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lunes, 28 de mayo de 2012

EL CAFÉ DE PRAGA, EL CAFÉ CALATRAVAS Y UN CINE.

Un poco más abajo de la iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá de Madrid, donde El ciego Simarro ejecutaba su crítica mordaz con respecto al estado de las cosas del país (ver entrada del 26/10/2011 en este blog), aunque sin coincidir en el tiempo, hubo dos cafés y un cine.

El café de Praga. Situado en el número 31 (hoy nº 35 aproximado) de la calle de Alcalá fue inaugurado el domingo de Carnaval del año 1874, anunciándose como café restaurant con especialidad en chocolate, té, café y leche pura. Era la sucursal gastronómica del afamado despacho de pan y repostería “Pan de Praga”, situado en el número 5 de la calle del Barquillo.

Se trataba de un café con cierto prestigio, que organizaba conciertos desde primera hora de la tarde y era el único de Madrid donde se jugaba al dominó. Estaba bien ubicado en la muy transitada calle de Alcalá y se hallaba frente a la Presidencia del Consejo de Ministros de entonces. Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque, el general Pavía, era cliente de este café. 

El mismo año de su apertura el dueño del café de Praga contrató a un cocinero de París, a imitación del célebre y próximo café de Fornos (situado en la calle de Alcalá esquina con la de Peligros). Parece que el nuevo chef no tuvo el éxito esperado, ya que el periódico “La Iberia” publicó el siguiente comentario: Este cocinero debe estar subvencionado por algún médico especialista en las enfermedades del estómago, o por algún boticario que tenga gran acopio de bicarbonato. La crítica fue origen de una demanda presentada por el cocinero, justo al día siguiente de ver la luz la edición de este periódico. 

El café de Praga desapareció en los primeros años de la década de los ochenta del siglo XIX. Su casa fue derruida para levantar el actual edificio, la numeración de la calle cambió y en su mismo emplazamiento se inauguró “La Negrita”, que primero fue cantina y luego renombrada tienda de vinos, bebidas alcohólicas y ultramarinos, manteniéndose abierta hasta el final de los años cuarenta del pasado siglo. 

Foto: ABC. (1944)

En el número 31 (hoy nº 27) de la calle de Alcalá, abrió sus puertas en el año 1936 el café Calatravas

Foto: memoriademadrid.es
Café Calatravas, junto a su gran ventanal se observa la entrada del cine Calatravas, inaugurado un año antes.

El antiguo inmueble donde se ubicó el café Calatravas, había sido la sede del Banco Español del Río de la Plata hasta la construcción de su nuevo edificio en el año 1918, conocido como “El edificio de las Cariátides” y situado en las calles de Alcalá, número 49 y del Barquillo, número 2 (hoy Instituto Cervantes). Posteriormente aquel inmueble fue ocupado por el Banco Central que se fusionó con el Banco Español del Río de la Plata en el año 1934. 

Foto: Urbanity.es
A la derecha de la iglesia de las Calatravas se aprecia el edificio que primero albergó el Banco Español del Río de la Plata y luego el café y el cinema Calatravas. La fotografía está tomada después de 1918, año en que el banco se había trasladado al Edificio de las Cariátides. Sus locales pasaron a ser ocupados por el Banco Central, que es el que aparece en la foto.
 
Era el café Calatravas un local espacioso y tranquilo del que la prensa no recoge ningún alboroto destacable, salvo una denuncia de la Fiscalía provincial de Tasas por vender a precios abusivos, durante el año 1941, que culminó en una sanción por la que se clausuró el café durante tres meses. 

Foto: Memoriademadrid.es
Pista de baile del café Calatravas en la que se aprecia uno de los murales realizados por Daniel Vázquez Díaz.
 
Fue el arquitecto Luis Gutiérrez Soto (cine Callao, bar Chicote) quien diseñó su proyecto, encargando las pinturas de sus murales a Daniel Vázquez Díaz (maestro de Salvador Dalí).

En este local se volvió a usar un estilo que había dejado de estar en boga hacia unos años pero que no pasaba nunca de moda. Una mezcla de las normas clásicas e imperiales convirtieron al salón del café Calatravas en un pedacito de la desaparecida Pompeya. Contaba el local con un amplio escaparate  a la calle de Alcalá que inundaba de luz parte del salón principal y algunas de las estancias de la planta sótano, ya que junto a este gran ventanal se encontraban las escaleras de acceso a la planta baja donde se habían instalado los aseos y la cocina.“  David Miguel Sánchez Fernández autor del libro “Cines de Madrid”.

El café Calatravas cerró sus puertas en los primeros años de la década de los cincuenta del siglo pasado, perdiéndose así su mobiliario en tonos claros, su pista de baile y las espléndidas pinturas de sus paredes. 

En el mismo edificio de la calle de Alcalá, un año antes de la inauguración del café, abrió al público una nueva sala de cine: El cinema Calatravas

Foto: Urbanity.es
Entrada del cine Calatravas en el año de su inauguración (1935).
 
La enorme dificultad de esta obra fue bien solventada por el arquitecto Manuel Cabanyes Mata (Hotel Menfis y Hotel Roma de la Gran Vía). 

El viejo inmueble había sido construido en el siglo XIX y contaba con cuatro alturas, la planta baja y las buhardillas. Para la instalación de la sala de cine hubo que eliminar hasta la segunda planta del edificio, locales que fueron la antigua sede del Banco, pero había que tener en cuenta que las plantas superiores eran casas de vecinos. La dificultad era sujetar toda la parte superior sobre una superficie diáfana, como lo es el cine. Para ello hubo necesidad de colgar el bloque de construcción, dejando diáfana la parte baja en la que, como una pieza aparte, se encajó el proyecto. 

Así se inauguró el cine Calatravas, el día 15 de noviembre de 1935 para lo más selecto de la sociedad madrileña y al día siguiente para el público en general. El proyecto y la ejecución de toda la decoración corrieron a cargo de Francisco Ferrer (Loewe de la Gran Vía).

Foto: Urbanity.es
Entrada del cine Calatravas. Toda la decoración era de Francisco Ferrer. (1935).

El cine Calatravas comenzó su primera temporada ofreciendo programación en sesión continua desde las 11h. de la mañana y hasta la 1h. de la madrugada. En la década de los años 50 del siglo pasado, fue uno de los pioneros en proyectar películas en V.O. (francés e inglés). Desapareció poco después. Hoy ocupa los bajos del edificio una anodina entidad bancaria.



Fuentes:
Hemeroteca de la B.N.E.
Hemeroteca del ABC.
Cinesdemadrid.blogspot.com
“Pombo” Ramón Gómez de la Serna.
Memoriademadrid.es
Agradeciendo de forma muy especial la colaboración de David Miguel Sánchez Fernández, autor de los libros: “Cines de Madrid” y “Un paseo por la Ciudad Lineal” por sus magníficas aportaciones.

lunes, 21 de mayo de 2012

ISIDRO, ROSQUILLAS Y LA TIA JAVIERA.

Ahora que han pasado todos los festejos de San Isidro menos los taurinos, relegados al disfrute de una ínfima parte de los ciudadanos de Madrid, dedicaremos un homenaje a quienes en aquellos participaron y han quedado en la memoria colectiva, aún sin saber del todo quienes eran. 

La primera romería del año en Madrid siempre fue la de San Isidro, que luego derivó en verbena.

Isidro de Merlo Quintana (1082 aprox.-1172) labrador de profesión, fue un hombre de estatura elevada, muy dado a la plegaria y al milagro. Desde el siglo XVI hay constancia de la romería a él dedicada. Su nombre dio pie a conocer como “Isidros” a aquellos viajeros del resto de España, que acudían a la capital con ocasión de su fiesta, el día 15 de mayo.

Foto: Memoriademadrid.es
Verbena en la Pradera de San Isidro (1929). Atracciones de Tíovivo, puestos de golosinas, paseantes y meriendas.

Hay constancia en la prensa del progresivo desinterés que a través de los años ha deteriorado tanto la romería como la verbera, celebradas ambas en la Pradera de San Isidro. A esto habría que añadir la merma en la extensión del lugar desde el año 1788, cuando Francisco de Goya lo pintó, debido a la proliferación de edificaciones que hoy ocupan dicho emplazamiento. En la actualidad la verbena de San Isidro parece relegada a ser el único sitio donde los políticos madrileños no dudan en mezclarse con los ciudadanos, pero con el único fin de hacerse un retrato.

Fuente: El País.
"La Pradera de San Isidro" de Francisco de Goya (1788).

Todo lo que se vendía en la Pradera de San Isidro llevaba incorporada la coletilla “del santo”; así botijos, campanillas, pitos, figuritas de barro con la cara del político más popular del momento y también las rosquillas, eran llamadas del santo para distinguir estas mercancías de las feriadas en otras verbenas. 

También Madrid siempre ha acompañado todas sus fiestas con una comida especial y un dulce tradicional siendo, en esta ocasión, las rosquillas del Santo el confite más celebrado y famoso.

Foto: M.R. Giménez.
Rosquillas del Santo. "Tontas", sin azúcar añadido. "Listas", hoy de variados sabores. 

Dichas rosquillas del Santo, como dejó escrito Jacinto Benavente Martínez (1866-1954), son de tres clases: “Las tontas, las de Fuenlabrada, o de yema y las de Villarejo de Salvanés, o de la tía Javiera, que por rosquillas hizo famoso su nombre y el de su pueblo”. 

La tía Javiera se inmortalizó por sus rosquillas “que eran las del baño blanco, y la gracia de ellas estaba en que el baño no se cuarteaba ni se desprendía al partirlas”. Viajaba hasta cualquier verbena, desde su natal Villarejo de Salvanés, con el cargamento de rosquillas y muy pronto tuvo imitadores. Así, en su puesto de vendedora podía leerse: “Yo, como verdadera tía Javiera, no tengo hijas ni sobrinas”. 

Anuncio en prensa del año 1863. (Es muy probable que se refiera a la sobrina segunda de la tía Javiera).
 
Tan sólo una sobrina segunda de la tía Javiera, parece que tenía la fórmula magistral de las famosas rosquillas y también iba por las verbenas más populares, acomodando su puesto. A ella se refiere Benavente cuando habla de su infancia en la fiesta de la Pradera de San Isidro: “No vestía de lugareña, como las otras vendedoras, pero sí llevaba al cuello un collar de aljófar (pequeñas perlas de forma irregular) de muchas vueltas”. 

La tía Javiera falleció durante el primer tercio del siglo XIX, pero la receta de sus rosquillas “listas” –que parece duraban alrededor de seis días sin alteración- ha perdurado en el tiempo tanto como su personaje, representado en forma de cabezudo acompañando a Luis Candelas, Madame Pimentón, Goya, La Arganzuela y tantos otros, en algunas fiestas de Madrid.

Foto: Wikipedia.org
La tía Javiera representada en un cabezudo, en la plaza del Callao de Madrid.





Fuentes:

Hemeroteca ABC.
Hemeroteca de la B.N.E.

domingo, 13 de mayo de 2012

LO QUE LA GRAN VIA Y TELEFÓNICA SE LLEVARON POR DELANTE.

Desde aquella primavera de 1910 en que Alfonso XIII cogió una piqueta y la hincó sobre la fachada de la Casa del Cura, la máquina demoledora y artesanal contratada para la gran obra de la Gran Vía de Madrid, derribó 312 casas y eliminó, de forma parcial o total, 48 calles. Dos de ellas, situadas al principio de este segundo tramo de la obra conocido entonces con el nombre de Bulevar de Pi y Margall, fueron ocupadas por la nueva calzada y por el edificio de la Telefónica; sus nombres eran calle de los Leones y travesía del Desengaño.

Fuente: cartotecadigital.icc.es 
En el recuadro aparecen la calle de los Leones y la travesía del Desengaño (con el nombre antiguo de calle de la Flor), que estuvieron situadas entre la antigua calle de Jacometrezo y la del Desengaño. Plano de Chalmandrier - 1761.

La calle de los Leones. En el momento de hacer el inventario para las demoliciones de esta calle, con la finalidad de ejecutar la obra de la futura Gran Vía, se constató que aún tenía edificios del año 1696. 


El nombre de esta calle provenía del espectáculo que unos extranjeros montaron en ese terreno cuando aún era un arrabal de Madrid. Dos leones fueron expuestos para disfrute y perplejidad del público, que debía pagar su entrada para verlos. Posteriormente, ya en el siglo XIX, fue famosa una taberna allí ubicada por los parroquianos que a ella concurrían: Luis Candelas (vecino de la cercana calle de Tudescos), Mariano Balseiro, Francisco Villena “Paco el Sastre”, Churumbelo y Traganiños (dueño de la tasca).


Fuente: memoriademadrid.es
Así era la antigua calle de los Leones.

En abril del año 1910 se anuncia en prensa que van a ser demolidas las casas con numeración del 1 al 12 de la calle de los Leones; pero hasta el año 1917, en el mes de agosto, no comenzó el derribo de todas las fincas situadas entre esta calle y la plaza del Callao. 

Hoy en día, lo que fueron los primeros cinco números de la calle de los Leones están ocupados por la calzada de la Gran Vía, siendo la segunda mitad lo que algo modificado corresponde al arranque de la calle de Valverde.

Foto: M.R. Giménez (2011).
Calle de Valverde actual. Este tramo fue parte de la desaparecida calle de los Leones. El portal situado a la izquierda de la foto, corresponde al número 4 y se trata de un edificio construido en el año 1889, que se libró del derribo.

La travesía del Desengaño. Era la calle subalterna que comunicaba la de Jacometrezo con la del Desengaño, y de esta última tomaba su nombre. Hasta el año 1835 se llamaba calle de la Flor y conservaba construcciones particulares del año 1722. En 1914 la popular tahona del número 4 de esta travesía anuncia la venta de todos sus enseres, ante el inmediato derribo de las fincas en la acera de los números pares de la calle. 

La travesía del Desengaño fue completamente engullida por aquel nuevo Madrid. Su primer tramo, hasta el número 7, lo ocupa hoy la calzada de la Gran Vía y el resto, hasta el número 15, forma parte de los cimientos del edificio de la Telefónica.

Fuente: memoriademadrid.es
Este plano superpuesto muestra como era la zona antes y después de la construcción de la Gran Vía. En él se pueden ver, señaladas con flechas la calle de los Leones y la Travesía del Desengaño. El hexágono engloba el actual edificio de Telefónica.

La calle del Desengaño también sufrió alteraciones en su fisonomía, aunque en menor medida que las anteriores. 


El tramo comprendido entre el antiguo número 1 (donde el pintor Francisco de Goya tenía su casa), que hacía esquina con la calle de Fuencarral y hasta el número 8, en ángulo con la de Valverde, quedó suprimido. Sobre esta superficie se construyó el nuevo edificio de Telefónica acortando la extensión de la calle y llevándose por medio uno de los cafés más célebres de Madrid hasta ese momento, el café Habanero.


Fuente: memoriademadrid.es
Plano del proyecto de la obra para la Gran Vía. El café Habanero aparece dentro del cuadro. Las líneas rojas y paralelas corresponden a lo que sería el trazado de la nueva vía
.

El café Habanero fue inicialmente emplazado en el número 6 de la calle del Desengaño; este café abrió sus puertas en la década de los años 70 del siglo XIX. Era un café bonito y bien decorado, que a menudo recibía “conservas de La Habana (guayaba, mamey, flor de azahar, etc. etc.) que son poco conocidas en Madrid”. También anunciaba servir manzanilla de Sanlucar y “comidas bien condimentadas” en sus menús de 2 pesetas, compuestos por “sopa, tres platos fuertes y postres”.


El café Habanero tenía éxito de concurrencia a lo largo del día, ofreciendo conciertos “a cuarteto” dirigidos por el profesor del Conservatorio, Sr. Cobeña. Pero había una queja generalizada sobre la tardanza en el servicio y es que, según la prensa de 1873, contaba con muy pocos camareros.


En el mes de octubre de 1882 el dueño del café Habanero, traslada su establecimiento al edificio inmediato, que formaba esquina entre las calles del Desengaño, número 8 y de Valverde, número 2. El nuevo espacio era sencillo, elegante y estaba dividido en café, en la planta baja y “restaurant”, en el entresuelo. Ampliaba su espectáculo con representaciones de teatro como “La isla de San Balandrán” o “Fray Liberto sin cencerro”.


Poco a poco el acreditado café Habanero fue pasándose de moda y así, en abril del año 1890, tuvo que cerrar por suspensión de pagos. Más otro dueño compró el negocio al año siguiente, despojado ya de la elegancia que tuvo en sus inicios. El café llenó su trastienda de “puntos” (pícaros) dedicados a apostar al “Monte” (juego de naipes), prohibido en aquella época y convirtió los comedores de su “restaurant” en “reservados”, ocultos de las miradas del resto de los clientes.


El día 30 de septiembre de 1909 un edicto informaba que se sacaron a la venta en pública subasta los bienes, muebles y enseres del café Habanero, tasados en 1488’50 pesetas y en el año 1915, comenzó el derribo de la casa. 
  

Otra de las construcciones que sucumbieron a la piqueta por las obras para la realización de la Gran Vía fue el conjunto de las casas de la marquesa de Murillo, que estuvieron ubicadas al inicio de la calle del Desengaño y tenían también fachada a la calle de Fuencarral.



Según el expediente de obra conservado en el Archivo de Villa de Madrid, en el año 1747 se solicitó licencia para incorporar a la casa de la marquesa otras pequeñas propiedades aledañas, que serían integradas a la ya existente.


Fuente: memoriademadrid.es
Plano de lo que fueron las casas de la marquesa de Murillo, en su fachada a la calle de Fuencarral (1747).

El solar donde se asentaban estas casas, calle del Desengaño, nº 2, fue expropiado para la construcción de la Gran Vía por la cantidad de 235.000 pesetas. 



Fuentes:
Hemeroteca B.N.E.
Memoriademadrid.es
Cartotecadigital.icc.cat


lunes, 7 de mayo de 2012

DOS CAFÉS DE LA PLAZA DE MATUTE.

No se conoce bien el origen del nombre de esta extraña plaza con forma de embudo; tal vez Matute fuera el propietario del terreno en que se abrió o quizá esta denominación provenga de los géneros que por allí pasaban a la ciudad de Madrid de forma clandestina, desde la cercana Puerta de Antón Martín. Lo cierto es que ya en el plano del portugués Pedro Texeira esta plaza aparece con el nombre y la misma fisonomía que hoy mantienen.

Plano Pedro Texeira (1656).
Aquí se ve la plazuela de Matute y la de Antón Martín. Señalada con el  número XLII aparece  Ntra. Sra. de Loreto.

Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) y José Zorrilla Moral (1817-1893) vivieron en la plaza de Matute, donde también estuvo la imprenta de la revista “La Ilustración de Madrid” y del periódico “El Imparcial”, (en el número 5, que hoy ocupa otro edificio) allá por los años setenta del sigloXIX.


Foto: M.R. Giménez (2012)
Plaza de Matute y al fondo la calle de Atocha.

Dos cafés vinieron a instalarse a lo largo de los 750 m2. de esta plazuela o plaza durante la segunda mitad del siglo XIX. Uno de ellos muy discreto y el otro demasiado jaranero.

El café de Barcelona. Se sabe que estuvo en la plazuela de Matute porque diversos autores lo atestiguan. Debía ser un lugar tranquilo que organizaba conciertos como aquel en que una orquesta de ciegos interpretaba maravillosamente “El Carnaval de Venecia”, mientras uno de sus integrantes acompañaba al grupo con un pito de su invención, magistralmente tocado, según la prensa del momento.

El café Imparcial. Era un café de cante, muy famoso en todo Madrid y del que se decía “que había siempre dos señores del orden público a la puerta”, por lo que pudiera pasar. En él “lucieron sus dones todas las estrellas del cante y del baile flamenco” como Juan Breva (Antonio Ortega Escalona), “El Dientes”, La Parrala (Dolores Parrales Moreno), “Rosa la Rosona” y muchos más.

Era el Imparcial un café que en sus comienzos nada tuvo que ver con el flamenco, ofreciendo “el chocolate especial de Asturias a partir de 8 reales el cubierto” y “conciertos de bandurrias de 3 a 6 de la tarde, dirigidos por el profesor señor Granados”. Pero a partir del año 1880 su ambiente derivó hacia el cante jondo, que por entonces estaba de moda entre la “buena sociedad”.


Foto: M.R. Giménez (2012)
Aquí estuvo la casa número 8 de la plaza de Matute, donde se instaló el café Imparcial. Cuando Miguel de Cervantes vivía en esta plaza, la iglesia de Ntra. Sra. de Loreto ocupaba este terreno.

La prensa se hizo eco de las numerosas protestas vecinales que el ruido de los espectáculos del café Imparcial generaba en la plaza de Matute. Demasiadas peleas, como la que tuvo lugar a principios de julio del año 1881 cuando todos los concurrentes del café se enfrentaron en una batalla a botellazos y palos; ello provocó que el gobernador prohibiese el cante y el baile en este café, en abril del año 1883.

El café Imparcial continuó con sus espectáculos, a pesar de haberse denegado el permiso para ello. Un año más tarde de la orden oficial que vedaba las representaciones, tuvo lugar un sonado juicio en la Sala de lo Criminal de la Audiencia de Madrid por los hechos acontecidos el 14 de abril de 1883. Varios hombres y una mujer fueron acusados de estafa, disparos, lesiones y desorden público en el interior del local. 

José Ortega “Caobita”, un conocido tratante de ganado caballar, entró la noche de los hechos en el café Imparcial, a beber algo. Tras haber apurado 33 copas de ron pidió que le sirvieran dos botellas de manzanilla, a lo que el mozo del café se negó hasta no ver abonado el importe de las primeras bebidas. Como Ortega pusiera obstáculos al pago de la deuda por falta de liquidez, se dirigió a los demás clientes del café para costear su factura diciéndoles: “Si fuerais gitanos puros, hijos del rey Faraón, no me dejaríais aquí por 33 reales” a lo que uno de los aludidos contestó: “Gitano de ley soy, hijo de Faraón, pero no tengo más que dos pesetas”. 

Dadas las circunstancias, el camarero volvió a solicitar el pago de las 33 copas de ron a Ortega, obteniendo por única respuesta: “Apunta la deuda en la esfera del reloj de la Puerta del Sol”, por lo que comenzó a sacarlo del café y conducirlo a la Prefectura. Los demás clientes, conocidos de “Caobita”, salieron a la calle en su defensa donde tras una fenomenal pelea hubo varios disparos de arma de fuego, que hirieron a dos personas. 

En el juicio José Ortega “Caobita” dijo ser “inocente de cuanto se me acumula”; a pesar de lo ello fue condenado a tres meses y un día de arresto mayor.

Fuente: B.N.E.

Peleas, broncas y ruido siguieron exasperando los nervios de aquellos vecinos de la plaza de Matute durante varios años más. Así, en mayo del año 1887 el dueño del café Imparcial volvió a ser denunciado por tener a 30 personas cantando y bailando en el café a las 3 de la madrugada. Hasta la última década del siglo XIX, cuando el café Imparcial cerró sus puertas, los habitantes de aquella plazuela no pudieron descansar tranquilos.

Fuente: "Blanco y Negro" (1902)
Caricatura sobre un espectáculo del café Imparcial.

El teatro Lara de Madrid estrenó el sainete lírico “Los lunes del Imparcial” el día 3 de febrero de 1894. Escrita por Tomás Luceño Becerra y con música de Joaquín Valverde Durán, sitúa la acción en el café Imparcial y en su tablao, con los personajes habituales del local. Cantaores, jaleadoras, la vendedora de periódicos, el cochero, mozos y parroquianos del café aparecen en esta obra escrita en verso que se compone de un acto y diez escenas.





Fuentes:
Hemeroteca de la B.N.E.
Hemeroteca ABC.
“Pombo” Ramón Gómez de la Serna.
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
“El teatro breve de Tomás Luceño” Julio Vidanes Díez.