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lunes, 28 de enero de 2013

CAFÉ DE CERVANTES EN LA CALLE DE ALCALÁ.


Entre el inicio de la Gran Vía de Madrid y la fuente de la Cibeles, en la acera de la izquierda que corta la calle del Barquillo, hubo dos cafés que llevaron el nombre de Cervantes. 


El café de Cervantes más antiguo estuvo situado donde hoy se encuentra el edificio que fue para el banco de Vizcaya en la calle de Alcalá, número 45 actual. Con anterioridad allí se había construido el famoso teatro Apolo (1873) que a su vez fue levantado tras derruir el Convento de San Hermenegildo del Carmen Descalzo, del año 1586. 

Fuente foto izquierda: foroxerbar.com/Foto derecha: M.R.Giménez (2013)
Fachada del teatro Apolo cuando aún no había comenzado la obra de la Gran Vía.
A la derecha, fachada del edificio que ocupa el actual nº 45 de la calle de Alcalá.

Este primer café de Cervantes inicialmente tuvo el nombre de Café de Solís, y abrió en los tiempos de la Guerra de la Independencia Española (1808-1814). En este de Solís, apellido de su dueño Juan Solís, tuvo lugar una famosa anécdota que protagonizó el entonces aclamado actor Juan Valero quien, invitado a un aristocrático baile de máscaras para celebrar el Carnaval del año 1832, se presentó en dicha fiesta ataviado con frac y a cara descubierta. Los disfrazados asistentes al festejo, todos del más “rancio abolengo”, tuvieron a mal que un “cómico” se mezclase con la nobleza por lo que primero con groseros insultos y más tarde mediante codazos y empujones, lograron echar a Valero del café. El indignado marchó en busca del rey Fernando VII, que presenciaba una obra en el teatro del Príncipe (hoy teatro Español), para relatarle lo sucedido. Al día siguiente el actor asistió a un nuevo baile de Carnaval en el café de Solís, con la misma indumentaria que el día anterior y de nuevo sin cubrir su cara, siendo recibido con sumisión y cortesía, por parte de los mismos nobles allí presentes. Tras pasear unos momentos por el salón abandonó el baile, triunfante y victorioso.

Poco tiempo después del episodio carnavalesco, el de Solís cambiaría su nombre por el de café de Cervantes, siendo así inaugurado el día 31 de marzo de 1838. 

Este de Cervantes era, además de café, un lugar de exposición de las cosas más variopintas. Así, en el año 1845, una loba marina procedente de las aguas de Benidorm (Alicante) fue exhibida en sus salones, antes de ir a París. Donato, con su comparsa de micos y monos sabios, enseñados por él mismo, había llegado en marzo de 1846 para quedarse durante más de un año. Ejecutando vistosas y difíciles suertes y habilidades, los monos “El Africano”, “El Jinete”, “El Brasileño”, “La señorita Batavia” y “El Intrépido Payaso”, entre otros, realizarían sus números a las 4,30 horas y a las 6,30 horas, todos los días. También la Sociedad Artística Daguerriense se estableció en este café de Cervantes para vender retratos, cuadros y copias de cuadros al daguerrotipo, posibilitando la contratación de retratos a los clientes, de 11 horas de la mañana a 3 horas de la tarde. 

A partir del mes de marzo de 1847, el Cervantes ya se titula teatro, parece que había dejado de ser café y enseñaba al público asistente un gabinete con 60 figuras de cera con lujosos trajes de los personajes más renombrados. Al año siguiente, en 1848, se instala en el local un teatrillo mecánico propiedad de Pierre Hady. 

La desamortización de Mendizábal de 1836 había incluido en su censo al convento de San Hermenegildo, donde se ubicaba el café, y su dueño tuvo a bien cambiar el negocio un poco más abajo de la calle de Alcalá. Así se abrió el nuevo o gran café de Cervantes, en el número 51 (hoy 49). 

Fuente: Nicolás1056 (1900).
Imagen del palacio del marqués de Casa-Irujo de la calle de Alcalá. Casi en la esquina de la calle del Barquillo se aprecia la entrada del café de Cervantes.
El nuevo café de Cervantes fue instalado en los bajos del palacio del marqués de Casa Irujo, construido en el año 1836 por el arquitecto Lucio de Olavieta (que un año antes proyectaría el ya desaparecido mercado de San Ildefonso) y constaba de cinco plantas, un sótano y buhardillas. Su entrada principal estaba en la calle de Alcalá, teniendo otra de servicio por la calle del Barquillo. El edificio fue considerado como un palacio sencillo a la vez que bien estructurado para los usos a los que estaba destinado. Este palacio fue demolido poco menos de setenta años después de su construcción y sobre su solar se construiría el Banco Español del Río de la Plata, hoy sede del Instituto Cervantes. 

Fuente: B.N.E.
Reproducción del palacio del marqués de Casa-Irujo con fachada principal a la calle de Alcalá.
En la esquina de la calle de Alcalá con la del Barquillo se inauguró el 24 de junio de 1868 el nuevo café de Cervantes por su dueño, Juan Losa López, cuyo aseo y esmero se advierte por agradar al público. La gran afluencia de transeúntes de la calle de Alcalá hizo de este café uno de los más famosos del momento. 

Fuente: Nicolás1056 (1900)
Entrada del café de Cervantes por la calle de Alcalá. A la izquierda, la calle del Barquillo.
Según la prensa del momento, el negocio del café de Cervantes no tuvo demasiados problemas hasta la década de los años ochenta, del siglo XIX. La terrible nube de lluvia y granizo, acompañada de fuertes relámpagos y temerosos truenos que descargó sobre Madrid el 6 de junio de 1889, a las 3 y cuarto de la tarde, inundó completamente sus salones, atrapando a cuatro mozos en los sótanos y dejando a los parroquianos subidos sobre las mesas y los divanes, siendo todos rescatados aunque presos del pánico. Pocos años después volvería a repetirse el desastre con tres tormentas sucesivas y comenzaron los problemas laborales. 

Foto: M.R.Giménez (2013)
Esquina donde estuvo el café de Cervantes y el palacio del marqués de Casa-Irujo. Hoy el nuevo edifico alberga el Instituto Cervantes.

En el año 1896 se funda la Sociedad de Camareros y Reposteros, dependiente de la Unión General de Trabajadores (1888) creada para mejorar las condiciones de trabajo, a la que se afilian gran cantidad de obreros del gremio. Los dueños de los cafés comenzaron a despedir a todos los empleados que formasen parte de este colectivo y como protesta los asociados ocupaban durante horas las mesas de los establecimientos, realizando mínimas consumiciones. El café de Cervantes, cuyo dueño represaliaba a sus trabajadores por pertenecer a esta asociación, fue uno de los elegidos para la protesta en varias ocasiones. 

En el año 1899 el nuevo propietario Pérez Suarez, se hace cargo del Cervantes y lo reforma lujosamente. Fue este café uno de los primeros en sacar sillas y veladores a lo que entonces era el “boulevard” de la calle de Alcalá, durante los meses de verano, lo que no gustó a todo el mundo. 

En el año 1904, el 1º de mayo, los camareros reclamaron la abolición de “las mecánicas” o parte del jornal que dejan para la bajilla que se rompe, limpieza de paños y demás gastos que corrían por cuenta del asalariado. Casi todos los cafeteros aceptaron esas reclamaciones incluso las de usar bigote y poder sentarse, pero el dueño del Cervantes se había negado en redondo. Así, en los días de más afluencia de público, los miembros de la Asociación de Camareros volvieron a ocupar durante horas todas las mesas y los veladores del café sin consumir prácticamente nada. 

Aquellos iban a ser los últimos tiempos del café de Cervantes, que iba a ser rematado por el periódico “El Escándalo” mediante la publicación de una difamante noticia: Una marquesa, muy conocida en Madrid, tenía la costumbre de bañarse cada noche en leche de vaca que luego vendía al café de Cervantes, por un módico precio. La crónica fue contestada por el dueño del negocio, pero los parroquianos decidieron elegir otro café, ante la duda. 








Fuentes:
Hemeroteca de la B.N.E.
Hemeroteca ABC.
“Los cafés cantantes de Madrid” José Blas Vega (In Memoriam).
Artemadrid.wordpress.com
“Guía de arquitectura y urbanismo de Madrid” C.O.A.M.
Nicolas1056
Prensahistorica.mcu.es
Es.wikipedia.org
Foroxerbar.com

domingo, 20 de enero de 2013

UN CONVENTO Y UN COLISEO QUE ESTUVIERON EN LA CALLE DEL PEZ.


En la calle del Pez de Madrid, haciendo esquina con las de San Roque y Madera Baja, hoy existe un convento que se denomina de las Benedictinas de San Plácido, pero no fue siempre así. 

Foto: M.R.Giménez (2011)
El nuevo convento de San Plácido de la calle de San Roque.
 
El convento de San Plácido actual, cuya entrada principal hoy se encuentra en la calle de San Roque, número 9 fue terminado de construir en el año 1913 por el arquitecto Rafael Martínez Zapatero y se levanta sobre lo que fue el primitivo convento del mismo nombre, que tenía su acceso por la calle del Pez. 

Fuente: Hemeroteca B.N.E. (1903)
Puerta del convento de San Plácido derruido en el año 1903.

Aquel primer convento y su iglesia, fueron obra de los arquitectos Juan de Corpa y fray Lorenzo de San Nicolás que remataron la construcción del edificio en el año 1661. 

Fuente: Hemeroteca B.N.E. (1903)
Vista del antiguo convento, desde la calle de la Madera Baja.
 
Teresa del Valle de la Cerda, rica heredera, había fundado un pequeño convento de la Encarnación de las monjas Benedictinas en el año 1623 estableciéndolo en el solar de la calle del Pez. Durante su bendición, el día 10 de agosto o día de San Roque de 1624, las religiosas tuvieron a bien poner un cuadro de ese santo en su fachada lateral y de ahí tomó nombre la calle por donde, a fecha de hoy, tienen la entrada los edificios de la iglesia y del convento actual. 

Fuente: Hemeroteca B.N.E. (1903)
La torre del antiguo convento se ubicaba en la esquina de las calles del Pez y de  San Roque.

Aquel antiguo de San Plácido fue un convento con historias truculentas de amores prohibidos, amores libidinosos, posesiones diabólicas y exorcismos, donde la misma Inquisición hubo de intervenir en varias ocasiones para imponer su propio orden entre tanta confusión mística en tiempos del rey Felipe IV, quien también participaría de los rijosos episodios que tuvieron lugar en este convento de la calle del Pez. Como recuerdo expiatorio de sus lúbricos pecados, el cuarto de los Felipes encargó al pintor Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660) el famoso cuadro del Cristo crucificado o Cristo de San Plácido, que estuvo hasta el año 1829 en la sacristía de la iglesia de la calle de San Roque y hoy se conserva en el Museo del Prado. El mismo rey regalaría a este convento el reloj, que en su torre principal figuraba, cuyas campanadas tocaban a muerto. 

En el año 1903 el estado ruinoso del edificio obligó a su derribo, quedando en pie la iglesia contigua. Mientras se procedía a la exhumación de los cadáveres religiosos enterrados en su interior, los vecinos de las calles de San Roque y Madera Baja solicitaron infructuosamente al ayuntamiento la construcción de una plaza con árboles en el solar que aquel dejaba. 

En el espacio que ocupó el antiguo convento de la calle del Pez se instalarían, durante los primeros años del siglo XX: un almacén de alfombras y esteras, un tiro al blanco, un pequeño tupi o cafetín y el Coliseo Ena Victoria. 

Fuente: Recherche.univ-lyon2.fr
Entrada del coliseo Ena Victoria, en la calle del Pez, número 7 (antiguo).

Propiedad del general Fernández Tejeiro y de Ricardo Terrero, también militar, el coliseo o cinematógrafo Ena Victoria estuvo situado en la calle del Pez, número 7 (de entonces) y hacía esquina con la de San Roque, siendo inaugurado el día 19 de diciembre de 1906 con un espectáculo en el que intervenían el trío de baile “Dad Rá-Cip” y el ventrílocuo “Felip”. 

Se trataba de un barracón de madera con techo de zinc, semejante a todos los que proliferaron por Madrid en la época en que el cinematógrafo comenzaba a ser popular. Su programación alternaba espectáculos de varietés y representación de pequeñas obras teatrales con la exhibición de las primeras películas. Fue el primer local en instalar el novedoso sistema Elgephon, cinematógrafo parlante, verdadera y última maravilla de la mecánica moderna, construido por la casa L. Gaumont de París cuyo primer pase para la prensa se realizó el día 14 de enero de 1907, en esa sala. Con esta nueva técnica se proyectaría la comedia musical “Miss Kate and Albert” y las cintas “El nacimiento del Mesías” y “La maga Carabosse”. 

Léon Gaumont (1864-1946) sincronizó mecánicamente un proyector de cine y un plato tocadiscos, en el año 1906. Con el nuevo aparato cinematógrafo-cantante se puede considerar resuelto el problema de isocronismo entre los sonidos y el movimiento de las imágenes, tan difícil hoy de llevar a cabo, decía su propaganda. 

A pesar del éxito de público y las inversiones realizadas en el Ena Victoria, la madrugada del día 2 de enero de 1908 el barracón sería pasto de las llamas por un incendio que comenzó en el armario donde se guardaban las películas, junto al escenario. El fuego arrasó completamente todos los negocios que se habían instalado en el solar del antiguo convento de San Plácido, en pocos minutos, afectando también al campanario de la vieja iglesia y a las fachadas de las viviendas cercanas, que tuvieron que ser desalojadas con rapidez. 

El coliseo Ena Victoria estaba asegurado por valor de 50.000 pesetas, pero las películas y el órgano que tenía instalado en su interior, valorado en 10.000 pesetas, se perdieron para siempre. 

Fuente: ABC (1908)
El solar donde estuvo el cinematógrafo corresponde con la calle de la Madera Baja, desde donde se sitúa el fotógrafo, la calle del Pez y a la derecha la calle de San Roque. La casa de siete balcones de la parte derecha de la fotografía, aún existe.
 
En el año 1911 se proyectó el nuevo convento de San Plácido que hoy podemos ver y que fue terminado dos años después. 

Fuente: Foto de la izquierda, Lasheridasdelaguerra.blogspot.com.es
Foto de la derecha: M.R.Giménez (2011)
El convento, tras los bombardeos de la Guerra Civil Española. La puerta que se aprecia está hoy en la calle de San Roque. A la derecha el aspecto actual del convento, con sus tiendas en las esquinas.

Durante la Guerra Civil Española los bombardeos causaron graves daños en el edificio, así como al centro de Madrid en general. Su reconstrucción posibilitó la apertura de locales comerciales en la planta baja de la calle del Pez y en sus dos esquinas, que aún hoy siguen abiertos. 







Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Prensahistorica.mcu.es
Base de datos del servicio histórico del C.O.A.M.
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
Museocinematograficosimik.com
Es.wikipedia.org
Recherche.univ-lyon2.fr
Lasheridasdelaguerra.blogspot.com.es

lunes, 14 de enero de 2013

EL CAFÉ REGINA Y EL CAFÉ COLÓN DE LA CALLE DE ALCALÁ.


La calle de Alcalá fue la prolongación natural de los cafés de la Puerta del Sol durante la segunda mitad del siglo XIX. Estos eran establecimientos de tertulia, elegantes, tan tranquilos que las pendencias, de haberlas, se resolvían en la calle y nunca dentro del café. 


A la sombra del muy conocido café de Fornos y las viejas fondas de la calle de Alcalá apareció el café Regina, bajo el hotel del mismo nombre que aún existe, allá por la segunda década del siglo anterior. Con anterioridad el local del Regina estuvo ocupado por la fonda de Los Dos Cisnes, un famoso restaurant cuyas recetas estuvieron encomendadas a un excocinero de palacio. Esta fonda se mantuvo abierta desde los años setenta del siglo XIX hasta la inauguración del café Regina. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
Aspecto actual del edificio donde estuvo el café Regina, en la calle de Alcalá, 19.

El café Regina fue adoptado por la peña o tertulia que presidían Miguel de Unamuno Jugo (1864-1936) y Ramón María del Valle-Inclán Peña (1866-1936), que habría recorrido ya otros cafés como el de Levante de la calle del Arenal, la cervecería Candelas y la Granja del Henar, hasta recalar en el de la calle del Alcalá, número 19. Formaban parte de esta tertulia, entre otros, el escritor y pedagogo Luis Bello Trompeta, Ricardo Baroja Nessi, los hermanos Julio y Enrique Romero de Torres, Manuel Azaña Díaz (antes de ser presidente de la Segunda República) y Anselmo Miguel Nieto, pintor que retrataría a Valle-Inclán en numerosas ocasiones. 

Fuente: m.forocoches.com (1920)
A la izquierda, bajo el hotel Regina, la fachada del café y las mesas de su terraza.

El de Regina era un café limpio y elegante, con muchas columnas entre las mesas y, a decir de la prensa del momento, se trataba de un lugar donde se refugiaban militares, artistas, burgueses y mujeres no siempre alegres. También se dijo de él que era a medias, senado intelectual y club revolucionario, sobre un fondo de mujeres galantes, nuevos ricos y toreros de paso. 

Un incidente curioso tuvo lugar en mayo del año 1922, protagonizado por Valle-Inclán y un redactor taurino del periódico “El Imparcial”, en la terraza del café Regina. El periodista se levantó de su asiento que de inmediato fue ocupado por el escritor; al regresar aquel para volver a instalarse en su sitio obtuvo de Valle una negativa a levantarse y una contestación en tonos muy descompuestos que fue replicada de igual forma. Valle Inclán levantó su bastón y lo descargó sobre la cabeza de aquel, hasta que los amigos de uno y otro pusieron fin al incidente. El resultado final fue que Ramón María tuvo que ir a declarar ante el juez. 

Otro asiduo del café era el diputado socialista Indalecio Prieto Tuero quien, en un discurso en el Ateneo de Madrid, fue acusado de injurias al rey (Alfonso XIII). En abril del año 1923 Prieto fue detenido en el café Regina y conducido al juzgado, donde se ratificó en sus opiniones. 

Foto: M.R.Giménez (2013)
Aquí estuvo el café Regina, junto a la puerta del hotel.

El café Regina era también lugar de toreros. Diego Mazquiarán Torrontegui “Fortuna” fue conducido a hombros hasta su misma puerta tras haber matado al toro cebón de 28 ó 30 arrobas de la Gran Vía, en el año 1928. Tras desasirse de sus admiradores, comentó su hazaña en el café: “Hice lo que cualquiera en mi caso hubiese hecho. Mandé que me trajeran un estoque y maté al toro”. 

Mientras, Marcelle Cantier más conocida como “Miqueleta” o como “Miguelita” en España, toda una institución en Francia, se dejaba caer por el café Regina para completar sus crónicas taurinas. Madame Cantier fue la directora de la revista “Biòu y Toros” publicada en Nimes (Francia) desde la década de los años veinte del siglo anterior. 

Junto al Regina, y también con terraza en el exterior, estuvo el café Colón

Fuente: Viejo-Madrid.es (1930)
A la izquierda de la imagen se aprecian las terrazas del café Colón y del café Regina. La fachada del hotel Regina fue modificada, pero el edificio es el mismo hoy en día. El inmueble donde se ubicaba el café Colón, contiguo al Casino de Madrid, ya no existe.
Contemporáneo del Regina, el tranquilo café Colón ofrecía conciertos en los que participaba el violinista Federico Senén López-Alonso, el violonchelista Fernando Martínez y el pianista Federico Quevedo, durante los primeros años treinta del siglo XX. Poco después, en el año 1933, se convirtió en brasserie y tan solo un año más tarde el café es transformado por completo ofreciendo un moderno diseño bajo la dirección del arquitecto Manuel Muñoz Monasterio y con decoración de Joaquín Nuñez Mera. 

Fuente: Urbanity.es. (1934) Foto: M.R.Giménez (2013)
Fachada del café Colón con la restauración de Manuel Muñoz Monasterio. En la imagen de la derecha, aspecto actual del lugar donde estuvo este café, en el nuevo edificio, junto al Casino de Madrid.
En la actualidad tanto el café Regina como el Colón han sido convertidos en sendas oficinas bancarias. 







Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Prensahistorica.mcu.es
Es.wikipedia.org
Urbanity.es
m.forocoches.com
viejo-madrid.es
opinionytoros.com

lunes, 7 de enero de 2013

EL PASAJE DEL IRIS Y EL CAFÉ DE MADRID, QUE EN ÉL ESTUVO.


Entre las calles de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, allá donde hoy se encuentra el bonito y abandonado edificio del arquitecto José Urioste Velada que en 1907 se inauguró para la entidad financiera Crédit Lyonnais, existió uno de los pasajes más suntuosos de Madrid. 

Fotografías: M.R.Giménez (2012)
Aspecto actual del que fue edificio del Crédit Lyonnais. A la izquierda la calle de Alcalá y a la derecha detalle de la puerta de la Carrera de San Jerónimo.

El pasaje del Iris fue inaugurado el día 23 de septiembre de 1847 y tenía entrada por la calle de Alcalá, número 12 (actual 8) y por la Carrera de San Jerónimo, número 11 (actual 7). Era un conjunto admirable de riqueza y gusto, de lujo y elegancia, de magnificencia y belleza, siendo propiedad de la Sociedad o Compañía General del Iris, establecimiento de crédito y seguros dirigido por Felipe Fernández de Castro, quien promovió esta obra. 

Fue el arquitecto Juan de Urquijo quien diseñó el pasaje del Iris, que medía más de 208 pies y estaba dividido en tres galerías: La principal que corre desde la calle de Alcalá a la Carrera de San Jerónimo con grandes puertas a ambas calles y se denomina Galería de Madrid, la de la derecha, con puerta a la calle de Alcalá, llamada Galería de París y la de la izquierda, también con puerta a la calle de Alcalá, llamada Galería de Londres. Cuarenta pequeñas y lujosas tiendas de mobiliario en caoba maciza, con sus correspondientes habitaciones en los pisos superiores, conformaban el comercio del pasaje en donde se podía encontrar desde un estanco hasta un gabinete de lectura, una frutería al estilo de París, un cambiante (de moneda), plateros, modistas, peluqueros, sastres y sombrereros, entre otros negocios. 

La lujosa decoración de la galería, en cuanto a la pintura y los dorados de paredes y techos, corrió a cargo de Antonio García y de Francisco Martínez Salamanca que junto a los trescientos obreros intervinientes en la construcción del pasaje, cubrieron de adornos hasta el más mínimo rincón. Lujosas colgaduras de terciopelo de seda carmesí con galón de oro, canelones de pasamanería y borlas de metal dorado al fuego, fabricados por Platería Martínez (empresa arrendada por la Compañía del Iris, por entonces), candelabros y arañas de metal corleado (con barniz dorado), capiteles pintados en oro, quinqués de gas en las columnas recubiertas de espejos y un novedoso reloj de dos esferas transparentes, para ser iluminadas por la noche, de Tomás de Miguel (que realizaría también el de que hubo en la Casa de Correos de la Puerta del Sol, anterior al actual de José Rodríguez Losada). 

El pavimento de la Galería de Madrid, la más importante de las tres, estaba entarimado por pequeñas maderas colocadas simétricamente, mientras que las tiendas y las otras dos galerías fueron soladas de mármol blanco y azul. Los techos tenían tragaluces de cristal y sus bóvedas multitud de espejos que multiplicaban la visión. 

El pasaje se cerraba con grandes puertas, una en la Carrera de San Jerónimo en hierro con remates de bronce y tres en la calle de Alcalá, de madera de nogal con hermosos enrejados por la parte superior. Colosales faroles permitían leer por la noche “Pasaje del Iris” en sendos letreros colocados en la puerta de la Carrera de San Jerónimo y en la principal de la calle de Alcalá. 

A pesar de todo su esplendor, al igual que otros pasajes al estilo francés en el Madrid de esa época, el del Iris no obtuvo el éxito esperado. La compañía propietaria quebró y su director Felipe Fernández de Castro, fue juzgado por desfalco durante los años cincuenta del siglo XIX. Es entonces cuando se decide convertir todo el pasaje en un espléndido café. 

Los antecedentes del espléndido café de Madrid, en que sería convertido el pasaje del Iris en su totalidad, se remontan al año 1848. 

Fuente: Urbanity.es
El café de Madrid representado por el pintor Joaquín Muñoz Morillero (1921).
 
Un año después de la apertura de la lujosa galería comercial se inaugura en su interior el café del Iris. Un local elegante y suntuoso, bonito, no muy grande, pero sí largo y con un excelente alumbrado de gas. Tenía pequeños veladores para dos o tres personas y otras mesas largas también de mármol blanco, para grupos. Taburetes y anchos bancos tapizados en terciopelo verde y fileteados con clavos de bronce. Todo limpio y atractivo, excepto el repugnante suelo. El café con leche (de cabra), que ya venía preparado de la cocina, se servía en vasos que no se rompían a pesar de su tremenda temperatura. 

La escritora y feminista Concepción Arenal Ponte (1820-1893), quien para poder asistir a la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid debía vestir de hombre, ante la imposibilidad de realizar sus estudios de otra manera, asistió a las tertulias del café del Iris. 

Fue en el mes de diciembre de 1866, cuando ya la Sociedad del Iris había quebrado, el momento en que se inauguró el café de Madrid. En el mes de octubre y tras una gran obra de remodelación, para darle un aspecto más grandioso y desahogado, se suben las cubiertas de cristal del centro del pasaje hasta el segundo piso y se habilita el principal para sala de juegos. El nuevo café tendría su entrada principal por la Carrera de San Jerónimo. 

Los techos artesonados de este café, propiedad de Tomás Isern, formaban un conjunto grandioso junto a las esculturas de Vallejo, Plá, Palmaroli, Ferri, Figueras, Montalvo, Bellver, Dagnuci y Esquivel, repartidas por el establecimiento que era también muy conocido por sus fantásticos bailes de Carnaval. 

Fuente: Memoriademadrid.es y Todocoleccion.net
En la primera fotografía se señala el lugar donde los andamios dan a entender que se estaba construyendo el nuevo edificio del Crédit Lyonnais (1906-1907). A la derecha, el inmueble ya construido cuya fachada corresponde a la calle de Alcalá, que aún hoy podemos contemplar.
 
El café de Madrid terminó arrebatando el nombre del Iris al antiguo pasaje, al que pocos debían recordar en los años ochenta del siglo XIX. Pero a pesar de su esplendor, los edificios de la calle de Alcalá y de la Carrera de San Jerónimo fueron demolidos para levantar sobre su terreno la nueva sede de la empresa Crédit Lyonnais que hoy podemos ver, aunque con el nombre de otra entidad bancaria. 







Fuentes:
Hemeroteca de la B.N.E.
Memoriademadrid.es
Prensahistorica.mcu.es
“Historia y anécdotas de las fondas madrileñas” Peter Besas.
Urbanity.es
Es.wikipedia.org  
Todocoleccion.net