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lunes, 24 de septiembre de 2012

EL HOTEL FLORIDA DE LA PLAZA DEL CALLAO.


Entre los muchos disparates que se han llevado a cabo en el centro de Madrid, en pos de una modernidad extravagante y sobre todo durante los años sesenta del siglo pasado, hay que señalar el derribo del magnífico hotel Florida de la plaza del Callao, número 2. 

La especulación y el más insensato diseño originaron además un cambio hacia fachadas de cristal o ladrillo que nada tenía que ver con el conjunto de los edificios circundantes. 

Foto de la izquierda: Loty. Fuente: mcu.es (años 30 del siglo XX).
Foto de la derecha: M.R.Giménez (2012)
Junto al edificio de La Adriática estuvo el hotel Florida, que fue reemplazado por lo que hoy podemos ver.

El edificio es una verdadera joya de belleza y arte, se escribía en los periódicos el día 31 de enero de 1924 cuando tuvo lugar la inauguración del hotel Florida. Antonio Palacios Ramilo (1876-1945), su arquitecto, había realizado la obra del espléndido edificio en compañía de los ingenieros de caminos Dámaso Torán y Luis Harguindey, con la intervención de prestigiosas empresas de la época como la Casa Vers S.A. (entramado metálico) y Sucesores de G. Pereantón (cristalería y lunas). 

Fuente: B.N.E.
Habitación del hotel Florida en el año 1924.
 
Los diez pisos de altura del edificio albergaban, además del café La Granja Florida, doscientas habitaciones con baño, w.c. teléfono urbano e interurbano y calefacción. Justo y Francisco Aedo junto a Manuel Morán, eran los propietarios del hotel que respondía a las exigencias de las modernas corrientes, no faltando detalle alguno en punto a comodidad y confort. 

Fuente: B.N.E.
Entrada del hotel Florida (1924)
 
La decoración interior de los tres vestíbulos, el salón comedor, el café y el bar del hotel corrió a cargo de Luis Gómez y Virgilio Moreno, habituales colaboradores del arquitecto Palacios y cuyo taller se ubicaba en la calle del General Lacy, número 11. 

Fuente: B.N.E.
Restaurante del hotel Florida en el año 1924. 

El hotel Florida instaló la más moderna maquinaria, traída de América. Contaba con el lavado eléctrico del novedoso sistema “Crescent”, que lava la vajilla, colocada en unos cajones especiales donde los cacharros permanecen quietos mientras unos chorros de agua hirviendo llegan a todas las superficies y el “Autofrigor” o instalación frigorífica para la producción de hielo y la fabricación de helados. 

Tres meses después de su inauguración el hotel Florida fue objeto de un desafío protagonizado por el atleta portugués Néstor Lópes, que por entonces realizaba ascensos en solitario a los más conocidos monumentos europeos. 

A las 15 h. del día 5 de abril de 1924, Lópes escaló la fachada del hotel sin ayuda alguna. Una lluvia repentina propició que el atleta recurriera a una simple cuerda para culminar la ascensión del edificio, lo que constituyó para la prensa un ejercicio curioso e interesante. 

En el año 1926 el sótano o “cueva” del hotel Florida alojó una cervecería cuyo horario de apertura coincidía con la salida de los teatros. 

Fuente: Memoriademadrid.es
Entrada a "la cueva" donde se ubicó la cervecería del hotel Florida. Esta foto corresponde con la remodelación de 1935, cuando se inauguró el Florida Keller Club.
 
Sólo cuatro años después, en 1930, la cervecería se convierte en el Florida Keller Club, un salón de té y cock-tail, dotado de pista para el baile. Estaba abierto desde el medio día hasta las diez de la noche. La decoración de este nuevo local corre a cargo del entonces dibujante José Loygorri, que talló en madera la figura de una jirafa para convertirla en la mascota del establecimiento. 

Poco después se reinaugura el café La Granja Florida, cuya decoración también es realizada por José Loygorri. El local, en la planta baja del hotel, se convirtió en restaurante, confitería, mantequería y cafetería de servicio rápido. Sus “barras enfrentadas” constituyeron una innovación muy peculiar en el diseño de este tipo de establecimientos en España. 

Fuente: Memoriademadrid.es
Restaurante, confitería y cafetería "con las barras enfrentadas" de la Granja Florida. (1935).

No solamente fueron las innovaciones tecnológicas, lo céntrico de su ubicación y el exquisito diseño tanto de sus ambientes como de su fachada lo que proporcionaron fama al Florida de la plaza del Callao. Durante la Guerra Civil Española, el hotel se convirtió en el centro del que salían las crónicas informativas hacia todos los países del mundo. 

Tal vez el más popular de los corresponsales que se alojaron en el Florida fue Ernest Hemingway (1899-1961) que allí escribió “La quinta columna”, uno de los dos únicos textos teatrales del autor. 

Durante los años 1936 y 1937 también estuvieron en el hotel, entre otros cronistas: Mijail Koltsov (diario Pravda), John Dos Passos (revista Esquire), Gerda Taro y Robert Capa (revistas Vu y Regards), Martha Gellhorn (semanario Collier’s), Antoine de Saint-Exupéry (diario L’Intransigeant) y el director de cine documental Joris Ivens, que realiza “The Spanish Earth” (Tierra de España) en el año 1937, con la voz de Hemingway como narrador. 

Menos de cuarenta años después de la inauguración del hotel Florida, concretamente en 1962, el inmueble es adquirido por la entonces boyante y ya desaparecida empresa Galerías Preciados S.A. Los proyectos de expansión de estos grandes almacenes impusieron la demolición, en el año 1964, del bello edificio de Antonio Palacios para construir en su lugar el sombrío e incongruente inmueble que hoy podemos ver en la plaza del Callao, esquina a la calle del Carmen. El nuevo edificio fue inaugurado en el mes de octubre de 1968 por el gemebundo alcalde Carlos Arias Navarro con un discurso extremadamente servil hacia el fundador de los grandes almacenes, Pepín Fernández. Pero nadie lamentó la pérdida del hotel Florida, de su belleza y de su historia.



Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Wikipedia.org
Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid.
“Idealistas bajo las balas” Paul Preston.
Memoriademadrid.es
Skyscrapercity.com
Urbanity.es

lunes, 17 de septiembre de 2012

CASA MINGO.


Tras la inauguración de la Estación del Norte o del Príncipe Pío de Madrid, allá por el final los años ochenta del siglo XIX, aparece la sidrería Casa Mingo en el paseo de la Florida, número 34. 

Foto: M.R. Giménez (2012)
Casa Mingo, en la actualidad.

Las dependencias de la estación del tren se prolongaban hasta la glorieta de San Antonio de la Florida, junto a la ermita (1798) donde Francisco de Goya y Lucientes está enterrado, sin su cabeza, desde el año 1919. 

La zona, casi el confín de Madrid entonces, era utilizada para goce y alegría de quienes desearan asistir a sus merenderos, bailes y para celebrar la tradicional Verbena de San Antonio. La ausencia de tabernas o figones en esa parte tan despoblada de Madrid hizo que el asturiano Domingo García González ubicara una sidrería en las antiguas caballerizas de la estación, cuya clientela inicial estaría formada por los trabajadores ferroviarios. 

Fuente: B.N.E.
Anuncio en prensa de Casa Mingo, 1926.

Poco a poco el lugar fue tomando importancia llegando a ser centro de reunión de los asturianos que venían a trabajar a Madrid y la familia de Mingo optó por abrir una sucursal, con el mismo nombre, que ubicó en la calle de Echegaray, número 37, en la década de los años diez del siglo XX. 

Fuente: ABC
Foto de la desaparecida Casa Mingo en la calle Echegaray, 37, en la década de los años 70. En el mismo local Caco Senante instaló después y durante quince años "La bodeguita del Caco".

En el año 1936 Casa Mingo fue uno de los comercios que suministraron víveres para la expedición organizada por la Casa de Socorro del distrito de Palacio, con destino a los combatientes del bando republicano que luchaban en la sierra de Madrid. Al frente de dicha expedición estaba Eduardo Ortega y Gasset (hermano del filósofo), que en ese momento era el teniente de alcalde y presidente de la Junta de Beneficencia de Palacio. 

Fuente: Urbanity.es
Casa Mingo, en el paseo de la Florida, en el año 1935.
 
Platos asturianos como la fabada, la perdiz, el queso de cabrales y el pollo iban acompañados por la sidra, natural o achampanada, de las marcas “La Polesa” y “La Avilesina” registradas por la sidrería Casa Mingo, en cuyo local un explícito cartel siempre ha prohibido cantar

El local actualmente cuenta con una sorpresa más. Tras una discreta puerta de madera, junto a las pipas (toneles) en las que están dibujadas las letras de la marca Casa Mingo junto a dos paisanos y el escudo del Principado con dos Cruces de la Victoria, se encuentra una embotelladora de sidra. El producto llega de Asturias y se envasa en el mismo local, colocando la etiqueta de la marca “La Avilesina”. 

Foto: M.R. Giménez (2012).
Embotelladora de la Casa Mingo, instalada en el mismo local.
 
Hoy las especialidades de la casa son el pollo asado, el queso de cabrales y la magnífica empanada. 





Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Urbanity.es
Agradecimiento muy especial al personal de Casa Mingo, por la información aportada y por su amabilidad para la realización de este artículo.   

martes, 11 de septiembre de 2012

CAFÉ EL GATO NEGRO.


En la calle del Príncipe, número 14 y junto al teatro de la Comedia (1875), estuvo el café más modernista de Madrid: El Gato Negro

Fuente: Urbanity.es
Café El Gato Negro (1907)
 
El Gato Negro era un café simpático, siempre lleno de público hasta que comenzaba la representación en el vecino teatro. Un timbre avisaba a la clientela del inicio de la función a la que se podía acceder a través de la puerta que comunicaba ambos locales, sin necesidad de salir a la calle.   

Propiedad de Tirso Escudero, también empresario teatral, este negocio fue inaugurado el día 22 de octubre de 1907 como cervecería y café. Su estilo art nouveau, correspondiente a la segunda época de apogeo de dicho movimiento artístico en Madrid, fue encargado al arquitecto Ricardo Magdalena Gallifa, que contó con la colaboración de la Casa Mauméjean para las vidrieras y de la Casa Férriz para los muebles. 

Una puerta giratoria daba acceso al local, que no poseía tanta luz natural como otros establecimientos ni techos demasiado altos, detalles que sin embargo lo convertían en un café más acogedor y cordial que muchos de los de su entorno. 

Fuente: ABC
Interior del café El Gato Negro (1907). En la pared se ven los gatos pintados por Enrique Marín.
 
Divanes de color rojo, columnas y gatos negros pintados en diversas actitudes sobre paredes y techo por Enrique Marín (pintor que también hacía jeroglíficos para periódicos y revistas), completaban la decoración interior. 

Como todos los cafés El Gato Negro también organizaba conciertos cada noche, hasta que debieron imponerse las tertulias. La más afamada de ellas tuvo lugar entre los años 1909 y 1910 formada, entre muchos otros, por Ramón José Simón Valle Peña (Valle-Inclán), Jacinto Benavente Martínez, Nilo Fabra Herrero, Santiago Rusiñol Prats, Ignacio Zuloaga Zabaleta, José Ortega y Gasset, el caricaturista Luis Bagaria y un joven Juan Ramón Jiménez Mantecón. 

Fuente: Elpasajero.com
Nilo Fabra aparece con una jarra en la mano junto a Jacinto Benavente.

El día que se anunció la muerte de Rubén Darío en el café, Valle-Inclán, muy compungido por la pérdida del poeta al que tanto admiraba, se puso en pie y comenzó a recitar el “Responso a Verlaine”, en medio de un silencio absoluto: 

Padre y maestro mágico, liróforo celeste 

que al instrumento olímpico y a la siringa agreste 

diste tu acento encantador; 

¡Pánida! Pan tú mismo, que coros condujiste 

hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste, 

¡al son del sistro y del tambor! 

(...) 

Las diferencias entre Valle-Inclán y Benavente propiciaron que el Premio Nobel presidiera en solitario la tertulia, al fondo a mano izquierda, del café El Gato Negro. Formada en su mayoría por gentes del teatro, patrocinó anécdotas como la del año 1926 en que el maestro elogiaba el último libro de Valle-Inclán, mientras varios tertulianos objetaban. Uno de ellos comentó: “Pues, le advierto que don Ramón afirma que usted es un mal escritor”. A lo que Benavente contestó: “Puede que él y yo estemos equivocados”. 

Así fue como el modernista café El Gato Negro continuó su historia, mientras servía los cafés con la leche de la Gran vaquería de Alfredo Fernández, de la Guindalera, que ordeñaba vacas especiales a la vista del público, para niños y enfermos. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
Aspecto actual de lo que fue el café El Gato Negro.

El día 4 de septiembre de 1956, el café anuncia su cierre y de ello hacen noticia todos los periódicos de Madrid. 




Fuentes:
Hemeroteca ABC
Hemeroteca B.N.E.
“El modernismo en la arquitectura madrileña: génesis y desarrollo de una opción ecléctica” Oscar Da Rocha Aranda.
Elpasajero.com
Urbanity.es
La más sincera gratitud al actor Miguel Ariza Santana por su afabilidad, cariño y asombrosa memoria. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL CAFÉ DE SAN ISIDRO Y LA TIENDA DEL BOTIJO.


Parece que hasta bien entrado el pasado siglo XX, la plaza Mayor constituía el límite entre el centro de Madrid y los denominados “barrios bajos” o zona de clase social con cierto nivel de estrechez y topográficamente inclinada hacia el río Manzanares. 

La vía principal del distrito de La Latina fue y es la calle de Toledo; siempre plagada de comercios y viandantes, forasteros o autóctonos, atraídos por el mercado de La Cebada y por la colegiata de San Isidro el Real (s. XVII). En éste último enclave, a pocos metros de distancia, estuvo el café de San Isidro y subsiste aún, aunque sustancialmente modificada, la Tienda del Botijo

El café de San Isidro se ubicaba en la calle de Toledo, número 32 (antiguo 40) aunque hay noticias de la existencia de otro café con la misma marca, que durante los años veinte del siglo XIX estuvo en la Cava Baja, número 18. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
Aquí estuvo el café de San Isidro y después el supermercado de la cadena Simago.

El de San Isidro era el templo de la madrileñería castiza y flamenca, un café de barrio que todos querían conocer aunque no formasen parte de su asidua clientela. 

Las primeras noticias encontradas de este café, sito en la calle de Toledo, proceden del año 1863; tres años más tarde ofrece el primer ensayo de un novedoso sistema de alumbrado por gas, más ventajoso que el empleado hasta entonces, acto para el que fueron invitados todos los dueños de los cafés más importantes de Madrid. Era además el lugar donde se despachaban los billetes para la diligencia diaria al pueblo de Leganés, a tres reales el asiento. 

Fuente: ABC.
Interior del café de San Isidro (1901).

En el año 1901 el café de San Isidro realiza importantes reformas que lo convierten en uno de los más bellos y elegantes de la corte. El ebanista Manuel Ramos y el pintor Ricardo Téllez, intervienen en la obra. 

Era éste un café de variada y pintoresca concurrencia, cambiante según la hora del día: Por las mañanas, bodas con vasos de café con leche y media tostada. Tras la comida, tratantes y asentadores del mercado de La Cebada. Los jueves por la tarde, gitanos de tronío. Sus platos de riñones saltados y bistec con patatas, eran conocidos en todo Madrid al igual que sus magníficas mesas de billar, cuyo precio era de a dos reales, la hora. Conciertos de bandas de música, cántico de flamenco con piano, pequeñas obras de teatro y funciones con cantarinas como Jacoba Sánchez, constituían los espectáculos nocturnos de éste café. 

Por encima de sus excelencias, el café de San Isidro era conocido en toda la ciudad por su Vicaría

Foto: M.R.Giménez (2012)
Calle de Grafal. Aquí estuvo la Vicaría del café de San Isidro.

La Vicaría era un reservado de parejas enamoradas, con acceso desde la calle de Grafal, paralela a la de Toledo. Eladio, apodado “Musaraña” era su camarero y sólo intervenía al escuchar las palmadas para pedir una consumición o abonar la cuenta y al escuchar el sonoro chasquido de un beso. Ante este segundo caso Eladio, que siempre parecía distraído y de ahí su apodo, solía gritar a la pareja cariñosa: “¡Sus tengo dicho que los besos con estallido se quedan para las amas de cría o secas, que aquí no quiero cohetes, sino composturas y urbanidad!”. Salvo por las amonestaciones del camarero, la Vicaría era un lugar tranquilo y silencioso. 

El espacioso café de San Isidro sirvió para celebrar numerosos banquetes a lo largo de su historia, que concluiría a principios de los años sesenta del siglo XX. En su recinto se instaló posteriormente el autoservicio Simago y hoy continúa siendo un supermercado. 

Frente al café de San Isidro y junto a la colegiata, hoy subsiste La tienda del Botijo, aunque del primitivo establecimiento no quede más que el nombre y su muestra. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
La Tienda del Botijo, de la que hoy sólo queda su marca.

La primitiva tienda del Botijo estaba, según Constancio Bernaldo de Quirós Pérez (1873-1959), hacia la mitad de los soportales del lado de la izquierda, o sea, de los números impares, de la calle de Toledo y era una especie de bazar en el que se vendía todo tipo de utensilios para arrieros y trajinantes: cabezadas, cinchas, ronzales, trallas, cayadas, garrotas, etc. En su mostrador siempre había un botijo lleno de aguardiente y la clientela podía beber un trago a chorro del recipiente, por el precio de una perra gorda. Por tanto, lo que daba nombre a la tienda era el gran botijo de sobre el mostrador, de barro blanco, harto sucio por el manoseo

La tienda del Botijo tenía otro atractivo, su decoración: En el techo llevaba suspendido un enorme garrote, especie de as de bastos, con sendas calabazas. 

El establecimiento desapareció al comenzar el siglo, renaciendo, bajo el signo puramente verbal del botijo, en otra inmediata a la catedral de San Isidro, del lado de la calle de La Colegiata, y convertida en un vulgar baratillo anodino y sin carácter, aunque no de los del precio único de 0.65 sino a precios variados. 

Así pues este es el origen de la tienda, cordelería o bazar que desde el año 1754, como dice su rótulo, continúa hoy en la calle de Toledo, número 35 (antiguo 43). 

El traslado de la ubicación de este negocio debió llevarse a cabo alrededor de la mitad del siglo XIX, al edificio que más tarde remplazaría el que hoy podemos contemplar. 

Fuente: B.N.E.
Dibujo de Ramón Gómez de la Serna, publicado en el año 1926.

En el año 1903 Manuel Machado (hermano de Antonio), contaba que la tienda era famosa por dar vino a los parroquianos en unos enormes cuernos huecos, a los que llamaban los vasos de Amadeo y relataba que para recibir al rey de Saboya (1870), el gobierno mandó que el comercio de Madrid se engalanase con gallardetes y cortinas. Siendo muy republicano el entonces propietario del Botijo, adornó la muestra de su tienda con astas y al ser obligado a quitarlas, dio de beber en ellas a su clientela. 

Parece que la tienda del Botijo fue adaptando su mercancía a la nueva clientela de cada momento. Pasó de vender aperos para ganadería a especializarse en cordeles, alpargatas y artículos de mimbre. Hoy, con su discreta fachada en la que aún se conserva un botijo como muestra, es un establecimiento dedicado a la perfumería y la droguería. 




Fuentes:
Hemeroteca ABC.
Hemeroteca B.N.E.
“Una pluma en el exilio. Los artículos publicados por Constancio Bernaldo de Quirós en República Dominicana”. Constancio Cassá Bernaldo de Quirós.
Es.wikipedia.org