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martes, 29 de octubre de 2013

EL CAFÉ SPIEDUM Y LOS ALMACENES QUIRÓS DE LA GRAN VÍA.

Corría el año 1923 cuando el arquitecto Antonio Palacios Ramilo ponía fin al edificio comercial llamado Casa Matesanz, en el número 5 de la avenida de Pi y Margall, situado en el por entonces segundo tramo de la Gran Vía de Madrid. La esquina de este inmueble con la calle de la Salud fue convertida en uno de los más novedosos y conocidos cafés de la moderna Gran Vía, que además sería rotisserie, cervecería, sala de billares y “restaurant”: El café Spiedum.

Foto: M.R.Giménez (2013)
La Casa Matesanz de la Gran Vía, 27.

El café Spiedum fue inaugurado el día 25 de febrero de 1924 y su dueño, Enrique del Rey, no dudó en invitar a toda la prensa de Madrid para presentarlo. Del acontecimiento se escribió que en el Spiedum todo es distinguido, selecto, elegante y grato, describiendo a su propietario como semejante a un rico prócer británico

El Spiedum tomaba su nombre del aparato que en América se usa para asar carnes y aves, según explicaba el dueño del café (spiedo o espiedo es la técnica que permite cocinar los alimentos haciéndolos girar junto a una fuente de calor). El aparato, innovador en Madrid, en un principio iba a ser instalado dentro de un escaparate a la vista del público, pero fue imposible debido a que el edificio estaba concebido para uso comercial y carecía de las suficientes salidas de humos. Fue así como el spiedum de varillas niqueladas y con capacidad para 20 pollos que giraban automáticamente alrededor de un hornillo donde arden leños de encina, tuvo que trasladarse a las cocinas del restaurante.

Fuente: B.N.E. (1924)
Escalera de acceso a la cervecería y al restaurante, a la izquierda. Un rincón del restaurante, a la derecha.

El café estaba decorado al estilo inglés antiguo, según proyecto de “Echeverría y Rafecas”; de sus altos techos pendían lámparas de bronce al gusto holandés y completaba su iluminación con seis anchurosos ventanales. Desde el salón del café una pequeña escalera conducía a la zona destinada a restaurante, cervecería, marisquería y degustación de la especialidad “pollos al spiedum”. Sus paredes se habían pintado en vivos colores con tendencia al arte cromático japonés. 

La oferta se completaba con la gran sala de billar que llegó a tener hasta treinta mesas, desde las de match a las más corrientes y también seis del modelo Brumswich, todas ellas dotadas de aparatos taxímetros y otros adelantos. Asimismo los veladores de su terraza en plena Gran Vía, llegaron a ser de los más solicitados por la clientela. 

En el mes de diciembre de 1929, el nuevo dueño del café Spiedum convierte el salón en un lugar de intimidad y arte, dando paso a conciertos de música con el “Trío Vela” formado por Telmo Vela de la Fuente, Joaquín Fuster y Barend Bos. En el “restorant” del Spiedum no se paraba de homenajear con banquetes, tan de moda entonces, tanto al mundo intelectual como al de las artes escénicas.

El día 22 de diciembre de 1930 cae el cuarto premio de la Lotería Nacional en el Spiedum; el cerillero había vendido participaciones a los parroquianos y, entre ellos, un joven francés que llevaba un año en Madrid aprendiendo español, fue agraciado con cincuenta mil pesetas.

En el mes de julio de 1932 el café Spiedum anuncia la venta de todos sus enseres y cierra el negocio. Poco después, y por reducido tiempo, sería convertido en el café Apolo y en su planta baja se instalaría una sala de fiestas que terminó siendo un baile-taxi (salón en donde se bailaba abonando una cantidad fija de dinero a la pareja).

Foto: M.R.Giménez (2012)
Aspecto actual de lo que fue el café Spiedum y luego café Apolo.

Un nuevo negocio abriría en el local de la Gran Vía, número 27 durante los primeros días del mes de febrero de 1934. Los Almacenes Quirós.


Fuente: B.N.E. (1934)
Almacenes Quirós.

Almacenes Quirós ya tenía sucursales en la calle del Conde de Romanones, donde se inició en el año 1893 y en la calle de Preciados, cuando se decide a instalar un nuevo comercio en la Gran Vía, eligiendo el local que dejó vacante el café Spiedum. 

La fachada de Quirós aprovecharía los huecos de los escaparates del antiguo café, dividiéndolos en un par de alturas y dejando la puerta de acceso en la misma esquina de la Gran Vía con la calle de la Salud.

Dos años después de su inauguración, la Guerra Civil Española causa estragos en el edificio, pero la venta continuó. 

Fuente: Pares.mcu.es (Recorte de la fotografía original)
La Casa Matesanz con los Almacenes Quirós, durante la Guerra Civil Española.

La empresa, que fue abandonada por la dirección, sería incautada y gestionada por la Asociación Colectiva de Trabajo de Almacenes Quirós, constituida por cuatrocientos trabajadores. En ella se confeccionaría vestuario para el ejército de la República.

Fuente: B.N.E. (1937)
Talleres de confección y planchado con trabajadoras de la Asociación Colectiva.

Completamente reformada abre hoy sus puertas la nueva Central Quirós, decía la prensa del día 10 de octubre de 1946, anunciando la transformación de los almacenes llevada a cabo por los arquitectos Fernando García Mercadal y Ramón Aníbal Álvarez. 

Fuente: Memoriademadrid.es (Reportaje de 1950)
Fachada de los Almacenes Quirós tras la remodelación del año 1946.

La magnífica adaptación del viejo café estuvo a la altura de los comercios que entonces se instalaban en la Gran Vía de Madrid. Lujo aparente, buenos materiales, decoración de tono moderno dentro de un carácter clásico que revistió los techos con casetones de escayola, convirtieron las dos plantas y los escaparates de Quirós en uno de los establecimientos más conocidos del Madrid de la posguerra.

Fuente: Memoriademadrid.es (Reportaje de 1950).
Interior de los Almacenes Quirós tras la remodelación del año 1946.

El final de la década de los años sesenta quiso dar otro aire de modernidad a la Gran Vía y convierte los Almacenes Quirós en un centro diferente. La familia propietaria del centenario negocio decide entonces renombrarlo con la marca del sistema para la confección a medida que ya comenzó a utilizar durante los años cuarenta del siglo pasado. Quirós dejaría paso al nuevo nombre de la tienda, hoy grupo de empresas, y se llevaría por delante la suntuosa decoración de las escaleras, las columnas, los casetones del techo y la hermosa araña de cristal.




Fuentes:

Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Memoriademadrid.es
Pares.mcu.es
Es.wikipedia.org

lunes, 21 de octubre de 2013

LA CASA DEL PUEBLO DE LA CALLE PIAMONTE DE MADRID.

Es posible que muchos aún recuerden y otros hayan oído hablar de la Casa del Pueblo, institución creada por la Unión General de Trabajadores y que fue la sede de las organizaciones socialistas españolas, a imagen de las entonces instauradas en Bélgica. 

La Casa del Pueblo de la calle de Piamonte, número 2 (hoy barrio de Chueca) de Madrid, fue la más importante del país. Inaugurada por Pablo Iglesias Possé (1850-1925) el día 28 de noviembre de 1908, fue clausurada pocos días después de finalizar la Guerra Civil Española, el 27 de marzo de 1939, siendo incautados todos sus bienes por el gobierno fascista. Su magnífico edificio sería derruido en el año 1953, para tratar de borrar la historia de lo que esta institución representó.

Fuente: El Socialista (1908)
La Casa del Pueblo de la calle Piamonte, recién inaugurada.

Las primeras entidades sindicales españolas datan de la década de los años setenta del siglo XIX y se denominaban centros obreros o centros de sociedades obreras. Fueron creadas para atender las reclamaciones y denuncias de los trabajadores, aconsejándoles como debían conducirse ante los problemas laborales. Con el fin de solventar las gravísimas carencias en educación, cultura, vivienda, asistencia sanitaria, alimentación y en materia laboral de los trabajadores de la época (cuando el pan costaba 0,37 pesetas, un litro de leche, 0,40 pesetas, el jornal medio era de 2 ptas./hombres, 1,30 ptas./mujeres y 0,50 ptas./ niños y las jornadas de trabajo oscilaban entre las 12 ó las 14 horas diarias), se crea en los años noventa del siglo XIX la “Aglomeración Cooperativa Madrileña Casa del Pueblo” que trataría de paliar todas estas deficiencias, impulsando la acción socialista y haciendo crecer su militancia. La pretensión era proporcionar a los interesados beneficios, instrucción y cuanto contribuya a elevar el nivel intelectual o moral o a mejorar su condición material.

El incremento de afiliaciones propició que la organización fuese tomando importancia y, tras pasar por numerosos locales en régimen de alquiler, se decidió en el año 1906 la compra de un edificio que albergaría a todos los despachos y secretarías organizativas siendo, además, un lugar de reunión para todas las asociaciones socialistas de Madrid. Es así como se iniciaría la historia de la Casa del Pueblo de la calle de Piamonte.

Fuente: "El Socialista" (1908).
Puerta de acceso por la calle de Piamonte, 2.

El palacio del duque de Béjar sería vendido a la organización socialista en el año 1907 por Jaime Roca de Togores, su propietario, por la cantidad de 315.000 pesetas. Las cuotas de las setenta y dos colectividades obreras madrileñas, una compensación del Ayuntamiento de Madrid por la expropiación de 1.000 pies cuadrados, efectuada a la finca para alinear la calle y la negociación del pago aplazado de la reforma del edificio, a la que contribuiría el trabajo desinteresado de muchos militantes, hizo posible la transformación del viejo palacio del siglo XVII en la Casa del Pueblo de Piamonte, bajo la dirección del arquitecto Mauricio Jalvo Millán. 

Sus dos plantas y azotea (1.400 m2.) albergaron las secretarías de las colectividades, la biblioteca, un “salón chico” para 350 asistentes, otro “salón grande” con cabida para 600 personas y que había sido el salón de baile del palacio, una sala de conversar, una tienda de comestibles, una escuela y un café. El patio interior del edificio sería cubierto con una estructura de hierro y vidrio.

Fuente: B.N.E. (1909)
Biblioteca, aún sin volúmenes, situada en el primer piso.


Fuente: B.N.E. (1909)

Fuente: B.N.E. (1909)
El primer café con veladores redondos.

La falta de presupuesto haría que el gran jardín del antiguo palacio, con fachada a la calle de Gravina, quedase sin adaptar en un principio. No es hasta el año 1909 el momento de iniciar la obra de un gran salón polivalente para teatro y proyección de películas, que además albergaría los congresos del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. Se construye así el Salón-teatro de la Casa del Pueblo (posteriormente llamado Cine o Teatro Gravina y después Teatro Pérez Galdós en el año 1929), sobre el antiguo jardín, que sería inaugurado el día 15 de abril de 1915, con capacidad para 4.000 espectadores. 

Fuente: “El modernismo en la arquitectura madrileña: génesis y desarrollo de una opción ecléptica” de Óscar da Rocha Aranda.

El nuevo salón abriría una nueva fachada por el número 15 de la calle de Gravina. El aspecto general es similar a los novedosos teatros-cinemas de la época, con sus balcones de cajón sobre ménsulas, balcones de hierro y de vidrio, pilastras adosadas y remates decorativos propios del estilo de Mauricio Jalvo. En el interior destacaba su escenario, enmarcado por un arco decorado en su interior con dibujos modernistas. A los lados aparecían los bustos de Carlos Marx y de Pablo Iglesias.

Fuente: ugt.es
Mitin en el salón de la Casa del Pueblo. A los lados del escenario se aprecian los bustos de Pablo Iglesias y Carlos Marx.

En 1929 se acomete otra gran reforma en la Casa del Pueblo de la calle de Piamonte, esta vez encargada al arquitecto Gabriel Pradal Gómez.

Fuente: ub.edu (1930). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2013)
Fachada de la Casa del Pueblo de la calle de Piamonte, esquina con la calle Luis de Góngora, en el año 1930 y en la actualidad.

La remodelación del edificio de la calle de Piamonte, entre los años 1929 y 1930, añadió un piso a la estructura mediante la reducción de los elevados techos que tenía el antiguo palacio. La planta baja habría sido dotada de sobrios vanos rectangulares y enrejados, sobre los que se construyó otra serie de ventanales, paralelos con los del piso inferior, dotados de repisas salientes y enmarcados. En la última planta se duplicó el número de ventanas, ya que allí se ubicaría la biblioteca. La decoración de la fachada se completó con molduras entre los pisos, que realzaban la sobriedad del edificio. Por último, el torreón esquinero entre las calles de Piamonte y de Luis de Góngora se integró en el tercer piso del inmueble, suprimiéndose los tres grandes huecos redondos de la fachada original.

El café, importante centro de reunión que trataba de ser alternativo a la taberna de barrio, modificó su aspecto. Los pequeños veladores de antaño fueron sustituidos por amplias mesas de mármol capaces de acoger a grupos que además podían charlar o leer la prensa. El techo de cristal permitía el paso de la luz natural y servía de ventilación para la parte baja del edificio. Toda la decoración era sencilla, aséptica y funcional.

Fuente: Fundación Pablo Iglesias.(1930)
El nuevo café con techo de cristal y mesas grandes de mármol.

También el “salón grande” de la Casa del Pueblo sería remodelado. El pintor Luis Quintanilla Isasi (1893-1978) realizó en el año 1931 dos frescos sobre paneles contrachapados con encintado metálico, representando “El pueblo en marcha”, que serían destruidos con el conjunto del edificio.

Fuente: B.N.E. (1931)
Aspecto parcial de una de las pinturas.

A medida que la afiliación fue creciendo la Casa del Pueblo amplió el número de sus locales por la ciudad de Madrid, con la finalidad de cubrir mejor los servicios que en ella se prestaban. Especial importancia tuvo la Escuela Fundacional Cesáreo del Cerro, empresario que legó a las sociedades obreras que en cualquier época convivan en la Casa del Pueblo la cantidad de seiscientas sesenta y nueve mil pesetas (del año 1915) y además la casa número veinte de la calle de Carranza, valorada en trescientas treinta mil pesetas. Gracias a Cesáreo del Cerro Álamo se pudo adquirir un terreno de 22.000 m2. dedicado hasta entonces a la agricultura y casa de recreo, situado entre las calles de Teruel y de Orense (entre Cuatro Caminos y el paseo de la Castellana). Era aquel un barrio eminentemente obrero por entonces y fue especialmente elegido para instalar la escuela gratuita y de coeducación en el mes de julio de 1928, para niños de edades comprendidas entre los tres y los siete años.

Tanto las propiedades como la obra social de la Casa del Pueblo desaparecieron de un plumazo en el año 1939, tras finalizar la Guerra Civil Española. Los bienes fueron expoliados y la Historia ya nos relata lo que sucedió con las personas.

Fotografías: M.R.Giménez (2013)
Fachada actual de la calle de Piamonte, número 2.

Hoy sólo queda el recuerdo de una placa en la calle de Piamonte, número 2, pero es tan pequeña que pasa desapercibida a quien camina por esta vía.








Fuentes:

Fundación Pablo Iglesias, a quien “Antiguos cafés de Madrid” desean agradecer su colaboración para la realización de este artículo.
Hemeroteca de la B.N.E.
Hemeroteca del ABC.
Ub.edu
“El Socialista”
“El modernismo en la arquitectura madrileña: génesis y desarrollo de una opción ecléptica” de Óscar da Rocha Aranda.
Bolinf.es
U.G.T. Sindicato de la Unión General de Trabajadores.
“Centenario de la Casa del Pueblo de Madrid” 1808-2008.

Es.wikipedia.org

lunes, 14 de octubre de 2013

EL CAFÉ DE LA INFANTIL Y EL TEATRO ROMEA.

La calle de Carretas de Madrid ya era una de las más importantes de la Villa en el siglo XVII. Comercial e histórica (llamándose así por las carretas que los Comuneros de Madrid utilizaron como barricadas en los enfrentamientos del año 1521), esta calle vio acortada su longitud durante los años treinta del siglo pasado, para dar más amplitud a la plaza de Jacinto Benavente, donde hoy termina.


Foto: M.R.Giménez (2013)
La calle de Carretas en la actualidad.

En el número 14 de la calle de Carretas estuvo el Teatro-café de la Infantil, diminuto teatrillo en el que se tomaba café, al precio de un real y medio, mientras se veía una pequeña función de teatro. 

Foto: M.R.Giménez (2013)
Desde la plaza de Jacinto Benavente, final de la calle de Carretas. El edificio central corresponde al lugar donde estuvo el Teatro-café de la Infantil y posteriormente el Teatro Romea.

A mediados del siglo XIX proliferaron en Madrid estos negocios de teatro-café. Eran establecimientos modestos, generalmente situados en grandes locales dotados de un pequeño escenario y un amplio salón con muchas mesas, sillas y bancos corridos. Los parroquianos podían ver los espectáculos tomando un café con media (tostada de pan), mientras actores principiantes o cómicos no muy favorecidos por la fortuna representaban piezas que el dueño del negocio había adquirido a otros autores noveles por muy poco dinero. De esta manera se medía el éxito de la obra teatral por las medias tostadas que se habían servido durante la función.

Cuando las obras allí representadas eran demasiado largas se dividían en cinco o seis actos y el público debía abonar el precio de una consumición por cada uno de ellos. Las representaciones solían gustar a la concurrencia que, en caso contrario, mostraba su desagrado arrojando al escenario todo tipo de cosas: terrones de azúcar, platillos, tazas y hasta restos de la media tostada sin consumir. Tras la función siempre había un baile de can-can que causaba frenesí en el público. 

Fuente: B.N.E. (1881)
Precios de las localidades del Teatro de la Infantil, al que se podía ir también sin necesidad de tomar café.

Así era pues el Teatro-café de la Infantil, cuyas primeras noticias en la prensa datan del año 1870 y que se inauguraría con la obra “El grito de la libertad” de Francisco Macarro Gallardo. Su dueño era Vicente Llorente, síndico y miembro del gremio de cafés, que además alquilaba su local para reuniones de las diferentes agrupaciones de Madrid.

El nombre de este café con teatro aparece en la traducción al español de la opereta “La Diva”:

“Y nos juramos amor fiel/ ante el tricornio de un civil/ la noche de San Daniel (1) /en el café de la Infantil”.

(1) Día 10 de abril de 1865, La Noche de San Daniel. La Guardia Civil y el ejército reprimieron brutalmente una concentración de trabajadores y estudiantes de la Universidad Central de Madrid en la Puerta del Sol. La protesta tuvo lugar ante la destitución del entonces catedrático Emilio Castelar Ripoll (luego Presidente de la primera República), por la publicación del artículo “El rasgo” contra Isabel II. Como consecuencia, el enfrentamiento causó un total de catorce muertos y ciento noventa y tres heridos.

La última temporada del teatro-café de la Infantil la de los años 1889-1890. El negocio cerró sus puertas, despidiéndose con un “apropósito” (pieza teatral de circunstancias) titulada “¡¡El dengue!!” de Anselmo Rodríguez Fernández, quedando su recinto convertido en un almacén de paños. 

Poco tiempo después un violinista llamado Leopoldo Marco inauguraría el Teatro Romea en la calle de Carretas, número 14. El día 6 de junio de 1890 aparece en la prensa que el Teatro de la Infantil ha cambiado de nombre. 

Fuente: B.N.E. (1935)
Fachada del Teatro Romea poco antes de su demolición.

El nuevo teatro tenía doscientas butacas, tres palcos al nivel de la sala en cada lado y todo el piso entresuelo de anfiteatros y fue continuador del que con el mismo nombre estuvo en la calle de la Colegiata, esquina a la plaza del Progreso (hoy de Tirso de Molina). Su entrada principal estaba situada en el portal de la casa, cuyos pisos superiores tenían viviendas y oficinas. El nombre de Romea se puso en honor al famoso actor romántico Julián Romea Yanguas. 

Fuente: B.N.E. (1933)

Las primeras obras estrenadas en el nuevo teatro Romea fueron “Juez y parte”, “Lucifer” y “El chaleco negro” de Manuel Meléndez París, a la que acompañaba “Los interesados” de Arango. La pareja de cómicos que formaron Loreto Prado y Enrique Chicote se presentaron en este teatro, juntos por primera vez, en el año 1898 y darían especial relevancia a este coliseo.

El empresario José Campúa se hizo con el teatro Romea en los años veinte del siglo pasado, realizando mejoras en su decoración y dedicándolo a espectáculos de revista y variedades. Una década después, en los años treinta, el edificio era ya muy viejo además de molesto para realizar la proyectada ampliación de la nueva plaza de Jacinto Benavente, inaugurada diez años antes. 

Fuente: B.N.E. (1935)
Desde la plaza de Jacinto Benavente, la calle de Carretas a la derecha. En el centro los restos del demolido Teatro Romea y a la izquierda el edifico de la Nueva Bolsa, que también desaparecería.

Es en 1934 cuando se aprueba la expropiación del inmueble del Romea, que será derribado en el año 1935 llevándose consigo, entre otros, al edificio de la antigua Bolsa de Madrid y a la plazuela de la Aduana vieja, donde estaba emplazado.







Fuentes:
Hemeroteca de la B.N.E.
Hemeroteca del ABC.
“Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos” Ramón Gómez de la Serna.
Es.wikipedia.org

Cartotecadigital.icc.cat

jueves, 3 de octubre de 2013

“EL INDIO” DE MADRID Y “EL INDIO” DE BARCELONA.

Ciertos establecimientos comerciales del siglo XIX en Barcelona y Madrid parecían guardar paralelismo en cuanto a la riqueza en su decoración, el uso de autómatas como reclamo publicitario y, sobre todo, en la denominación del negocio. Es así como aparecen en los años 1848 y 1870, respectivamente, el Molino de chocolates “El Indio”, en Madrid y los Almacenes “El Indio”, en Barcelona.

El propósito de este artículo es contar la historia de estos dos comercios, uno desaparecido y el otro en activo, por el momento. 

Este reportaje aparece simultáneamente en los blogs: 

http://srabsenta.blogspot.com de Barcelona y http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com de Madrid. 




EL MOLINO DE CHOCOLATES “EL INDIO” DE MADRID.

A mediados del siglo XIX proliferaron en Madrid los establecimientos dedicados al negocio del chocolate. Es así como, en el año 1848, fue inaugurado uno de los comercios más bonitos del centro de la ciudad: El molino de chocolates “El Indio”, que estuvo situado en la calle de la Luna, número 14 haciendo esquina con la de San Roque, número 1.

Fuente: Museodeltraje.mcu.es
Fotografía: M.R.Giménez (2012)
“El Indio” de la calle de la Luna en el siglo XIX, en el año 1990 y en la actualidad.


Los hermanos Enrique y Mauricio Vela solicitaron el permiso de apertura para su local de la calle de la Luna en el año 1847, por lo que siempre consideraron que esa fue la fecha de la fundación de la casa “El Indio”. El edificio donde se ubicó el negocio, cuyo portal se sitúa en la calle de San Roque, número 1, data del año 1848, así pues el establecimiento fue inaugurado ese mismo año.

Fuente: Cartotecadigital.icc.cat
Plano de Francisco Coello y Pascual Madoz del mismo año en que se inauguró la tienda. (1848).

La tienda “El Indio” tenía una superficie aproximada de 25 m2. y dos partes bien diferenciadas separadas por una gran cristalera: la zona para despachar y el molino de chocolate. El local se completaba con una oficina, a la que se accedía por un largo pasillo, y un sótano que albergaba la maquinaria del molino, no visibles al público.

Fuente: Museodeltraje.mcu.es
Interior del establecimiento.

Una pequeña puerta de madera y cristal, rodeada por escaparates, daba acceso a la tienda por la calle de la Luna, número 14. El sonido de una diminuta campanilla y un crujir sobre la tarima del suelo daban la bienvenida al cliente, que de inmediato sentía el penetrante olor a chocolate y café recién molido, encontrando ante sí el magnífico mostrador de maciza caoba adornado de columnas torneadas, decoración que se repetía en todo el establecimiento. Sobre el mostrador, un pequeño molino para el café, una moderna báscula, la espléndida balanza de bronce rematada por una cabeza de águila y una discreta mampara que protegía la intimidad de la caja registradora y del teléfono de baquelita colgado en la pared. 

Las paredes de la tienda estaban cubiertas por vitrinas, cerradas con puertas de cristal, que guardaban bonitos envases de latón conteniendo los diferentes productos a la venta: caramelos, té, granos de café o bombones; en sus últimas décadas también se podían adquirir allí paquetes de galletas y otros productos envasados de marca. Rematando el decorado vertical, sobre las vitrinas, había pinturas que representaban diferentes puertos marítimos enmarcadas por curvos listones de ébano con adornos de metal dorado. Dos muebles expositores, un espejo y alguna silla, para amenizar la espera a ser despachado, constituían el resto del mobiliario de la tienda.

Fuente: Museodeltraje.mcu.es
Detalle de la decoración vertical sobre las vitrinas.

Sin duda, lo más destacado del establecimiento estaba al otro lado de la gran mampara de cristal que dividía en dos el local. La gran figura de un indio en pie y con los brazos abiertos, vestido tan sólo por un pudoroso pantalón de hojas duradas, un carcaj con flechas y un enorme sombrero, no dejaba indiferente a ningún peatón, ya que también se podía ver desde el escaparate de la calle. El indio era en realidad la máquina que molía el chocolate.

Fuente: Museodeltraje.mcu.es
El molino de chocolate con su autómata representando la figura de “El Indio”.

Bajo un dosel de madera, sostenido por oscuras columnas torneadas, el indio y su sombrero, embudo dentro del que se volcaban los ingredientes para hacer el chocolate, eran la parte de la maquinaria que distribuía las materias primas. Estas llegaban a las dos molederas a través de los brazos terminados en unos cacitos y de dos grandes embudos de bronce que pendían del dosel sobre cada moledera. Las molederas circulares de piedra estaban recubiertas por una plancha de cobre y se superponían a unas ruedas cónicas que facilitaban el giro sobre las dos grandes pilas de granito. Ambas molederas giraban en torno a un eje que a su vez comunicaba con la maquinaria del sótano. Toda esta estructura se apoyaba sobre un cerco de obra de ladrillo forrado en dos de sus laterales por un panel de madera. El trabajo era ejercido por dos operarios, mientras la venta seguía al otro lado de la mampara que preservaba del ruido, pero no del intenso aroma a chocolate.

El negocio de “El Indio” se habría iniciado como molino de chocolates y venta de cacao en polvo y productos derivados, pero a partir del año 1920 también incluiría el despacho de café, legumbres y fiambres. Más adelante, en la década de los años 40 y 50, surtiría también de caramelos y bombones con su marca registrada. Durante su última etapa en la tienda sólo se podía adquirir cafés, tés, chocolates y bombones de su marca.

El molino de chocolates “El Indio” desapareció en el año 1993. La hermosa tienda hoy forma parte de la decoración del Museo del Traje de Madrid.





LOS ALMACENES “EL INDIO” DE BARCELONA.


Fotografía: Roser Messa
Fachada principal C/ Carme, 24

En Barcelona hay un local precioso y centenario conocido como “Almacenes El Indio” que está a punto de desaparecer. En Madrid, en su día también hubo uno llamado casi igual aunque destinado a otros menesteres. El nuestro, el catalán, se instaló en 1870 en los bajos de un edificio modernista proyectado por Pau Sambró Badía, ubicado en la calle Carme, 24, para vender lencería y ropa de casa. Tal como indica en su fachada lateral, allí se podía encontrar (y se encuentra) “lanerías, pañolería, lencería, sederías, mantelerías, novedades”.

Fotografía:  Roser Messa
 Fachada lateral esquina C/Carme con C/ Montjuïc

Fotografía:  Roser Messa
 Fachada lateral esquina C/Carme con C/ Montjuïc.

Salvo algunas diferencias, entrar en su interior es como transportarse a los años 20 del siglo pasado. Al momento en que el señor Andreu Alsina se puso al frente del negocio que, en su día, inauguró F. Mitjans. Un barcelonés que había hecho las américas y, quizá por eso, el nombre del comercio sea el que es.

Fotografía: Roser Messa.
Detalle de la decoración de la fachada principal.

Alsina fue el responsable de la decoración modernista que aún se conserva. En 1922 encargó la renovación del local a los decoradores Vilaró y Valls que hicieron un trabajo excepcional, especialmente en el vestíbulo. Lástima que, en un lavado de cara realizado en los años 50, desapareció la parte del techo recubierta de pan de oro.

Fotografía: Roser Messa.
Detalle del interior del vestíbulo.

El señor Alsina solía ir a París a buscar género de primera calidad para vender en su comercio. De uno de esos viajes volvió con un indio mecánico que instaló en el escaparate de la tienda y que procedía de la exposición universal de 1900. Según parece, era una especie de autómata que movía los brazos y desplegaba un cartel anunciador. Esto último lo hacía si el mecanismo no fallaba, cosa que ocurría a menudo y que era la diversión de los niños del barrio. A diario se apiñaban frente al cristal del aparador esperando el momento del fallo.

La década de los 20 fue la época dorada de los almacenes. En 1929 (año de la Exposición Internacional de Barcelona) trabajaban una veintena de dependientes que atendían a clientes de gustos refinados y, para celebrar la gran Exposición de Montjuïc, hasta se llegó a editar un catálogo especial.

Fotografía: Roser Messa.
Escaparate del interior del vestíbulo.

En los años 40 el negocio cambió de propietario pero no de orientación. Desde entonces, Baldá i Riera, SRC, ha estado al frente de los almacenes aunque, desgraciadamente, no será por mucho tiempo más. 2014 máximo, ya que esa es la fecha fijada para el vencimiento de los viejos contratos de alquiler, como el de los Almacenes El Indio y tantos otros comercios históricos de nuestra ciudad.

Fotografía: Roser Messa.
Interior de la tienda.

Hace poco entré por primera vez en el local. Jamás había comprado nada allí pero acudí fascinada por su estética y ya con la intención de dedicarle una entrada en el blog. Hacía tiempo que, cada vez que pasaba por delante, me quedaba embobada mirando el aparador tal como hacían los niños de los años 20 y, muchos años después, lo hiciera Mercè Ibarz como reconocía en este artículo publicado en El País hace un par de meses.

Fotografía: Roser Messa
Interior de la tienda.

El día que fui me atendieron los dos únicos empleados que quedan. Nada parecido a los veinte que trabajaban a destajo en su época de esplendor. Ellos me contaron el problema al que se enfrentan y que es el pagar un alquiler astronómico por un negocio que ya no es rentable. A ellos les ocurre algo similar a lo que pasó con La Casa de las Mantas, que se los come la competencia de los grandes comercios. Por tanto, es inviable mantener un negocio en el que las ventas son mínimas y el alquiler por el local es desmesurado.

El Indio ha aguantado de todo. Hasta un pequeño incendio del que me he enterado por un artículo de Lluís Permanyer publicado en La Vanguardia en septiembre de 1991. Según la noticia, el fuego fue originado por un indigente que quemó un contenedor situado en la confluencia entre las calles Carme y Montjuïc del Carme, alcanzando el rótulo de la fachada. 

Por suerte, un acuerdo entre el propietario del comercio y el ayuntamiento consiguió recuperar su aspecto original. En cambio, ahora no hay acuerdo que valga. El Indio y otros tantos comercios como él acabarán por desaparecer. En su lugar veremos surgir más Zara, Mango, McDonalds….

Fotografía: Roser Messa.
Fachada vista desde la esquina de la C/ Carme con la C/ Montjuïc.





Fuentes: (Molino de chocolates “El Indio” de Madrid).
Museodeltraje.mcu.es
“La fábrica de chocolates El Indio” Cristina Cámara Bello.
“El cine, la Gran Vía y yo” Rosario González Truchado.