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martes, 29 de noviembre de 2011

CAFÉ DEL PASAJE Y PASAJE DE MURGA O DEL COMERCIO.

Es seguro que la segunda mitad del siglo XIX fue la época de los cafés. El negocio estaba tan de moda y era tan próspero que se abrieron muchos en Madrid, sobre todo en el centro, tanto en la Puerta del Sol como en sus aledaños o al otro lado de la calle de Jacometrezo, que entonces discurría desde la Red de San Luis hasta la plaza de Santo Domingo y fue la calle que sirvió de guía para la planificación del segundo tramo de la Gran Vía, que se la llevó por delante casi en su totalidad.


De los primeros años 50 del siglo XIX surge el Café del Pasaje de Murga, situado en el Pasaje de Murga o del Comercio de la calle de Montera, entonces número 45; pero, siempre por abreviar, era conocido como Café del Pasaje.


Fotografía: V. Valdés
Pasaje de Murga o del Comercio, en la actualidad.
 
Era un café popular y muy concurrido, alumbrado por lámparas de gas que no transmutaron a eléctricas hasta el 8 de noviembre de 1890, fecha en la que es reinaugurado tras hacer importantes reformas en su local.


Su dueño, el Sr. Montenegro, dio al negocio del café del Pasaje una nueva perspectiva estableciendo los menús de 3 pesetas, que cada día serían diferentes y anunciados en la prensa. Todas las noches un cuarteto musical amenizaba la velada, con el prestigioso violinista Sr. Amato.  


Fuente: B.N.E.
Anuncio en la prensa del menú.

Otras ofertas del café del Pasaje eran su “tente en pie” con vino por 50 céntimos, su auténtico café de Puerto Rico y el chocolate “a lo fransua” también por 50 céntimos, por la mañana y por la noche. En ese momento el Pasaje de Murga ya era el número 35 de la calle de la Montera (en la actualidad se encuentra en el número 33).

Con los primeros años del nuevo siglo XX el café del Pasaje tuvo que cerrar sus puertas dado que ya no estaba de moda. En agosto de 1901 una almoneda de la misma calle Montera anunciaba la venta de “los enseres y del piano Pleyel” del café, convirtiéndose su local en un almacén de mercería.

 
Pasaje de Murga o del Comercio.


Situado actualmente en la calle de la Montera, número 33 y con salida a la calle de Tres Cruces, número 4 fue construido para Mateo de Murga y Michelena (1804-1857) quien, procedente del País Vasco, hizo fortuna con los ferrocarriles cubanos y formó parte de la junta de la Compañía General Española de Comercio, compuesta por grandes  comerciantes al por mayor y al detall, sociedad para la que se abrió este pasaje, a cielo abierto, con el fin de instalar en él un gran Bazar.

Fotografía: M.R.Giménez (2011)
Acceso al Pasaje de Murga desde la calle de las Tres Cruces.

Mateo de Murga tuvo dos hijos uno de los cuales, José Antonio Benigno de Murga y Reolid (1831-1902) fue el primer marqués de Linares, entre otros títulos nobiliarios y uno de los más ricos hombres del país. En 1873 adquirió los terrenos para edificar el Palacio de Linares, en el paseo de Recoletos (hoy Casa de América), protagonizando una de las leyendas más sonadas del Madrid del siglo XIX que comenzó con la negativa de su padre a la boda con Raimunda Osorio, la hija de una estanquera de Lavapiés. 


El pasaje de Murga o del Comercio, nombre éste último que mantiene en la actualidad, se asienta en lo que anteriormente era un callejón de servidumbre que unía la calle de Montera con la de Tres Cruces, entre pequeñas y antiguas casas de vecindad.

Es en 1846 cuando se comenzó a edificar este Pasaje por el joven arquitecto de la Real Academia de San Fernando, Juan Esteban Puerta. La obra mereció todos los elogios de la prensa del momento por su innovación ya que era el tercer pasaje comercial, tras el de Matheu y el de Iris, que se abría en Madrid a la moda europea.  


El 9 de noviembre de 1847 se inauguró el gran Bazar situado en el Pasaje de Murga –entonces calle Montera, 47 y 49-, con un gran surtido de géneros de todas clases tanto en el piso bajo como en el principal. Los balcones que dan a la galería lucían “ricas y variadas alfombras, vistosos terciopelos, lujosas sedas, chales, cándidos tules, transparentes gasas y un buen muestrario de sólidos calcetines”. Pero fue criticado por no ser un verdadero pasaje, ya que su salida a la calle de Tres Cruces permanecía cerrada imposibilitando así el paso entre las dos calles, al contrario de lo que había sido anunciado con anterioridad. 


Fotografía: M.R.Giménez (2011)
Acceso al Pasaje de Murga desde la calle de la Montera.

El pomposo Bazar cayó en desgracia sólo un año después de su inauguración debido a la quiebra de la Compañía General Española de Comercio y la prensa anuncia, en mayo de 1848, el cierre de estos almacenes y el inventariado de sus efectos. Unos meses después, en marzo de 1849, la Compañía del Comercio quedó disuelta.


Fotografía: M.R.Giménez (2011)
Parte del Pasaje de Murga en la que comienza el patio abierto.

 Muchos fueron los negocios establecidos, a lo largo de los años, en este Pasaje que se deterioró al ser abandonado por la Compañía del Comercio. En 1849 el Estanco Nacional de Tabacos y un gabinete de lectura abren sus sedes. El relojero Benito Morian abre su fábrica en las tiendas números 7 y 8, en el año 1852; también lo hacen una tienda de velas, en 1868 y una solicitada zurcidora. Las librerías de viejo o de lance, proliferaron allí en los años en que la Generación del 98 en pleno (Valle Inclán, Azorín, Baroja) paseaba curioseando a la búsqueda de gangas y rarezas. 


En 1915 el masón y tipógrafo Emilio González Linera, tenía en el Pasaje del Comercio su imprenta. Hombre liberal, difusor del esperanto, cofundador del periódico “Homaro”, fundador de revistas como “Luz Española” (escrita en esperanto y castellano), entre otras publicaciones, editó la “Biblioteca Catón” (1916-1934) que era propiedad de la lógia madrileña Catoniana. 


Tras analizar las causas del fracaso escolar y la gran tasa de analfabetismo en España durante la primera década del siglo XX, esta lógia llegó a la conclusión de que parte del problema estaba suscitado por la inadaptación a las circunstancias de los viejos libros de texto que se utilizaban en las escuelas primarias. Nace así la Biblioteca Catón, que publicaría obras de temática diversa, de espíritu masónico y cuya distribución era gratuita para las aulas. Este trabajo pedagógico se acompañaba de folletos, edición de monografías de todo tipo y de conferencias. 


Dentro de la Biblioteca Catón hay que destacar la colección de los “Cuentos Linera”, escritos en castellano para los niños por Emilio González Linera, desde el año 1913. Cuadernillos de ocho páginas, fácil lectura y con vocabulario usual, incluían moralinas ensalzando la no violencia y la tolerancia, entre otros valores. (“Llorar es afligirse; pensar es resolver”, “Cuando hagas un favor, no se lo digas a nadie”). Eran didácticos y lúdicos, con personajes reales y escenarios muy cercanos a la vida cotidiana de los lectores. Sin héroes fantásticos, los protagonistas son personas reales que viven situaciones muy vinculadas a los niños en las que el bien y el mal siempre se oponen.


Tras la muerte de Emilio González Linera, en 1933, la Biblioteca Catón no tardó más que un año en dejar de existir.






Fuentes: 


Hemeroteca de la B.N.E.

 “La palabra de paso, identidades y transmisión cultural en la masonería de Madrid (1900 – 1936)”. Olivia Salmón-Monviola. (Vista previa).


martes, 22 de noviembre de 2011

CAFÉ DEL RECREO Y El CINE DE LA FLOR .

El café del Recreo estuvo situado en la calle de la Flor Baja, nº 1. El solar en el que se ubicaba hacía esquina con la calle de San Bernardo y fue absorbido por la construcción de la Gran Vía.

Nota.- La calle de la Flor Baja, antes de la construcción de la Gran Vía, nacía en la de San Bernardo y terminaba en la de Leganitos.

Anteriormente, desde el año 1643, en ese mismo terreno estuvo el convento de los Dominicos de Nuestra Señora del Rosario. Más tarde se levantó el edificio que albergaría al café del Recreo y en 1901, una vez cerrado el café y demolido el inmueble,  parte de este mismo solar fue ocupado por la iglesia de la Compañía de Jesús, incendiada en el mes de mayo de 1931.

Los primeros datos sobre el café del Recreo de la calle de la Flor parten de 1867; antes existieron otros cafés con el mismo nombre, siendo muy famoso el situado en la calle de Alcalá número 9, ya abierto en 1843.

Era el del Recreo un café en el que se hacían pequeñas representaciones teatrales y musicales; las consumiciones daban opción a recibir un billete para asistir a su teatro. Así, como tantos otros del Madrid del último cuarto del siglo XIX, se convirtió en teatro-café tras llevar a cabo importantes reformas en el local.

La compañía formada por Pepe Vallés, Antonio Riquelme, Juan José Luján y Juanita González fueron los primeros en implantar en el Teatro-café del Recreo el teatro “por horas”, lo que permitía hacer cuatro representaciones distintas de una hora cada una, al precio de 1 real. Los chistes atrevidos de estos cómicos constituían una protesta contra la mojigatería de las representaciones en las obras en otros teatros, lo que molestaba a muchos, pero hacía llenar el Recreo diariamente.  Entre otras obras se escenificaron “La pata de cabra” de Juan Grimaldi y “De fusiladores y morcilleros”, encuadradas dentro del género literario  llamado comedias de mágia.

Fuente: Memoriademadrid.es
La ubicación del café del Recreo corresponde con la zona pintada en amarillo.
                                     
El cine de la Flor.

“Me parece estar viendo aquel barracón destartalado, pero que entonces a mí me parecía como una fábrica de cuentos”. Así comienza la descripción del Cine de la Flor Rosario González Truchado, quien de niña llevaba la cena a su padre, taquillero del local, y aprovechaba para ver las películas en cine mudo del programa: "El Zorro", "El Pirata Negro”, "El Fantasma de la Opera" y tantas otras.

Propiedad de Estanislao Bravo el Cine de la calle de la Flor, como se anunciaba entre 1912 y 1917 o el Cine de la Flor, entre 1917 y 1927, estaba situado en el número 24 de la calle de la Flor Baja y ocupaba la parcela que hoy corresponde, aproximadamente, al número 4 de esta calle. Antes de la construcción de la Gran Vía, el terreno del edificio se extendía hasta la calle de San Cipriano, número 1 (calle desaparecida en su totalidad debido a la urbanización de la nueva vía). Fue inaugurado en el año 1910 y desapareció en 1926.    

Fuente: Memoriademadrid.es
Pintado en azul aparece el edificio del "Cine de la Flor" que debería derruirse en 1927.
Plano de demoliciones para la construcción del tercer tramo de la Gran Vía.


La entrada del Cine era de un ancho corriente (2 metros, más o menos) con dos puertas de madera gruesa, como los portales de entonces. A la derecha había una ventana como de 1 metro, que era la taquilla para dos empleados, con un ventilador grandecito para el verano, por supuesto, con muchas cintitas de colores que me llamaban la atención. En el invierno no había ni estufa, ni brasero, ni nada. Los taquilleros estaban con los abrigos puestos, las boinas, las bufandas y guantes viejos con las puntas de los dedos cortadas, a modo de mitones, para cobrar la entrada de 10 céntimos.

Para subir al vestíbulo había seis u ocho escalones de cemento reforzado con borde de hierro, como en el metro, y una barandilla de tubo, igualmente de hierro. Dicho vestíbulo tenía el suelo hecho de tablones de madera y a lo largo de las paredes, bancos corridos.

A mano derecha tres escalones que conducían a lo que llamaban platea y que consistía en 6 u 8 filas de butacas de madera, con sus brazos; el suelo también estaba entarimado y la puerta con una cortina gruesa que preservaba de la luz. Esta localidad era preferente y asistían a ella novios, familias... o sea público más formal, y costaba veinticinco céntimos.

Detrás estaba la cabina de proyección y en un lado había una especie de palco donde algunas veces un señor, al que llamaban “el hablador”,  leía los pocos letreros que entonces había en las películas. En ocasiones se entusiasmaba y explicaba por su cuenta detalles para dar más emoción a la película.

El patio de butacas estaba al final del vestíbulo y tenía dos puertas y aquí había que bajar dos escalones. La pantalla era grande y estaba alta para que no estorbase un espectador más alto a otro más bajo. El suelo era de cemento, ¡y las trifulcas que se armaban!, siempre peleas a porrillo, por cualquier causa: empujones en los bancos, manos largas de algunos que iban a donde no debían, bolsillos vaciados e insultos al operador de la proyección si se cortaba ésta, lo que sucedía a menudo, debido al material que llegaba ya muy gastado”.

Fuente: Nicolas1056
El cine de la Flor en el año 1915.
                                          
“Había chicos vendiendo patatas, bocadillos, bollos, caramelos, etc. que venían del bar que ocupaba la parte izquierda del vestíbulo. En éste cenaban los empleados que comenzaban su trabajo a las 4h. de la tarde y terminaban a la 1h. de la madrugada”.

Estos recuerdos escritos por Rosario González Truchado se sitúan entre los años 1924 y 1926, época en la que aún no se habían producido los derribos de esta zona, que luego sería el tercer tramo de la Gran Vía de Madrid.

Junto al negocio del cine y en la misma manzana había un lavadero utilizado por el vecindario que, abonando pocos céntimos, podía tender la ropa al sol en un espacio habilitado con postes de madera y cuerdas. Anexo a éste existía un aparcamiento de coches de punto o “simones”          .

El café del Recreo y el cine de La Flor no llegaron a coexistir.

Fotografía: M.R.Giménez (2011)
Aspecto actual de la calle de la Flor baja, que hoy comienza en la calle de Isabel la Católica y acaba en la de Leganitos.

                                        


Fuentes.-
“El cine, la Gran Vía y yo” Autor: Rosario González Truchado.
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC
 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL CAFÉ DE LA LUNA Y EL TEATRILLO DE BUENAVISTA.

La plaza de Soledad Torres Acosta o plaza de la Luna como se conoce habitualmente, no existió hasta 1969 año en que se derribó el palacio de Monistrol o de Sástago, que de ambas maneras fue conocido según el apellido de los sucesivos propietarios que vivieron en el mismo. Junto con el palacio desaparecieron también las viejas casonas que formaban el callejón de Tudescos, una de las cuales había sido utilizada como hospedaje por el incruento bandolero madrileño Luis Candelas Cajigal (1804-1837).


Fuente: Urbanity.es (Principio de los años 70 del siglo XX).
La fotografía está tomada desde la c/ de Silva y muestra la entrada al aparcamiento que se construyó tras el derribo del Palacio de Monistrol.
                                          
   
El palacio de Monistrol fue construido en el siglo XVII con fachada principal en la calle de la Luna, estando sus laterales en la calle de Tudescos y en la de Silva. En el siglo XVIII fue remodelado para albergar el primer Banco Nacional de San Carlos (antecedente del Banco de España) y en el XIX se abrieron locales a puerta de calle para alquilar, instalándose entre otros negocios el Café de la Luna y el Teatrillo de Buenavista.



El café de la Luna tenía su entrada por el número 11 de la calle que le daba nombre y hacía esquina con la de Tudescos. Ya en el año 1848 hay noticia de su existencia, describiéndolo como un lugar espacioso y agradable que contaba con buenas mesas de billar y una exquisita leche merengada, famosa en todo Madrid.


Fotografía: M.R.Giménez (2011)
Aspecto actual de la plaza. Se ve la cúpula de la iglesia de San Martín y el edificio de los cines Luna, que hace esquina con la Corredera Baja. En el mismo lugar donde hoy está el quiosco y sus sombrillas estuvo el café de la Luna.
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El 17 de octubre de 1864, tras una profunda remodelación, los periódicos anuncian que vuelve a abrirse el café de la Luna; se han tirado los viejos muros que dividían sus dependencias, siendo sustituidos por columnas de hierro colado, tan de moda en todos los cafés de la época, lo que sin duda contribuiría a dar mayor luminosidad al local.



Joaquín Hevia fue creador y dueño del café de la Luna. Era un personaje muy conocido entre los parroquianos de todos los cafés del centro de Madrid, así como entre las muchachas que ejercían la prostitución en la zona, a las que trataba con bastante afecto.   Pero en mayo del año 1890 se convirtió en la víctima del famoso “Crimen de la calle de la Justa” acaecido en el número 30 de la que hoy se llama de los Libreros y antes de la construcción de la Gran Vía fue conocida como calle de Ceres.



Tras el cierre del café un último negocio se ubicó en el local de la esquina de la calle de la Luna con la de Tudescos, antes del ser derribado el palacio de Monistrol: Almacenes Eleuterio. Su publicidad lo subtitulaba “De la Ceca a la Meca” porque tenía otra sucursal en la calle de Fuencarral, número 18, a la que llamaban la Meca. Era propiedad de Eleuterio Martínez y fue inaugurado el 11 de enero de 1909. Los anuncios de la prensa del momento utilizaban como referencia de ubicación, para los clientes de los nuevos Almacenes Eleuterio “Luna, 11, en lo que fue el café de la Luna”. Confeccionaban prendas de vestir, trajes de comunión, vendían tejidos, pasamanería y todo lo necesario para tapizar.


Fuente: Urbanity.es (años 60 del siglo XX)
Fachada del Palacio de Monistrol y su torreón; calle de la Luna esquina con calle de Tudescos. Se aprecia el rótulo de CECA, en la esquina superior izquierda, de los Almacenes Eleuterio.



En la esquina opuesta del palacio de Monistrol, con entrada por la calle de Silva, número 46 se encontraba El teatrillo de BuenavistaBuena-Vista, que de ambas formas solía anunciarse. Fue inaugurado el 14 de noviembre de 1830 por Mr. Pierre de París. Este empresario primero lo había instalado en un local del número 40 de la vecina calle de Jesús del Valle, que pronto quedó pequeño para la gran afluencia de público que congregaba el espectáculo y por ese motivo trasladó su teatrillo a la de Silva, al ser este un local con mayores dimensiones.



En un primer momento era un teatro mecánico que tan sólo abría durante las fiestas navideñas exponiendo un nacimiento con piezas articuladas, no siempre fieles a la historia; de esta manera se veía santiguarse a los pastorcillos que iban camino del Portal o como navegaban fragatas por el río mientras disparaban sus cañones contra el castillo del rey Herodes quien, a su vez, contestaba haciendo fuego con los suyos. Más adelante el espectáculo fue variando los números y, en un anuncio en prensa del 28 de noviembre de 1830 se puede leer que la función consistiría en “bailes de figuras mecánicas y una exposición de tres cuadros en los que se vería la aurora en las cercanías de Ginebra y en la que un cazador mata a un venado, una vista de París y otra de la ciudad y el puerto de Barcelona”. 



En 1832 el pequeño teatro se convierte en otro de grandes dimensiones. Es inaugurado un nuevo teatro Buenavista con capacidad para 296 asientos y un escenario de 21 pies de fondo por 20 de ancho, dedicado a representar obras de teatro y operas italianas. También era alquilado por grupos de actores aficionados, para sus representaciones.

           

Tal vez la proliferación de teatros nuevos en Madrid, elegantes y espaciosos, situados en calles más transitadas en donde ver y dejarse ver, supusieron la caída del Buenavista que cerró sus puertas en la década de los años 70 del siglo XIX. En mayo de 1876 se anuncia la venta de “todo el escenario completo con telones, bastidores, decoraciones, butacas, sillones, sillas y demás mobiliario correspondiente al antiguo teatro de Buenavista, calle de Silva, 46. Portería darán razón”



Fuentes:

Hemeroteca de la B.N.E.
Urbanity.es


martes, 8 de noviembre de 2011

LOS CAFÉS DE LA CALLE DE HORTALEZA Y LA FUENTE DE LOS GALÁPAGOS.

La calle de Hortaleza tuvo su origen en el camino que unía Madrid con el pueblo de Hortaleza, que “en lo antiguo extendía hasta esta calle sus montes y labores”, como recuerda A. Fernández de los Ríos. Este camino ya estaba bien definido y urbanizado en el siglo XVII, y en el XIX se había convertido en una de las calles más transitadas e importantes de Madrid. La proliferación de comercios dio origen también, cómo no, a la apertura de célebres cafés, entre los que destacaron los siguientes:

Café de la Marina. Estuvo situado en la calle de Hortaleza, nº 4 haciendo esquina con la calle de la Reina. Estuvo abierto desde mitad del siglo XIX y hasta casi finalizar el mismo.

Café de Bilbao. Calle de Hortaleza, nº 17; también tenía entrada por la calle de las Infantas, nº 1. Ya abierto en 1843. Fernández de los Ríos lo cita en 1874 y no cerró hasta finales del siglo XIX. Parece haber sido el café más famoso y antiguo de la calle.

Café de Galicia. En el nº 26 de la calle de Hortaleza esquina con la calle de las Infantas, nº 8. Era el café elegido por los afiliados al “Centro Gallego Obrero” para sus reuniones, en los primeros años del siglo XX.

Café del Vapor. Calle de Hortaleza esquina a calle de las Infantas.

Café Colón. Calle de Hortaleza esquina con la calle de Santa María del Arco (hoy calle de Augusto Figueroa). Tenía una sala, al fondo del local, en donde se representaban melodramas muy al gusto de la parroquia. Los cómicos solían hablar y beber con el público asistente durante los descansos. Abierto hasta la primera década del siglo XX.

Café Moderno. Calle de Hortaleza, nº 61. Fue lugar de reunión de los republicanos del barrio del Hospicio que festejaban con banquetes la conmemoración de la Primera República, aún entrado el siglo XX.

Café de Santa Bárbara. Calle de Hortaleza, nº 61 esquina a la calle de Barquillo (hoy calle de Fernando VI) – Hasta el último cuarto del siglo XIX la calle de Barquillo se extendía desde la de Alcalá a la de Hortaleza, llamándose así lo que hoy es la calle de Fernando VI.
El 13 de noviembre de 1886 se anuncia la inauguración del Café de Santa Bárbara en su nuevo edificio; su dueño lo había vuelto a abrir, con el mismo nombre, en la moderna casa construida sobre el solar donde antes estuvo otro café con el mismo nombre.

Nota.- La numeración de la calle, obtenida mediante información de periódicos antiguos, no corresponde con la actual. En el siglo XIX se derriban y construyen multitud de edificios en la calle Hortaleza, modificando continuamente los números de los portales. Los datos aquí aportados son sólo fieles a la prensa de aquellos momentos.
Nota 2.- Otros cafés se llamaron también De la Marina, Colón, Del Vapor durante los siglos XIX y XX, pero tenían otras ubicaciones.

A pesar de los múltiples cambios que esta calle ha experimentado, hay algo que perdura desde hace más de dos siglos; todavía queda en el recuerdo vecinal de la zona de la calle de Hortaleza el nombre de Fuente de los Galápagos, para hablar de la situada junto a la fachada de las Escuelas Pías de San Antón.

Estamos en la esquina de la calle de Hortaleza con la de Santa Brígida, en cuyo solar se edificó en 1792 el edificio que hoy conocemos y que fue Colegio de los escolapios de San Antón (antes allí se levantó el hospital de leprosos de los clérigos de San Antonio Abad).

Ya en el plano de Teixeira de 1656, aparece en esta misma ubicación la Fuente de las Recoxidas, que sin duda servía para dar servicio al vecindario y al convento del Recogimiento de las Arrepentidas o Recogidas, fundado en 1618, situado enfrente y de quien toma su primer nombre esta fuente. Su agua procede del Viaje de la Fuente de la Castellana (s. XVII).

En 1761 el plano de Chalmandrier sitúa la fuente, con el mismo nombre, en mitad de la calle Hortaleza; no siendo hasta 1772 el momento en que se le encarga al arquitecto Ventura Rodríguez la construcción de una nueva fuente, adosada ya al convento de San Antón y que seguirá siendo de uso público.

Fotografía de A. Begué
Fuente de los Galápagos de Ventura Rodríguez (1864)


La fuente de Ventura Rodríguez tenía cuatro caños que echaban agua a un pilón semicircular. Estaba adornada por una urna, sobre la que había un jarrón rodeado por conchas y dos grandes galápagos rampantes, de los que tomó el nombre de Fuente de los Galápagos. Sobre el conjunto quedó inscrita la fecha de su construcción “ANNO DNI MDCCLXXII”, que aún puede verse hoy.

El incremento del transporte de carruajes por la calle de Hortaleza y sus dificultades para el giro en la esquina con la calle de Santa Brígida, debido a la gran base que contenía su alto pilón, parece haber sido el motivo fundamental para llevar a sustituir esta fuente por otra más pequeña. Así en agosto de 1864 comienza a desmantelarse la de los Galápagos para reemplazarla por la actual.



Fotografía: M.R.Giménez (2008)
Fuente que fue de los Galápagos y hoy de los Delfines.
                                                                  

Esculpida en piedra caliza blanca de Colmenar, su nuevo diseño tiene dos delfines que entrelazan sus colas y se encuentran dentro de una gran concha que se apoya sobre pared de ladrillo. Consta de sólo dos caños y es ostensiblemente más pequeña que la anterior. Su denomimación oficial será, a partir de ese momento, Fuente de los Delfines. Pero quizá en agradecimiento a Ventura Rodríguez o tal vez pensando en abaratar los costes, se decidió dejar la antigua sillería de granito sobre la que estuvo la anterior fuente y la inscripción del año en que aquella se construyó por el gran arquitecto.


 Fuentes:

 "Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero" A. Fernández de los Ríos.
  Hemeroteca B.N.E.

jueves, 3 de noviembre de 2011

EL CAFÉ DE SAN MARCIAL Y EL SALÓN MONTANO.

En los terrenos que hoy ocupa la plaza de España, con su fotografiado monumento a Cervantes de Coullaut-Valera (padre e hijo), y que tardó casi cuarenta años en ser finalizado, estuvo la plaza de San Marcial y el café de su mismo nombre.


Es en el siglo XVIII cuando comienza a urbanizarse esta zona de Madrid con la construcción del convento de San Gil, destinado a los monjes franciscanos apodados “Gilitos”, y que con posterioridad José Bonaparte convertiría, ya en el siglo XX, en el cuartel de San Gil que albergara entre otros al Regimiento de San Marcial de la Guardia Real, que dará nombre a la plaza. Fue en el cuartel de San Gil donde el 22 de junio de 1866 se produjo “La sargentada”, rebelión progresista que propició más tarde el inicio de la Revolución de 1868 contra la reina Isabel II.


Fuente: Urbanity
Cuartel de San Gil desde la esquina de la calle de Bailén. Fue derribado en el año 1908.
           
Maestranza: Conjunto de los talleres y oficinas donde se construyen y recomponen los montajes para las piezas de artillería, así como los carros y útiles necesarios para su servicio.

En el número 2 de esta plaza estuvo situado el café de San Marcial desde 1870. Frecuentado por militares y famoso por sus conciertos de Rossini, por sus sabrosos platos y por las muchas representaciones teatrales que se interpretaban en un pequeño escenario situado a la izquierda del local. Es este café de San Marcial el que aparece en el dúo “Mazurka de los paraguas” de la zarzuela “El año pasado por agua”(1889) de Chueca, Valverde y Ricardo de la Vega. 
 
¿No sería muchísimo mejor/ cerrar un paragüitas de los dos/ y así, juntitos,/ y agarraditos,
marcharnos al café de San Marcial?
Mandar que nos preparen enseguí/ un solomillo y unos langostí/ unas chuletas,/y unas croquetas ...
¿Qué tal?

A pesar de su melodiosa fama o tal vez por ello, este café no estuvo exento de otros sucesos luctuosos como el que tuvo lugar en noviembre de 1890 cuando un joven llamado Eduardo, penetró en el local y pidió una copa de coñac “que apuró de un trago”. Al momento los parroquianos escucharon una detonación y “un ¡ay! agudísimo” comprobando que aquel se había disparado un tiro en el muslo izquierdo habiendo querido hacerlo en el vientre, para matarse. Se le encontró en el bolsillo una carta dirigida a su amada Petra, domiciliada en la travesía de las Beatas, a quien él consideraba que no podía hacer feliz.

En 1890 el café de San Marcial cierra sus puertas y el local es alquilado, un año más tarde, por la “Coalición Republicana” del distrito de Palacio probablemente para preparar las elecciones de ese mismo año y que serían las primeras con sufragio universal masculino desde 1876.

Los últimos años de vida del café de San Marcial coincidieron con el cercano, pequeño y elegante Salón Montano, ubicado en la primera planta del nº 3 de la calle de San Bernardino, esquina a la calle de los Dos Amigos, edificio construido por el arquitecto Ricardo Montano Menéndez, en 1884.

Fotografía: M.R.Giménez (2007)
                                          
Tal vez todos los que habitamos en Madrid hayamos pasado innumerables veces por delante de esta casa, sin haber reparado en el remate de su fachada. Bajo el nombre de MONTANO, el relieve de un busto con bigote a la moda del siglo XIX y ostensible pajarita, no llamará la atención por su mirada perdida en lontananza, ni por su ubicación (por encima de la quinta altura de la casa) ya que la escasa amplitud de esta calle no deja mucho espacio para perder la vista en la búsqueda de curiosidades. Pero ahí está.
  

El salón, propiedad de la contigua fábrica de pianos “Hijos de Montano”, contaba con grandes ventanales abiertos a las dos calles y se utilizaba para conciertos, que a la vez de probar los pianos daban propaganda a la firma. Fue decorado con frescos y lienzos del considerado como el ceramista de la Generación del 98, Daniel Zuloaga (1852-1921) y de su hermano Germán Zuloaga (1855-1886), tíos del famoso pintor Ignacio Zuloaga.
                                    
Fue muy famoso y alabado por la prensa el concierto ofrecido en este salón por Pepito Rodríguez Arriola (1895-1954), que con sólo tres años de edad, el 4 de diciembre de 1899 dejó boquiabierto a un auditorio compuesto por 300 personas, al interpretar un magnífico recital que le abrió las puertas del Palacio Real y del Ateneo de Madrid. Este prodigioso niño era primo de la no menos asombrosa Hildegart Rodríguez Carballeira (1914-1933) cuya vida se relata en la película “Mi hija Hildegart” de Fernando F. Gómez-1977.

El Salón Montano, como sala de conciertos, cerró sus puertas en los primeros años de la década de los 20 del siglo pasado siendo utilizado posteriormente como exposición de pianos en venta. Desde la década de los años 70 se ha convertido en una tienda de decoración, que conserva perfectamente tanto los lienzos de los hermanos Zuloaga como la entrada y taquilla del salón de los hijos de Montano.

El creador del negocio de los pianos fue Alfonso Vicente Montano, que se estableció en Madrid el año 1838 con una empresa dedicada a la construcción de pianos y armoniums, que pronto se hizo famosa. En la prensa de la época se reflejan gran cantidad de críticas magníficas sobre “las excelencias del piano de cola y palo de rosa, embutido en ébano y con dibujo de metal en los bordes, bien construido, sólido y de tono voluminoso, sonoro y melodioso” que fabricaba el señor Montano.

El “Semanario Pintoresco Español” del junio de 1845, muestra un artículo donde se habla de la presentación de los pianos más destacados en el año en curso. Entre otros fabricantes como Juan Schneider, José Larrú y el Sr. Lacabra, aparece D. Vicente Montano con un piano “muy lindo, con el teclado excesivamente fuerte, que tiene unos soberbios bajos y unos triples que nunca se ahogan con ellos. Pero los 13.000 reales que cuesta el instrumento es un muy excesivo precio”.

Incluso una comisión nombrada por la Sociedad Económica Matritense en 1865 para visitar las industrias de la corte, da comienzo a su tarea por esta fábrica de pianos recorriendo sus talleres y quedando muy satisfecha por el grado de adelanto a que el señor Montano ha logrado llevar su fabricación.

El 23 de diciembre de 1876 fallece Alfonso Vicente Montano, habiendo legado a sus hijos el negocio de los pianos y el capital para seguir adelante con esta industria. “Hijos de Montano” se constituye entonces, haciendo aún más próspero el negocio familiar.



Fuentes:

Hemeroteca B.N.E.
Urbanity