.org
Prensahistorica.mcu.es
Es.wikipedia.org
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide
Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid.
Historias-matritenses.blogspot.com y agradecimiento muy especial a Ricardo Márquez, creador de dicho blog.


lunes, 1 de septiembre de 2014

CUEVAS DE SÉSAMO – Música de piano.

Esa pequeña fachada del local situado en el número 7 de la calle del Príncipe, en Madrid, alberga las Cuevas de Sésamo. Un lugar en el que desde su apertura se dio cita lo más bohemio de la ciudad atraído por su música de piano y sus tertulias literarias.

Fotografía: M.R.Giménez (2014)
La cabeza de caballo de las Cuevas de Sésamo.

Lo que se inició como la pequeña cafetería Sésamo en 1950, propiedad de María del Carmen Ponte, iba a convertirse un año después y por azar en algo bien distinto. Tomás Cruz Díaz, republicano represaliado y esposo de la dueña, descubrió un buen día que bajo el suelo del recinto existía una cueva olvidada que pareció sugerirle la inmediata transformación del negocio. Así fue como la cafetería pasó a ser bar, descendiendo de piso y ocupando los abovedados techos del sótano; se le dotó de un piano, los pintores comenzaron a cubrir sus paredes de cuadros y sobre los gruesos muros se escribieron frases concisas y solemnes de poetas, escritores, filósofos y artistas, ofreciendo a la clientela sangría, entre otros licores, y únicamente raciones frías. 

Fuente: Bibliotecavirtualmadrid.org (años 50) / Fotografía:M.R.Giménez (2014)
A la izquierda, una noche de premios. A la derecha el mismo rincón de Sésamo, en la actualidad.

Desde el principio las Cuevas de Sésamo se comprometen con la expresión artística en todas sus manifestaciones y comenzarán las tertulias, abarrotando el local aquellos jóvenes a los que la prensa más conservadora del momento (prácticamente toda) denominaría peyorativamente como ye-yés, melenudos o barbudos y que poco a poco irían cambiando chaqueta y corbata por un jersey negro de cuello vuelto.

Será en el año 1952 cuando se crea el primer Premio Sésamo para obras de teatro en un acto, dotado con 1000 pesetas, que recaería en Evaristo Acevedo Guerra con “Cerebro con derecho a cocina”. Como finalista quedó la obra “Historia de Juana” de Jesús Fernández Santos. 

Mientras tanto el pintor argentino Bruno Venier comenzó a pintar los primeros murales sobre las paredes de Sésamo.

Fotografía: M.R.Giménez (2014)
Mural del pintor Alberto Moreno, en el que figuran los nombres de los ganadores de los premios Sésamo hasta el año 1957.

Tres años más tarde, en 1955 y hasta el año 1967, también se instauraron en Sésamo los premios de pintura y cuentos, resultando ganadores en la primera edición el pintor Lucas Castell y el escritor Jesús López Pacheco. A ellos les seguirían, en sucesivas convocatorias, los pintores Alberto Moreno, Xavier Pousa, Máximo de Pablo o los escritores Medardo Fraile, Fernando Quiñones, Luis Goytisolo, Miguel Buñuel, José María Riera de Leyva, Víctor Mora (creador del “Capitán Trueno”) entre otros muchos.

Fuente: ABC (años 70) / Fotografía: M.R.Giménez (2014)
Concesión de los premios Sésamo y el mismo lugar en la actualidad.

Se puede decir que la llamada Generación del 50 pasó en pleno por las tertulias y por las diversas convocatorias del Premio Sésamo, siempre escuchando la música de piano del maestro Manuel Vázquez Amor, compositor de la zarzuela “María Pepa, la huertana” y de varios conocidos boleros. 

Fuente: ABC (1977)

En 1956 se creó el Premio Sésamo de novela corta, cuyo primer premio recayó en la obra “El mar está solo” de Vicente Carredano. A partir de entonces, muchos serían los escritores que obtuvieron este galardón, que habría de ser considerado como prestigioso, aunque no estuviera dotado de una cantidad económica relevante. Así autores como: Juan García Hortelano (1957), Eduardo Mendicutti (1973), Juan José Millás (1974), Soledad Puértolas (1979), entre otros muchos, se cuentan entre sus ganadores. La última edición de los premios fue en el año 1991, siendo obtenido por el escritor José Antonio Biosca.

Fotografía: M.R.Giménez (2014)
Fachada de las Cuevas de Sésamo.

Hoy el estrecho acceso de las Cuevas de Sésamo recibe con un vestíbulo desierto y una solitaria columna de hierro, a quien desee entrar. Un cartel luminoso señala el camino y, bajo él, parte de un poema de Paul Valéry: “Depende de quien pasa que yo sea tumba o tesoro…”. 

Dos tramos de escalera conducen a las Cuevas que muestran sobre la barra del bar, como para darnos la bienvenida, el autógrafo original de Ernest Hemingway y frente a él la fotografía que Juliette Greco, musa de los existencialistas, se hizo allí hace ya muchos años. Pequeñas mesas con mantel, sillas y taburetes se distribuyen en el local dividido por el gran muro abierto en su centro, que retiene en su interior una escultura de la cabeza de un caballo semejante a la que Fidias realizó para el Partenón, pero ésta ensartada en dos travesaños. Rincones más o menos cercanos al piano, que también ha cambiado con el tiempo, y desde donde se escuchan las canciones de siempre. 

Fotografía: M.R.Giménez (2014)
Entrada de las Cuevas de Sésamo con su solitaria columna.

Así continúa siendo Sésamo, el lugar donde únicamente varían las frases pintadas en sus paredes por la necesidad de enlucir el local y que de inmediato serán reemplazadas por otras tan contundentes como las anteriores.





Fuentes:

Cuevassesamo.com
Hemeroteca ABC
Hemeroteca B.N.E.
Prensahistorica.mcu.es
Diariomadrid.net
Bibliotecavirtualmadrid.org
“Génios, locos y picaros” Manuel Martínez Pastor.

Agradecimiento a Jose, camarero de las Cuevas de Sésamo, por la información aportada y las facilidades para la realización de fotografías.