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miércoles, 31 de octubre de 2012

EL CAFÉ DE PLATERÍAS.


Allá por la década de los años cuarenta del siglo XIX, cuando la casa que hoy ocupa el número 38 de la calle Mayor era otra y se designaba con los números 74 y 76, fue inaugurado el café de Platerías. No es hasta el año 1860, fecha aproximada de edificación de la finca que hoy podemos contemplar, cuando el café restaurado abre también puerta a la plaza de Herradores, número 1, agrandando su espacio. 

Fotografías: Alfonso Begué (1900) y M.R.Giménez (2012)
Aspecto actual de lo que fue el café de Platerías, de la calle Mayor, 38.
La fotografía de A. Begué está tomada en la plaza de Herradores, con la fuente vecinal que había en ese momento y apreciándose, tras ella, la puerta trasera del café, en el nº 1 de la plaza.
En la tercera fotografía se ve el mismo lugar, hoy.

El café de Platerías fue uno de los negocios del ramo que más tiempo se mantuvo abierto en Madrid. Sus más de cien años de vida recogieron conciertos de piano del entonces famoso pianista Miralles, acumularon tertulias, vieron pasar a incipientes escritores, a periodistas renombrados y fue uno de los más “llorados” cuando el día 30 de noviembre de 1946, cerró sus puertas definitivamente para convertirse, entonces, en un almacén de paños. 

Fuente: B.N.E. (1930)
Tertulia en el café de Platerías.
 
A pesar de estar a pocos minutos de distancia de la Puerta del Sol, el de Platerías era considerado un café de barrio. Acogedor y simpático, su parroquia se componía de funcionarios, enamorados y cordiales tertulianos, abundando en él los liberales, los progresistas y los republicanos. También tuvo trabajando en sus dependencias a un joven mozo de café que daría mucho que hablar en la prensa de finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo XIX; sus inmejorables notas en bachillerato y en la carrera de Derecho que luego cursaría, cuajadas de notables y sobresalientes, mereció la admiración de todos, pero nadie reflejó nunca el nombre de aquel aprovechado mozo en los papeles. 

Mucho se conspiró en el café de Platerías antes y después de que “La Gloriosa” (1868) destronara a la reina Isabel II. Sobre sus mesas de mármol se aliaban contra la monarquía Juan Prim Prats y Práxedes Mateo Sagasta, también Nicolás Salmerón Alonso en su época de estudiante y Manuel Villacampa del Castillo, militar progresista que en año 1886 intentó una fallida sublevación republicana. 

También en este café esperaba José Isidro Osorio Silva-Bazán, el duque de Sesto, a que Alfonso XII terminara sus entrevistas amorosas con la cantante lírica Elena Sanz, vecina del barrio. 

Fuente: B.N.E.
Tertulia en el café de Platerías con el vidente Tomás Menés (con bigote) en el año 1934.

Fue mucho también lo que se escribió sobre las mesas del Platerías en el siglo XX. Obras como “Las Corsarias” (1919) de Enrique Paradas del Cerro, Joaquín Jiménez y Francisco Alonso López, “El sobre verde” (1927) de Paradas, Jiménez y Jacinto Guerrero, “La copla andaluza” (1936) de Rafael Cansinos Assens, entre otras, fueron compuestas por sus autores en este café lleno de espejos empañados por el humo de los cigarrillos. 

El periodista Mariano de Cavia Lac (1855-1920), parroquiano diario, escribía en el Platerías. Un camarero le traía la pluma y la tinta para redactar sus crónicas, siendo adquirida la mesa sobre la que cada día trabajaba el redactor por Mariano Rodríguez de Rivas, director del Museo Romántico, para formar parte de los fondos de la colección, al cerrar el café. 

Las tertulias literarias eran frecuentes en el café de Platerías. Cesar González-Ruano, José de Ciria Escalante, José María Quiroga Pla, Federico Carlos Sainz de Robles Correa, entre otros, leían versos y prosas. Miembros de la Generación del 27 como Luis Buñuel Portolés, Salvador Dalí Doménech, Alejandro Rodríguez Álvarez (Alejandro Casona) y el pintor muralista Hipólito Hidalgo de Caviedes Gómez, también eran asiduos a este café que cerró para ser tienda y ha terminado como frío negocio de restauración, en el momento actual. 





Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Es.wikipedia.org
Eldistrito.es
Prensahistorica.mcu.es

viernes, 26 de octubre de 2012

LOS BILLARES Y EL CINE DE VERANO EN EL CALLAO.


Mucho se ha escrito sobre el más antiguo y conocido cinematógrafo de la Gran Vía de Madrid, el cine Callao, que además de seguir milagrosamente en pie tuvo también una espléndida sala de billar y un magnífico cine de verano. 

Foto: M.R.Giménez (2010)
Detalle de la ornamentación decó de la fachada del cine Callao.

El proyecto original del arquitecto Luis Gutiérrez Soto incluía en este edificio, además de la gran sala interior con capacidad para 1.333 localidades, un gran café con escenario para actuaciones en su sótano que posteriormente sería convertido en sala de billar, siendo ésta inaugurada el domingo 1 de abril de 1928. 

Fuente: Urbanity.es
Proyecto para el cine Callao, firmado por Luis Gutiérrez Soto, en el que se aprecia como la planta baja del edificio estaba destinada a ser gran café, en un principio.

La sala de billar del Callao era un establecimiento de la cadena Burbbiks de París. Su puerta de acceso se encontraba junto a la del cine y a penas puestos los pies en el primer peldaño de la escalera por la que se bajaba al gran salón, había un balcón desde el que visualizar el ambiente. 

Fuente: mcu.es - Archivo Loty. Autor: Antonio Passaporte.
Fragmento de la fotografía realizada entre 1927 y 1931. El edificio Carrión aún no aparece.
A la izquierda, junto a la puerta del cine, se ve la entrada y el rótulo de los billares de Callao.

Sala espaciosa, grande, de amplias paredes y pródiga luz. En una de las esquinas del salón había un bar americano donde un experto barman ofrecía sabrosísimos tónicos a los infatigables aficionados, que podían jugar sus partidas en las 32 mesas de billar disponibles. El local contaba también con mesas para profesionales y una sala con graderío para contemplar las competiciones. 

Fuente: B.N.E.
La sala de billar contaba también con ventanales que proporcionaban luz natural.

El salón de billar del Callao se mantuvo abierto hasta la década de los años setenta del siglo pasado y sirvió, en la Guerra Civil Española, como comedor colectivo durante el asedio a Madrid. Hoy es la sala 2 del cine y su puerta se ha convertido en salida de emergencia. 

"Los que pasan por la plaza del Callao y dan la vuelta a la Gran Vía podrán observar que la parte superior del edificio termina con unas columnas con traviesas pintadas en granate, como unos ventanales grandes sin techo, donde ahora han colocado plantas de hoja perenne. Esa es la fachada de la terraza donde se ubicó el cine de verano del Callao. En ella se colocaron 300 butacas de madera con sus brazos, sujetas al suelo por listones atornillados y todo pintado en color granate." 

Quien esto relata es Rosario González Truchado, hija del primer conserje y posteriormente representante del cine Callao (José González Ángel), que vivió con su familia en el mismo cine entre los años 1926 y 1965. 

"En la pared alta que daba a la casa de al lado, también propiedad de la empresa del cine Callao y que se utilizó para instalar las oficinas, se elevó una gran pantalla (visible hoy desde la calle) con su correspondiente escenario; debajo, el sitio para la orquestina separado por una verja de maderas entrelazadas y tiestos con campanillas que se enredaban en la misma." 

Foto: M.R.Giménez (2012)
La deteriorada pantalla del cine de verano del Callao, en la actualidad. La plataforma del escenario y el sitio para la orquestina han desaparecido.
 
"También se construyeron, a lo largo de la pared, frente al escenario, seis hornacinas como de 1,25m. de alto por 0,60m. de ancho y en su interior unos jarrones de escayola que fueron decorados con los colores clásicos de Talavera: azul, amarillo y verde, rellenándoles después de petunias con todos los colores."

Foto: M.R.Giménez (2012)
Se aprecian las hornacinas para los jarrones de cerámica de Talavera y lo que fueron las puertas de acceso a la terraza.

"En la parte izquierda, y según se salía de los ascensores, se montó un bar muy completo que, además del surtido de cerveza, bebidas y café, contaba con un puesto de horchata, agua de cebada y limón granizado, a cargo de unos valencianos.

A la terraza se accedía, por cuatro puertas de madera acristalada, desde el pasillo-vestíbulo y los ascensores; todo estaba muy bien iluminado por luces de colores, como en una verbena. 

En la parte de arriba, donde empieza el torreón (visible desde la calle), se instaló la platea o sobreterraza, con 6 filas de butacas que iban montadas de la siguiente manera: la primera fila en el suelo con listones y las otras cinco escalonadas sobre maderas, a distinto nivel para facilitar la visión de los de atrás. En medio de esta platea, la cabina de proyección. A mano izquierda diez palcos separados por rejillas de madera con sus cinco butacas." 

Foto: M.R.Giménez (2012).
Sobreterraza del edificio.

"A lo largo de toda esta sobreterraza había unas barandillas, también de madera, como de dos metros, haciendo dibujos, separadas con bloques de cemento pintados de blanco. Debajo de ellas sobresalían unos poyetes igualmente de dos metros, con su correspondiente rejilla para proteger los tiestos que se colocaron con plantas de geranios de hiedra de todos los colores y de verbenas. 

Esta idea del cine de verano tuvo mucho éxito y el público lo puso enseguida de moda, llenándose todas las noches. Resultaba muy vistosa la presencia de las señoras con los mantoncillos de seda bordados y flecos pequeños, para ponerse sobre la espalda y los brazos ya que la noche refrescaba. Todavía no se conocía la "rebeca". 

Todo tenía su inconveniente y, en este caso, tal era las tormentas de verano que solían presentarse por la noche y hacían suspender la proyección; en estos casos el espectáculo pasaba a darse en la sala cubierta. Duraban las sesiones desde mediados de junio hasta septiembre. 

En las noches de verano, cuando se daban las funciones de cine, asustaba ver a las chachas de las casas de la calle Preciados trepando por los tejados de los edificios próximos y acomodándose sobre las tejas para ver la película, ¡qué valor!, en cualquier momento un resbalón y al fondo del patio." 

La terraza del Callao se inauguró el día 6 de junio de 1927 con tres películas, entonces de cine mudo: “¿Dónde vamos a parar?”, “La criada del coronel” y “Dick, el guarda marino”. Se mantuvo abierta hasta la Guerra Civil Española y después dejó de utilizarse, tristemente. 




Fuentes:
“El cine, la Gran Vía y yo” de Rosario González Truchado.
“Cines de Madrid” de David Miguel Sánchez Fernández.
Hemeroteca ABC.
Hemeroteca B.N.E.
Urbanity.es
Mcu.es (archivo Loty).

viernes, 19 de octubre de 2012

CAFÉ DEL PEZ.


La calle del Pez, que durante el Sexenio Revolucionario (1868-1874) fue llamada calle de Moriones, no siempre terminó en la de San Bernardo, como lo hace ahora. El tramo final que hoy conocemos, donde la vía se ensancha, fue conocido con el nombre de calle de la Fuente del Cura. Fue allí precisamente, en la última casa de la calle del Pez, entonces número 40 y que hacía esquina con la de Pozas, donde estuvo el afamado café del Pez.


Fuente: Cartotecadigital.icc.cat
Plano de Madrid de Francisco Coello y Pascual Madoz (1848).
Señalado con una flecha, el lugar donde estuvo el café del Pez. Se aprecia la fuente que dio nombre al último tramo de la calle, que en esta época ya se llamaba calle del Pez.


Las primeras noticias sobre este café provienen de la década de los años ochenta del siglo XIX. Su marca varió en numerosas ocasiones: Pez, Japón, Torralba y de nuevo café del Pez, al finalizar el año 1884.


Fuente: B.N.E.
Anuncio del café, del día 19 de enero de 1884, cuando aún tenía la marca de Torralba.  


El del Pez era un café de cante y baile flamenco en donde el guitarrista y maestro Ramón Montoya Salazar (1880-1949) tocó durante tres años, al principio de su carrera.  Asistían a él con asiduidad los hermanos Antonio y Manuel Machado y también el dramaturgo Joaquín Dicenta Benedicto (1862-1917), quien allí conoció a la bailaora Amparo de Triana.

Amparito contaba con quince años de edad cuando abandonó su carrera artística para unir su vida a la del escritor, entonces sin suerte, varios años antes de que éste compusiera “Juan José” (drama estrenado en 1895 y que dio a Dicenta fama internacional). Años después Joaquín Dicenta Alonso, hijo del dramaturgo, escribió “Amparo la de Triana. Escenas de la vida del inmortal escritor don Joaquín Dicenta y una cantaora” (estrenada en 1938), sobre las vicisitudes de aquella relación y ambientada en el café del Pez.


Foto: M.R. Giménez (2011)
Aspecto de la casa actual en donde estuvo el edificio que albergó al café del Pez.


El café del Pez contaba, a parte del tablao flamenco, con tres mesas de billar como indicaba su publicidad en la prensa de 1895, año en que también fue famoso por un altercado que se convirtió en conflicto diplomático.

Bajo el epígrafe “Un escándalo por una cuenta escandalosa” la prensa hace la crónica de dos señoritos, uno inglés (diplomático) y otro escocés (médico), que en la madrugada del día 29 de julio se negaron a abonar la cuenta en el café del Pez. Tras haber pasado toda la noche encantados con el cante y el baile del local, la factura de los “acomodados jóvenes” se desglosaba así:

1 botella de cerveza.- 0,75
2 cajetillas de tabaco.- 1,00
11 copas de jerez.- 8,25
8 botellas de jerez- 80
Desperfectos y roturas de una mesa de nogal.- 40
TOTAL: 130 PESETAS.

El impago de la minuta originó tal escándalo que ambos pisaverdes, junto al dueño del café y el camarero que los atendió,  terminaron la noche en el Juzgado de Guardia. Un mes más tarde, el embajador de Inglaterra presentó una nota al Ministerio de Estado reclamando contra la conducta de los funcionarios del Gobierno Civil de Madrid, respecto a los dos súbditos. 

El  dueño del café del Pez “el mejor café de su clase” anunciaba su intención de traspasarlo en los periódicos del mes de abril de 1899, por no poder atenderlo. Durante el mes de junio se liquidaban sus mesas de mármol, las lunas y las sillas. Un año  después la casa correspondiente al número 40 de la calle del Pez, esquina a la de Pozas, fue derribada junto a sus aledañas para construir el conjunto de viviendas modernistas para Urbano y  José Peña Chávarri, entre los años 1900-1901, que hoy podemos contemplar. (Pez, número 36, Pozas, número 2 y Minas, número 1).







Fuentes:

Es.wikipedia.org
“Los cafés cantantes de Madrid (1846-1936)” José Blas Vega.
Hemeroteca ABC.
Hemeroteca B.N.E.
Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid.
cartotecadigital.icc.cat.

lunes, 8 de octubre de 2012

LA CALLE DE LA TERNERA, DAOÍZ Y EL CAFÉ VARELA.


En el tramo de la calle de Preciados que discurre entre la plaza del Callao y la de Santo Domingo de Madrid, termina la pequeña y casi desconocida calle de la Ternera. Esta corta y estrecha vía, que ha cambiado de nombre en numerosas ocasiones -Almendro, Sombrero, Covadonga-, fue hace más de cuatro siglos una plazuela en la que se vendían las canales de las terneras (animal muerto y abierto, sin despojos). 

Foto: M.R.Giménez (2012)
La calle de la Ternera y al fondo la calle de Preciados.
 
Si por algo ha pasado a la historia la calle de la Ternera, y tal vez se haya librado de una segura desaparición especulativa, ha sido porque en el número 6, vivió y murió Luis Daoíz Torres (1767 y fallecido el día 2 de mayo de 1808). Hasta el año 1868, tras muchas peticiones, no se pondría una placa conmemorativa de mármol blanco en la fachada de esta casa de la calle de la Ternera. En ella, junto a un busto del militar, podría leerse: 

“En el cuarto principal de esta casa vivió y murió el capitán de Artillería don Luis Daoíz, herido mortalmente en defensa de la Independencia española en el Parque de Monteleón el día 2 de mayo de 1808”. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
Calle de la Ternera, número 6, actual. La casa original y la placa conmemorativa en honor a Luis Daoíz, han sido reemplazadas.
 
La antigua casa de la calle de la Ternera, número 6 fue demolida al principio de los años noventa del siglo pasado. La placa en honor a Luis Daoíz se encuentra en paradero desconocido, a fecha de hoy. 

Fuente: Prensahistorica.mcu.es (1962)
Antigua casa de la calle de la Ternera, número 6
. 
 
En los bajos del edificio también estuvo el restaurante “El Callejón”, lugar tan frecuentado por Ernest Hemingway quien tenía reservado su propio rincón. 

Continuando por la calle de Preciados, en el chaflán que forma con la de las Veneras, se encuentra el café Varela. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
El edificio donde estuvo el antiguo café Varela. A la derecha de la fotografía está la calle de las Veneras y a la izquierda, la calle de Preciados.
 
Hay noticias del café Varela de la calle de Preciados, número 37, en el año 1883 cuando se inaugura la gran bodega Sótano H, en el mismo edificio y con entrada por la calle de las Veneras, número 6. Su dueño era Estanislao Rodríguez. El negocio se haría muy famoso en Madrid, llegando a convertirse en colmado o establecimiento en donde se sirven comidas de las 10 de la mañana a 2 de la madrugada, corderos asados, judías y callos a la española, a dos reales la ración. Comedores independientes. 

El Sótano H también tuvo su hecho luctuoso ya que, la noche del 24 de agosto de 1885, se suicidó de un tiro en la cabeza el joven asistente de un capitán de ingenieros que allá iba cada noche a cenar. Por las nueve cartas de despedida que le encontraron en el bolsillo parece que había sido acusado de una falta que nunca cometió, decidiendo quitarse la vida antes que ser arrestado por ello. Encima de la bandeja de pasteles que había comido dejó 6 reales, importe del gasto y la propina para el camarero. 

El Sótano H y el café Varela coexistieron hasta que en el año 1896 y tras veinticuatro meses de obras en el primer piso y el sótano del edificio, por fin se abrió el gran café con ventanales a las dos calles. 

Fuente: ABC (1959)
Interior del viejo café Varela. 
 
El Varela estaba considerado como un café de barrio por estar “algo alejado” de los de la Puerta del Sol. Divanes de alto respaldo tapizados de peluche rojo, espejos, delgadas columnas con floridos capiteles, orlas de escayola y plafones con guirnaldas constituían la decoración de este romántico café al que asistían los hermanos Machado, Miguel de Unamuno Jugo, Ricardo Baroja Nessi, José María de Cossío Martínez Fortún, Loreto Prado Medero y su inseparable Enrique Chicote, Ricardo Calvo Agostí y por supuesto Emilio Carrere Moreno, de quien se conserva una placa homenaje, en la actualidad. 

El edificio del café Varela, al igual que casi todas las casas del centro de Madrid, se vio afectado por las bombas incendiarias que cayeron en la zona durante la Guerra Civil Española (1936-1939), época en la que la Gran Vía era conocida con el nombre de “Avenida del quince y medio”, por el calibre de los cientos de obuses que sobre ella y en la mayoría de las calles aledañas caían cada día. 

Tras la guerra el café Varela vuelve a las tertulias tímidamente, ya que el derecho de reunión estaba durísimamente restringido durante la dictadura franquista. A pesar de todo Meliano Peraile Redondo, Antonio Mingote Barrachina, José Antonio Suárez de Puga Sánchez, Rafael Azcona Fernández y Gloria Fuertes “Poeta de guardia”, entre otros, convirtieron este café en un lugar cómodo en el que la poesía tuvo un papel más que destacado. 

Poco antes de los años cincuenta, cuando el menú de selecta cocina casera del café Varela costaba 30 pesetas, todo incluido, nace “Versos a Media Noche” de la mano del poeta Eduardo Alonso. Estos recitales de poesía tenían lugar cada sábado por la noche y luego, dado el éxito, se extendieron a lo largo de los otros días de la semana. 

También el Varela era un café musical. En 1948 el Trío de Madrid con el genial violinista Jesús Fernández y su violín mágico, obtuvo grandes éxitos en conciertos de tarde y noche. En la segunda mitad de la década de los años 50, del siglo pasado, Olga Ramos y su trío actuarían también en sesiones de tarde y noche. 

En palabras de Rafael Azcona: El Varela era un café muy acogedor, muchos de sus habituales utilizaban sus servicios para afeitarse. Incluso había un cliente otorrinolaringólogo que pasaba allí consulta. 

Fuente: ABC (1959)
Anuncio del cierre del café Varela, con fotografía de su fachada.
 
La historia del viejo café Varela terminó el día 15 de mayo de 1959. Los poetas de “Versos a Media Noche” declamaron los últimos versos junto al gran mural que Pedro Gros había pintado para el café y que contenía los rostros de muchos de ellos. Hay quien afirma que dicho cuadro pasó al Museo Municipal de Madrid, pero a fecha de hoy no ha sido posible localizarlo. 

El café Varela actual no guarda más recuerdo del antiguo que la placa de homenaje a Emilio Carrere, que los poetas españoles le dedicaron en el año 1952. 

Fuente: Cafevarela.com



Fuentes:
Hemeroteca ABC
Hemeroteca digital B.N.E.
Prensahistorica.mcu.es
“Los cafés cantantes de Madrid” (1846-1936) José Blas Vega.
“Guía de Madrid. Manual del madrileño y del forastero” Ángel Fernández de los Ríos.
Cafevarela.com

lunes, 1 de octubre de 2012

EL CAFÉ DE LA ALEGRÍA DE LA CALLE DE LA ABADA.


La placa que nombra a la calle de la Abada de Madrid tiene dibujado un rinoceronte. En el siglo XVI unos feriantes portugueses llegaron a los terrenos que hoy ocupa esta vía, que por entonces comenzaba a urbanizarse, para exhibir varios animales exóticos y entre ellos una hembra de rinoceronte al que nombraban abada. Las vicisitudes de este animal que mató e hirió a un buen número de personas, huyó y fue cazado en las cercanías de Vicálvaro, pasarían desde entonces a ser recordadas dando nombre a esta calle. 

Fuente: Memoriademadrid.es
Calle de la Abada en 1917. La fotografía está tomada desde lo que hoy es la Gran Vía y entonces correspondía al final de la vía. A la derecha se ve el principio de la desaparecida calle de San Jacinto.

La calle de la Abada daba comienzo, antes de que la Gran Vía (avenida de Pi y Margall) se llevase por delante su último tramo, en la plaza del Carmen y terminaba en la calle de Jacometrezo, de la que hoy sólo queda una pequeña parte (desde la plaza del Callao a la de Santo Domingo). 

Fuente: Memoriademadrid.es
Superpuesto a la fotografía en la que se ve la Gran Vía de hoy, aparece el plano en que se aprecia como era la zona antes de la remodelación.  Señalados la calle de la Abada y el lugar donde estuvo el café de la Alegría.
 
Era esta una calle estrecha llena de mancebías, tiendas de libros de lance, casas de préstamos, buñolerías y salones de peinar, pero también estuvo en ella el Café de la Alegría

Foto: M.R.Giménez (2012)
Calle de la Abada y calle de Chinchilla. El edificio blanco de la izquierda corresponde con lo que fue la casa donde estuvo el café de la Alegría.
 
El café de la Alegría era un café neutral, a donde sólo se iba a tomar café y no a discutir de política. Era esta la razón por la que los extranjeros que llegaban a Madrid en la época del Trienio Liberal (1820-1823), cuando el café se inauguró, lo preferían a cualquier otro. 

Situado en la calle de la Abada, número 12 y haciendo esquina con la de Chinchilla, número 1, también se le conoció con el nombre de “café de Chinchilla”. 

Era uno de los pocos establecimientos del ramo que aún conservaban la forma de los antiguos cafés del primer tercio del siglo XIX. Tenía su acceso por un portal estrecho y maloliente que daba a un patinillo oscuro, por contar con sólo un farol protegido por un enrejado de alambre lleno de telarañas. A continuación había que subir una pequeña escalera de peldaños carcomidos que conducía a dos o tres piezas en hilera que daban paso a otra bastante grande y algo menos irregular. 

Su mobiliario se componía de veladores chapados de caoba junto a los que había banquetas de tosca madera forradas con tela roja y pesadas sillas con respaldo. La pieza más grande tenía espejos en las paredes, mesas de billar con paños de un verde descolorido, el mostrador y una anaquelería con docenas de botellas. Completaba el moblaje del local un viejo sillón en el que se acomodaba Gregorio Cedrún, dueño del recinto en el año 1857 o fecha de esta descripción. 

El café se traía de la cocina en pesados recipientes de cobre que portaba el mozo Marcos y se servía en vasos verdosos de vidrio o en tazas de pedernal. 

Francisco de Goya y Lucientes había sido parroquiano del café de la Alegría, llegando a pintar un lienzo para dicho establecimiento representando su interior y a varios de los asiduos clientes, incluyéndose él mismo. El cuadro estuvo situado sobre la puerta del café, pero se desconoce su paradero a día de hoy. 

Otro cliente del café de la Alegría era el romántico Juan Eugenio Hartzenbusch Martínez (1806-1880). 

En el año 1859 se vende con equidad el antiguo café con tres mesas de billar y los géneros de los que se compone el almacén y el día 4 de octubre de ese mismo año se inaugura en el local la Fonda de La Unión, cuyo precio del cubierto era de a 6 reales en adelante. El lugar tenía gabinetes y salas para servir comidas de encargo. 

La de La Unión era una fonda abierta desde los años treinta del siglo XIX, en la calle del Caballero de Gracia. Su dueño la traslada a la calle de la Abada, pero tan sólo permanecerá allí hasta el año 1864 ya que, en el mes de abril, se inaugura la famosa Fonda de Barcelona, en el mismo local. 

Fuente: B.N.E.
Anuncio de la Fonda de Barcelona del año 1873.
 
Esta fonda, una de las más famosas del Madrid del siglo XIX, estuvo anteriormente en la calle de Los Negros, número 4 (hoy calle de Tetuán) desde los años cuarenta de dicho siglo. El derribo de la antigua casa, por las obras de remodelación de la Puerta del Sol, hicieron que el negocio se estableciera en la calle de la Abada, número 12, esquina a Chinchilla, dando comidas y almuerzos de a 8 reales en adelante. 

Mantuvo la misma estructura de acceso que el viejo café de la Alegría: La puerta de entrada, el pequeño patio y la oscura escalera, aunque todo ello impregnado por un olor nada atractivo. A partir de la primera planta se veía que todos los pisos daban el patio, alrededor del que se había construido la casa y tenían una galería con balaustrada. Las habitaciones eran bastante aceptables, bien ventiladas con camas limpias, mantas nuevas y muy suaves. El precio por pensión era de 26 reales diarios (un camarero ganaba entre 144 y 336 reales al mes). 

Francisco Pi y Margall, siendo Ministro de Gobernación, cenaba en la fonda de Barcelona “pagando de su bolsillo”

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Fuentes:

Hemeroteca ABC (Ángel R. Chaves)
Hemeroteca B.N.E.
Memoriademadrid.es
Cartotecadigital.icc.cat
“Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero” Ángel Fernández de los Ríos.
“Historia y anécdotas de las fondas madrileñas” Peter Besas.
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.