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lunes, 4 de septiembre de 2017

MERCADO DE LA PLAZA DE LA CEBADA Y CAFÉ DE LOS NARANJEROS.

La plaza o plazuela de la Cebada era ya, a mediados del siglo XVI, un centro de venta de cereales, tocino y legumbres. La proliferación de los puestos y tenderetes allí ubicados haría necesaria una regulación de este espacio, para lo que fue encargado un primer proyecto de mercado abierto al maestro de obras José de Villarreal, en el año 1649. 

Fuente: memoriademadrid.es
Proyecto de mercado abierto para la plaza de la Cebada (1649).

El auge de las ventas en la plaza de la Cebada era cada vez mayor. A ella concurrían vendedores y compradores de productos alimentarios e incluso, durante el siglo XVIII, era el lugar donde se instalaban las ferias de Madrid. Así mismo, al comenzar el siglo XIX adquirió este paraje el lúgubre prestigio de ser designado para las ejecuciones capitales.

Fotografía: M.R.Giménez (2007).
Placa conmemorativa del ajusticiamiento en la horca del militar y político liberal Rafael del Riego, con un pequeño ramo de flores que allí se mantuvo durante varios años.

Casi dos siglos después del primer proyecto de mercado para la Cebada, se hizo muy necesaria su modernización. Tras la presentación de varios diseños, sería elegido el propuesto por el arquitecto Mariano Calvo Pereira: un edificio cubierto, de planta irregular, con seis puertas de acceso y una superficie de 6.323 m2. 

El nuevo mercado tenía dos plantas: un sótano destinado a almacenaje y, sobre él, la zona destinada a los puestos de venta. Con estructura de hierro forjado, fabricada en Londres por la casa G. B. Granley y compañía, tenía 166 columnas interiores con una altura de 4’53 m. Todo el edificio estaba iluminado por lámparas de gas, cuando la luz del sol no entraba por sus enormes cristaleras. 

Fuentes: memoriademadrid.es (1867) y mcu.es -fotografía de Jean Laurent (1875).
Proyecto del mercado de hierro. Su interior el día de la inauguración.  

Aquel mercado de la Cebada fue inaugurado a las cuatro de la tarde, del viernes 11 de junio de 1875. Treinta años después su espacio sería ampliado con cuatro pabellones cubiertos para la venta de frutas y verduras, por lo que fue necesario reestructurar la plaza y derribar edificios como la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, de la calle del Humilladero. En el año 1925 se añadieron otros tres pabellones, a los ya existentes; todos ellos serían derruidos ocho años después.

Fuentes: fuenterrebollo.com (década de los años 20 del siglo pasado) y hemerotecadigital.bne.es (1925).
En ambas fotografías se aprecian los nuevos pabellones anejos al edificio del mercado de hierro.

El viejo mercado de hierro de la Cebada fue finalmente derribado en el año 1956 y sustituido por el edificio actual, del arquitecto Antonio García de Arangoa e inaugurado el jueves 26 de abril de 1962, que parece también tener sus días contados.

Fotografías: M.R.Giménez (2007).
Exterior e interior del actual mercado de la Cebada.

En el mes de octubre de 1854 el Ayuntamiento de Madrid resolvió cambiar el nombre a la plaza de la Cebada. Desde el día 7 de noviembre de ese mismo año –treinta y un años después del ajusticiamiento del militar y político liberal Rafael del Riego Flórez- pasó a denominarse plaza de Riego, designación que se mantuvo de manera oficial hasta mediados de la década de los años setenta del siglo XIX, momento en que recuperó el nombre de plaza de la Cebada, como todos la seguían llamando. 

Parece que el ramo de los naranjeros del mercado de la Cebada, allá por la mitad del siglo XIX, tenía una gran influencia. La ubicación de sus cajones, a la altura del número 6 de la plazuela, servía como referencia para localizar otros negocios o lugares cercanos; incluso contaban con una numerosa representación en la toma de decisiones municipales relativas al mercado. Ningún productor podía vender naranjas por su cuenta, sin el consentimiento de dicho gremio.

En el número 5 de la plaza de la Cebada aparece ya en el año 1875 el Café de la Latina, que pasaría a ser más conocido como Café de los Naranjeros o Café de Naranjeros a lo largo de su existencia.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1915).
La plaza de la Cebada, con el viejo mercado de hierro. A la derecha, señalado con una pequeña flecha, el lugar donde se ubicaba el Café de los Naranjeros.

El de los Naranjeros era un café de cante y baile flamenco en el que comenzaron sus carreras artísticas figuras tan relevantes como: Ramón Montoya y Rafael Marín (guitarristas), Enrique de Lara y Francisco Mendoza Ríos “Faíco” (bailaores), además de Pastora María Pavón “La Niña de los Peines”, entre otros muchos. 

Por aquellos años del último cuarto del siglo XIX el flamenco estaba de moda en Madrid. Su público se componía de todas las clases sociales, congregándose en los cafés de cante instalados en los barrios populares. Estos establecimientos también atraían a la gente del bronce (delincuentes y pendencieros), por lo que era más frecuente encontrar en la prensa noticias sobre las disputas, camorras e incluso intentos de asesinato acontecidos en ellos, que reseñas sobre sus espectáculos.

Multitud de autores mencionaron al Café de los Naranjeros en la trama de sus obras. Benito Pérez Galdós lo cita en las novelas “Fortunata y Jacinta (Dos historias de casadas)” y en “Misericordia”. Pío Baroja Nessi lo menciona también en “La Busca” y en “Mala Hierba” de su trilogía “La lucha por la vida”. 

La zarzuela “La Chulapona” (1934) de Federico Moreno Torroba, con libreto de Federico Romero Zarachaga y Guillermo Fernández-Shaw sitúa dos cuadros de su acto segundo en el Café de los Naranjeros, que llegaría a ser reconocido como uno de los más antiguos templos madrileños del cante jondo, en el año 1905.

El domingo 18 de octubre de 1896 Antonio Zazo Maroto, dueño por entonces de este café, decidió dar un nuevo lustre a su negocio convirtiéndolo en un café de camareras al que llamó Café de la Patria. En él continuaban los conciertos andaluces de cante y baile, reflejando ya en sus programas los nombres de los artistas que allí actuaban.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1897)

A pesar de su cambio de marca, una vez más este café continuó siendo conocido con el nombre de Naranjeros y así pasó a la historia, tras su cierre allá por el año 1910.





Fuentes:

Bdh-rd.bne.es
Cervantesvirtual.com
Elartedevivirelflamenco.com
Es.wikipedia.org
“Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero” Ángel Fernández de los Ríos.
Hemerotecadigital.bne.es
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
Memoriademadrid.es
Prensahistorica.mcu.es

viernes, 11 de agosto de 2017

BOTILLERÍA DE CANOSA.

En la Carrera de San Jerónimo, esquina con la calle de Santa Catalina, estuvo uno de los establecimientos más conocidos y renombrados de aquel Madrid del siglo XVIII. También sería uno de los más añorados, durante muchas décadas, tras su cierre en los años cuarenta del siglo XIX.

Fuente: bibliotecadigital.rah.es
Plano de Madrid (1757) Tomás López.
Señalado con un pequeño círculo, el lugar donde ya estaba la Botillería de Canosa.

La Botillería de Canosa ya servía y fabricaba refrescos como la aloja (agua, miel y especias) o el agraz (zumo de uva) cuando el rey Carlos III tomó posesión del trono, en el año 1759. 

Por aquella época faltaba casi un siglo para que en Madrid se pusieran de moda los cafés, como lugares de ocio donde tomar consumiciones y establecer prolongadas reuniones o tertulias. Los escasos grupos que por entonces deseaban reunirse (por lo general para discutir sobre literatura o política), lo hacían en fondas o en casas particulares. Así, las botillerías sólo eran comercios que despachaban refrescos y licores para llevar o consumir en el acto, de pie o tomando asiento sobre alguno de los pocos bancos de madera dispuestos en su interior.

Fotografía: M.R.Giménez (2017).
Carrera de San Jerónimo, esquina con c/ de Santa Catalina.
Aquí estuvo la casa donde se ubicó la Botillería de Canosa. El edificio actual fue construido en 1846. 

La de Canosa era la botillería más famosa de Madrid y una de las más antiguas; contando como célebre parroquiano a Francisco de Goya y Lucientes, vecino de la Carrera de San Jerónimo, allá por el año 1777. 

El primitivo dueño de esta tienda (tal vez el primer Canosa), habría vendido todos los enseres de su negocio a otro que, conservando su nombre y emplazamiento, volvería a abrir el establecimiento el día 21 de abril de 1833.

Parece que en su nueva etapa la popular Botillería de Canosa fue muy bien recibida, por lo esmerado de sus géneros. A su leche amerengada, el limón frío con canela, los bizcochos y los barquillos servidos en bandeja de mimbre o sus licores de todas clases se unieron los refrescos de naranja y de limón, además del ardiente chocolate durante los meses más fríos.

Fuente: B.N.E. (1915)
Receta de la leche amerengada.

Aquel local de la Carrera de San Jerónimo era tan famoso como reducido y sombrío. Estaba instalado en un semisótano, sin apenas luz natural, al que se accedía descendiendo cuatro o cinco escalones desde la acera de la calle.

Dividido en dos pequeñas salas abovedadas, con suelos de grandes baldosas rojas, se iluminaba por medio de un gran candil de cobre con veinte pábilos (mechas), instalado en la zona principal. En las paredes, recubiertas por esteras hasta su mitad, se habían colocado otros pequeños candilones que emitían una humareda pestilente e irrespirable, además de tiznar paredes y techos. Algunos bancos de pino y toscas mesas, sobre las que se colocaban velones de cuatro mechas, completaban la rústica decoración de esta botillería.

La Botillería de Canosa despachaba al público desde las tres de la tarde hasta las nueve de la noche. En su interior se congregaban parroquianos de todo tipo: hombres, mujeres, familias, trabajadores de todos los oficios y gentes acomodadas. A su puerta se agolpaban multitud de carruajes de las damas aristocráticas de Madrid para que sus lacayos les sirvieran, en su interior, los productos de la casa, al volver de su confortable paseo por la Carrera de San Jerónimo.

Fuente fotografía de la izquierda (Hauser y Menet): pinterest. com (1891).
Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2017)
Carrera de San Jerónimo, antes y ahora.

Mediada la década de los años cuarenta del siglo XIX, los establecimientos madrileños dedicados al despacho y consumo de bebidas cambiaron su configuración de forma radical. Comenzaba a implantarse el café como local cómodo, limpio y bien servido, donde poder tomar las consumiciones y entablar prolongada conversación. 

Mesas cojitrancas y bancos corridos dieron paso a veladores y divanes tapizados; las paredes renegridas serían pintadas en brillantes colores y adornadas con espejos; los mozos desaliñados, que servían las bebidas en toscos recipientes, pasarían a estar uniformados y a utilizar servicios de porcelana y cucharillas de plata para las consumiciones. En definitiva, el tiempo de las cochambrosas botillerías había pasado a la historia.

A principios del año 1844 la Botillería de Canosa –que en sus últimos años se anunciaba como café- dejó de existir. Su local, que por entonces tenía asignado el número 46 de la Carrera de San Jerónimo, fue utilizado para la exposición de un espectáculo llamado Neorama (pintura realizada en un cilindro hueco y bien alumbrado. El espectador se situaba en su interior y tenía la sensación de estar rodeado por el paisaje allí representado). 

En el mes de julio de 1845 comenzó el derribo de la casa donde se ubicó la botillería y después el Neorama, con el fin de reordenar el terreno de la calle de Santa Catalina y la esquina de la Carrera de San Jerónimo. Sobre su solar, una vez reestructurado, se edificó al año siguiente la Casa de d. Francisco Rivas que hoy podemos contemplar.



Fuentes:

“Ayer, hoy y mañana” Antonio Flores.
Bibliotecadigital.rah.es
COAM.org
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la B.N.E.
“Historia y Anécdotas de las Fondas Madriñelas” Peter Besas.
“Memorias de un sesentón, natural y vecino de Madrid” Ramón de Mesonero Romanos.
Pinterest.es
Prensahistorica.mcu.es

martes, 18 de julio de 2017

LA CASA DEL PECADO MORTAL.

Escribía el periodista Antonio López Baeza, en el año 1926, que cuando estuviese construido el tercer trozo de la Gran Vía y edificadas las nuevas fincas, no serían recordadas las casas que allí estuvieron, célebres en Madrid, ni los hechos que les dieron celebridad. Tal sería el caso de la conocida como Casa del Pecado Mortal situada en la desaparecida y pequeña calle del Rosal, número 3. 

Fuente: memoriademadrid.es (década de los años 20 del siglo pasado).
Fachada de la Casa del Pecado Mortal, siempre cerrada.

La breve calle del Rosal contaba sólo con cuatro edificios en el lado de los números impares y uno en el de los pares. Desaparecida por completo al construir la última parte de la Gran Vía (denominada entonces calle de Eduardo Dato), el terreno y las construcciones de la del Rosal fueron ocupados por: la calzada de la nueva avenida, el inicio de la calle de García Molinas y por gran parte del edificio correspondiente al cine Gran Vía, situado hoy en el número 66.

Fuente: memoriademadrid.es (posterior a 1931).
Mapa de los derribos a realizar para la construcción del tercer tramo de la Gran Vía.

La Casa del Pecado Mortal, antes de ser conocida por tal apelativo, había sido propiedad de la condesa de Torrejón –también marquesa de Villagarcía- quien, en escritura con fecha del 14 de julio de 1794, había dejado en herencia todos sus bienes a la Real Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza y Santo Zelo de la Salvación de las Almas, institución fundada en el año 1733 con la finalidad, entre otras cosas, de acoger y asistir sigilosamente a mujeres embarazadas de ilegítimo concepto. Desde Felipe V todos los reyes españoles fueron presidentes de esta Hermandad.

Fuente: memoriademadrid.es (década de los años 20 del siglo pasado).
Sala de Juntas de la Casa del Pecado Mortal.

Desde sus inicios los integrantes de esta Hermandad, cuyo tenaz objetivo era la de hacer el bien por las almas de los que viven en pecado, salían cada noche para pedir dinero con que sustentar sus propósitos, formando la denominada Ronda del Pecado Mortal. Por parejas, provistos de farol y campanilla, deambulaban por las inmediaciones de figones o tabernas, bailes, hosterías y casas non sanctas cantando tétricas saetas que hablaban del infierno, de la muerte y de lo breve que es la vida. Los destinatarios de tan siniestros mensajes solían agredir a los cantores con todo aquello que tenían a mano: piedras, verduras podridas, restos de pitanza y excrementos varios.

Además de la casa de la calle del Rosal la Hermandad disponía de otras dos en Madrid, en las calles del Barco y Madera alta, dedicadas al mismo fin y conocidas con idéntico nombre por los vecinos. 

Fuente: bne.es (1910)
La Casa del Pecado Mortal, la segunda a la izquierda de la fotografía, en la calle del Rosal.

La historia de esta Casa del Pecado Mortal de la calle del Rosal comenzó aproximadamente en el año 1800. Con sólo una puerta de acceso, que únicamente se abría para dejar salir o entrar a los integrantes de la ronda mendicante, poseía el aspecto de una mansión inquisitorial. Tenía un salón de juntas y custodiaba el archivo de la Hermandad; era también el lugar impenetrable donde se guardaban los fondos obtenidos por las donaciones y contaba con protección regia y gubernamental, que garantizaba el secreto más absoluto de cuanto en ella se hacía. Fue, hasta su desaparición, un negocio de los que no pagan tributos ni son intervenidos por nadie.

Las ventanas de sus cuatro alturas tenían los cristales pintados y estaban protegidas por celosías y persianas que nunca se abrían, incluso en su patio interior, para salvaguardar la identidad de las mujeres que allí vivían. En la parte izquierda de la fachada, bajo un ventanuco, había una pequeña ranura a modo de buzón donde se depositaban los memoriales o instancias de las mujeres embarazadas que debían ingresar en la institución, para que no se empañe la heráldica familiar.

Fuente: bne.es (1906).
Buzón de la Casa del Pecado Mortal, para recibir las instancias de las mujeres.

Previo examen de sus memoriales las mujeres podían ser admitidas o no por la Hermandad. Aquellas que ingresaban eran denominadas recoletas y se les destinaba a una habitación con una cama, en cuyo cabecero encontraban tupido velo y una tarjeta con un nombre ficticio que debían utilizar durante todo el tiempo de permanencia en la casa, guardando así el más riguroso incógnito. Tenían derecho a recibir la visita de sus familiares, sólo en los días señalados, y a entrevistarse con ellos a través de una tupida celosía.

La Casa estaba gobernada por una rectora, mujer de cierta edad, soltera o viuda, que era secundada por un celador: único en conocer el nombre real de “las enfermas”, siendo además el encargado de inscribir al fruto del pecado en el registro civil y de, si la madre lo consentía, entregarlo a la Inclusa. 

Las recoletas ricas podían ingresar en la casa abonando la cantidad de tres pesetas diarias, en concepto de donativo para la Hermandad, y tenían derecho a una habitación individual. Las mujeres embarazadas pobres eran tratadas de otra manera: no ocultaban su rostro, dormían en habitaciones compartidas e ingresaban en la institución, siempre que hubiese plazas disponibles para ellas, con el requisito de servir a las más adineradas. En el año 1918 la cuota de estancia de una recoleta rica en la Casa ascendía a seis pesetas diarias, lo que daba derecho a estar acompañada por otra embarazada pobre, destinada a su servicio. 

Fotografía: M.R.Giménez (2017)
Lugar donde estuvo situada la calle del Rosal, en la actualidad, que se corresponde con el número 66 de la Gran Vía y la calle de García Molinas.

En el mes de mayo de 1926 el Ayuntamiento de Madrid procedió a la expropiación de la Casa del Pecado Mortal de la calle del Rosal, para dar paso al tercer y último tramo de la Gran Vía, abonando la cantidad de 113.794’08 pesetas.




Fuentes:

Bibliotecavirtualmadrid.org
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.
Memoriademadrid.es
Prensahistorica.mcu.es

jueves, 15 de junio de 2017

CAFÉ UNIVERSAL, “EL CAFÉ DE LOS ESPEJOS”.

El Café Universal: ese gran cuadrilongo, blanco y dorado, cubierto de espejos hasta una altura considerable y alumbrado por elegantísimas lucernas, fue inaugurado el sábado 28 de septiembre de 1861 en el número 15 (hoy nº 14) de la Puerta del Sol de Madrid.

Tanto la parcela como el edificio donde estuvo ubicado, como muchos otros de la Puerta del Sol, fueron propiedad del opulento capitalista Juan Manuel Manzanedo González, que había obtenido su enorme fortuna con la trata de esclavos, entre otros negocios.

Fuente: bdh.bne.es (1905).
La fachada del Café Universal aparece señalada por la flecha.

Juan Fernández Quevedo, propietario y fundador del Café Universal, invitaría a lo más selecto de Madrid a la apertura del nuevo negocio. La fiesta, en la que se sirvieron helados y bebidas hasta las doce de la noche, contó con la excelente orquesta dirigida por el maestro Skozdopole (Johann Daniel Skoczdopole).

El Universal era un café de lo más elegante; en la fachada se anunciaba su título en español, francés e inglés con letras doradas sobre fondo azul encima de las puertas. En el entresuelo, al que se accedía por una escalera de caracol que partía del salón principal, además de tener entrada propia por el portal del edificio, se instalaron las mesas de billar y de tresillo (juego de cartas) junto a los gabinetitos para comidas de confianza.

En el año 1863 llegó a Madrid, para estudiar la carrera de Derecho, un joven llamado Benito Pérez Galdós y se instaló en una pensión de la cercana calle de Fuencarral, número 3. Allí conocería al también canario Fernando León y Castillo (a la postre político y responsable de varios ministerios), con quien fundaría quizá la más perdurable -setenta años y con reuniones diarias- tertulia de la colonia canaria en un café de Madrid. 

Pérez Galdós mencionó al Café Universal, donde también solía escribir, en algunas de sus obras: “Prim” y “La de los tristes destinos” correspondientes a la cuarta serie de los “Episodios nacionales”. “España trágica” y “España sin rey” de la quinta y última serie de la misma colección. Solía comentar que su novela “Gloria” había sido concebida pasando por la Puerta del Sol, entre la calle de la Montera y el Café Universal.

Fuente: es.wikipedia.org
Caricatura de Benito Pérez Galdós, publicada en 1898, escribiendo los Episodios Nacionales y sentado en el sillón "N" de la Real Academia Española. Obra de Joaquín Moya.

Durante el mes de julio de 1880 el Café Universal se mantuvo cerrado para llevar a cabo grandes obras de restauración. Su primer dueño había dejado el negocio en manos de su hijo, Juan Fernández Benavente, quien reabriría el establecimiento tres meses después.

Fuente: bdh.bne.es (1880).
Portada y trasera del menú del Café Universal cuando fue inaugurado, por segunda vez. Las siglas JFB corresponden al nombre de su nuevo propietario (Juan Fernández Benavente).

El nuevo aspecto del Café Universal fue, a decir de la prensa, de exquisito gusto. En la fiesta de inauguración camareros uniformados sirvieron con profusión y diligencia delicados artículos de una calidad digna de encomio.

La decoración del local era muy novedosa y elegante. Bajo la dirección del arquitecto Egidio Piccoli, en colaboración con los pintores Jorge Busato, Bernardo Bonardi y Francisco Javier Amérigo, todos ellos vinculados con la escenografía, el espacio del café fue repartido y ambientado en los estilos pompeyano, renacentista y rafaelesco. 

Los altos techos estaban pintados en vivos colores artísticamente combinados al igual que las paredes, que se hallaban cubiertas por cristales formando elegantes dibujos con el fin de proteger las obras. Los grandes espejos continuaban, como desde la primera decoración, aumentando las dimensiones del salón y sirviendo de reclamo para que la clientela siguiera denominando al Universal como El café de los espejos.

Peñas y tertulias variopintas continuarían a lo largo de los años en el Café Universal; como “La Vicaría”: situada en un rincón alejado de la calle y que ya existía en el año 1906. A ella asistían poetas, periodistas, pintores y todo aquel que tuviera algo que contar, incluidas las mujeres. Años más tarde (sobre 1918), el poeta León Camino Galicia de la Rosa (León Felipe) formaría parte de esta tertulia junto al escultor Emilio Madariaga Rojo y el traductor Wenceslao Roces Suárez, entre otros. 

Otra celebérrima tertulia del Universal fue la del torero Vicente Pastor Durán “El chico de la blusa”, que ya en el año 1911 se había reservado su rincón en un lugar bien visible, junto a la vidriera del café. 

Por aquellos años el negocio ya había cambiado de dueño siendo sus propietarios Honorio Riesgo y Clemente Fernández, quienes renombraron el establecimiento que pasó a llamarse Gran Café Universal.

Fuente: B.N.E. (1933) Fotografía de Vicente López Videa.
Fachada del Gran Café Universal.

La historia del Gran Café Universal continuó su camino entre tertulias, noticias sobre robos de gabanes despistados en su sala de billar, rotura de las grandes lunas de sus ventanales durante alguna protesta en la Puerta del Sol, pero sin anuncios publicitarios en los periódicos. La situación privilegiada del local, así como la costumbre arraigada, entre quienes deseaban escuchar o tenían algo que decir, de visitar a diario cada uno de los cafés de la Puerta del Sol propiciaba la buena marcha de un negocio que no precisaba más reclamos.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) el Universal formó parte de las industrias socializadas del Sindicato de la Alimentación en Madrid, siendo gestionado por los propios trabajadores.

Fuente: mcu.es (1937).
La fachada del Café Universal tras los bombardeos en la Puerta del Sol, durante la Guerra Civil Española.

Tras acometer obras de remodelación, para dar al local un aire de modernidad, el Café Universal reabrió en el mes de diciembre de 1950. Su vieja fachada de madera fue eliminada, su interior redujo el espacio y suprimió la hermosa decoración antigua para presentar un café aséptico, luminoso y anodino.

Fuentes: fotografía de la izquierda, ABC (1958). Fotografía de la derecha, elmadridquevivioelcipri.blogspot.com.es (década de los años 50).
A la izquierda se aprecia la nueva fachada del Café Universal y a la derecha su interior. 

El Universal, que había reanudado los olvidados conciertos musicales de su inicio, retomó esta actividad con una orquesta de señoritas de la que formaría parte una joven violinista llamada Olga Ramos.

Tras su reapertura del año 1950 instaló, junto a la escalera de acceso al entresuelo, un pequeño y elegante escenario capaz de albergar a orquestas de cinco o seis componentes. 

Por entonces el Café Universal, administrado por el escritor y poeta Francisco de la Vega, ya anunciaba su programación musical en la cartelera de los periódicos y tenía la consideración de sala de fiestas. 

A partir del año 1951 y durante casi dos décadas La orquesta de Olga, de la que también formaría parte el director Enrique Ramírez de Gamboa “El Cipri”, obtendría grandes éxitos con sus funciones diarias en este café. 

Fotografía: M.R.Giménez (2017).
Aspecto actual de lo que fue el Café Universal.

El Universal fue el último de los cafés históricos en desaparecer de la Puerta del Sol. En los primeros meses del año 1974 el negocio cerró, llevándose su larga historia por delante.

Fotografía: M.R.Giménez (2016).
Placa de la fachada que recuerda hoy al Café Universal, donde actuaba Olga Ramos.

En la actualidad sólo una placa dedicada a la reina del café concierto Olga Ramos recuerda al galdosiano Café Universal, tras sus ciento trece años de historia.





Fuentes:

ABC
Bdh.bne.es
Elmadridquevivioelcipri.blogspot.com
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España
Mcu.es
Prensahistorica.mcu.es 

lunes, 29 de mayo de 2017

PASAJE, MERCADO Y BAÑOS DE SAN FELIPE NERI.

Sobre el terreno que fue oratorio de San Felipe Neri, desamortizado en el año 1836, vinieron a construirse un pasaje o galería, un mercado y una casa de baños rusos. Este espacio estaba situado entre las madrileñas calles de Bordadores, San Felipe y de las Hileras.


Fuente: ign.es
Plano de Madrid (1848) de Pascual Madoz y Francisco Coello.
Junto a la plazuela de Herradores, señalado por el círculo, aparece el edificio del Pasaje y Mercado de San Felipe Neri.

A imitación de las cubiertas galerías comerciales francesas y con la finalidad de construir atajos peatonales entre las calles, vinieron a edificarse el Pasaje y el Mercado de San Felipe Neri inaugurados, respectivamente, el día 19 de abril y el 1 de agosto del año 1840.

Fuente: B.N.E. 81840)
Pasaje o Galería de San Felipe Neri, tras su inauguración.

Propiedad de Mariano Bertodano y Cía. el madrileño Pasaje de San Felipe Neri, además de calle, serviría para ubicar tiendas de objetos lujosos, mientras que en el Mercado se instalarían los puestos de venta para comestibles. Ambos recintos estaban separados entre sí, pero comunicados por un paso interior en el mismo edificio.

El conjunto fue proyectado por el arquitecto Mariano Marcoartú (Marco Artú), quien diseñó lo que se convertiría en el primer pasaje de Madrid. Cubierto por un techo, inicialmente con estructura de madera (más tarde sustituida por hierro) y cristal, contaba con una longitud cercana a los setenta metros. Sus dos alturas estaban separadas por una faja corrida que forma tableros y antepechos figurando un calado de buen gusto. El acceso a las tiendas se enmarcaba con pilastras pareadas y en su piso superior las ventanas, en forma de herradura, se adornaban con arcos túmidos (de herradura apuntados). La ornamentación de gusto gótico-arabesco se completaba con un suelo de losas de piedra y las pinturas del artista Francisco Martínez.

Cada uno de los comercios situados en esta galería tenía portones de madera y cristal, con una anchura de dos metros y veinte centímetros por tres con treinta de alto. Todos tenían una pequeña habitación sobre sí y algunos se completaban con una planta de sótano. Una droguería, la librería de Miguel Burgos, un gabinete de lectura o una fábrica de libros rayados y encuadernaciones, además de una tienda de vinos y una sastrería eran, entre otros, los negocios instalados en este Pasaje de San Felipe Neri al que se accedía por las calles de Bordadores y de las Hileras, además de por el centro de la fachada de la plazuela de Herradores.

Fotografía: M.R.Giménez (2017).
Edificios actuales, donde se ubicó el Pasaje y el Mercado de San Felipe Neri, vistos desde la calle Mayor.

Madrid, a mediados del siglo XIX, tenía carencia de mercados instalados en recintos cubiertos. Los productos se vendían en puestos callejeros y sin horario lo que provocaba molestos ruidos, malos olores y demasiada suciedad.

El Nuevo Mercado de San Felipe Neri quiso venir a paliar los problemas insalubres de la zona. Situado junto al Pasaje, ocupaba dos tercios en la extensión total de la nueva edificación.

Fotografías: M.R.Giménez (2017).
Las flechas señalan los lugares donde se situaron los accesos al Mercado de San Felipe Neri en las calle de Bordadores, nº 1 e Hileras, nº 2. 

Cuatro entradas daban acceso a esta plaza de abastecimiento: dos por la calle de Bordadores y otras dos por la de las Hileras. Su interior contaba con tres pasillos a la intemperie, con ordenados cajones en los que se vendían verduras, frutas o carne de caza, y otras cinco calles cubiertas que se destinaban a los puestos para la venta de carnes y pescados. Estas últimas tiendas eran las de mayor tamaño, tenían sótano y una habitación luminosa a nivel del piso del mercado, además de contar con grandes escaparates para exponer las mercancías.

El precio del alquiler de los cajones y de los puestos oscilaba entre 1 y 4 reales diarios. 

El mercado tenía también un gran patio interior, que distribuía los espacios y aportaba luz natural al recinto, además de un pozo de aguas abundantes en el cual se coloca una bomba que ha de servir no solo de seguridad contra incendios, sino también para regarlo diariamente y cuantas veces se requiera en tiempo de verano.

Las aguas pluviales que caían sobre la cubierta bajaban por cañerías de plomo a las tarjeas o canalizaciones, que estaban conectadas con el alcantarillado.

El enorme desnivel y la irregularidad del solar sobre el que se levantó este edificio fueron notablemente salvados por el arquitecto, que procuró sacar todo el partido posible.

Contra todo pronóstico ese género de vía cubierta no supo prosperar (en Madrid) como en otras ciudades europeas. Por razones desconocidas el mercado, cuatro años después de su inauguración, estaba casi desierto.

Un nuevo negocio vendría a instalarse en el fallido mercado de San Felipe Neri, con entrada por el antiguo Pasaje de acceso por la calle de Bordadores, número 1 y de las Hileras, número 2. Los doctores Joaquín Delhom y Manuel Arnús Ferrer abrirían el día 19 de abril de 1858 un establecimiento de Baños Rusos, que posteriormente derivaría en balneario, aprovechando el agua de la laguna subterránea de la Plaza Mayor.

Los nuevos baños de vapor a la rusa parece que se inauguraron sin haberlos terminado, por lo que sólo podía funcionar una parte de las instalaciones. Sus dueños aseguraron que, tras finalizar la obra, habría también baños para pobres y para los establecimientos de beneficencia de esta corte. 

Con horario desde las 7 horas de la mañana y hasta las 6 horas de la tarde, el precio de 24 reales daba derecho a un baño de vapor seguido de irrigaciones con agua fría. Otros servicios consistían en inmersiones en agua clara o baños sulfurosos artificiales, que también se realizaban a domicilio, explicando en su propaganda que el uso beneficiosísimo del baño da flexibilidad a los miembros, elasticidad y tono a la piel. Todos los baños se realizaban tras una consulta médica.

A finales del año 1864 se solicitó licencia al Ayuntamiento de Madrid para demoler el edificio donde estuvo situado el Pasaje de San Felipe, con el fin de edificar nuevos inmuebles. Tres meses después casi estaba completado el derribo. En su lugar se construirían las viviendas que hoy podemos ver.

Los baños rusos se mantuvieron abiertos casi hasta el fin de la demolición total de lo que fue el Mercado de San Felipe Neri, trasladando sus instalaciones a la calle de las Hileras, número 4, a mediados del año 1867. A partir de entonces cambiarían su nombre por el de Balneario de San Felipe Neri.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1870).
Puerta del Balneario de San Felipe Neri.

A los doctores Joaquín Delhom y Manuel Arnús Ferrer, que habían fundado los baños rusos en 1858, vino a unírseles el doctor Félix Borrell Font, inaugurando así el primer establecimiento erigido en Madrid donde la hidroterapia se practicaría en una instalación dirigida por profesionales médicos.

Dotado de los más costosos aparatos y de toda clase de conducciones para agua fría, caliente, vapor o aire comprimido el moderno Balneario de San Felipe Neri contaba también con baños hidroterápicos, de aire comprimido o rarefacto, minero-medicinales artificiales, sulfurosos y un largo etcétera. A la instalación de lujosas bañeras de mármol o de zinc estañado se unieron los más modernos instrumentos atmosféricos y de pulverización, así como duchas, desde las más enérgicas hasta las más suaves.

Este Balneario continuó con el servicio de baños a domicilio, de agua o vapor, transportados por medio de carros y que podían contratarse a cualquier hora del día o de la noche.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1870)

Con el tiempo el Balneario de la calle de las Hileras fue convirtiéndose en una casa de baños higiénicos, sulfurosos y medicinales de todas clases. Era difícil competir con las lujosas instalaciones de los que se abrían junto al mar y en la montaña.

Fotografía: M.R.Giménez (2017)
Calle de las Hileras, número 4, en la actualidad.

La última noticia de este negocio, encontrada en la prensa, data del año 1935. 

En la actualidad, y desde la década de los años cincuenta del siglo pasado, su espacio está ocupado por un edificio de uso comercial.




Fuentes:

Bdh.bne.es
“Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones en ultramar” Pascual Madoz.
Hemeroteca ABC
Hemoroteca B.N.E.
Ign.es
“Manual histórico-topográfico, administrativo y artístico de Madrid” Ramón de Mesonero Romanos.
Prensahistorica.mcu.es

jueves, 4 de mayo de 2017

HEMINGWAY EN LA CALLE DE LA TERNERA.

Se podría decir que Ernest Miller Hemingway o Ernesto Hemingway, como gustaba de llamarse durante sus estancias por España, continúa en la calle de la Ternera de Madrid.

Fotografías: M.R.Giménez (2017)
Dos aspectos de la pequeña calle de la Ternera.

El local situado en el número 4 de esta calle, que hoy alberga un restaurante cubano y a lo largo del tiempo sirvió para instalar diferentes negocios (carbonería, cochera, taller mecánico, lechería o depósito de libros), contiene un busto de Hemingway firmado por el escultor Santiago de Santiago Hernández. 

Esta escultura fue promovida por la asociación de los amigos de El Rincón de Hemingway, grupo que conoció y tuvo una relación muy estrecha con el escritor. Los toreros Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, el escritor José Luis Castillo-Puche y el propio escultor Santiago de Santiago formaban parte del colectivo.

La obra, que muestra en tamaño natural la cabeza en bronce del escritor, se instala sobre una base de piedra de granito en la que se lee Restaurante El Callejón a Hemingway, sobre una placa.

Fotografía: M.R.Giménez (2015)
Escultura de Ernest Hemingway.

Fue a finales de abril del año 1982 el momento elegido para descubrir la escultura, con la asistencia del embajador de los Estados Unidos de América en España. El acto tuvo lugar en el restaurante El Callejón situado en el antiguo número 6 de la calle de la Ternera, histórica casa hoy desaparecida. 

Fuente: ABC (1982).
Descubrimiento de la escultura de Hernest Hemingway en El Callejón (c/ de la Ternera, 6)

La crónica de este inmueble, derribado a finales de los años noventa del siglo pasado, contaría, si existiera, que allí vivió y falleció el capitán Luis Daoíz Torres, héroe del levantamiento contra los franceses en el Cuartel de Monteleón de Madrid, el día 2 de mayo de 1808.

El único local del edificio fue ocupado por muchos negocios y entre ellos, en el año 1930, por la taberna Casa Guerrita Chico propiedad del que fuera novillero y después industrial Jesús Rodríguez Arribas.

Fuente: B.N.E. (1930)
Casa Guerrita Chico, situada en la calle de la Ternera, nº 6,

Más de una década después, en el año 1944, se inauguraría El Callejón como taberna especializada en comida casera, propiedad de Felipe García y Manuel Jiménez. Este antiguo número 6 de la calle de la Ternera era un lugar apartado, tranquilo y provisto de comedores independientes; fue visitado por Ernest Hemingway en tantas ocasiones que hasta tenía su propia mesa reservada de forma permanente.

Allí se reunió con muchos amigos españoles durante sus viajes a Madrid y conoció, por medio del torero Domingo Dominguín (Domingo González Lucas), a un joven militante del Partido Comunista que le fue presentado como Agustín Larrea, de profesión sociólogo y que no era otro que el futuro escritor y ministro de Cultura socialista Jorge Semprún Maura, por entonces en la clandestinidad y perseguido por el régimen fascista de Franco.

Semprún recordaría aquel encuentro con Hemingway del año 1954 en El Callejón al presentar su novela "Veinte años y un día" (2003), ambientada en la posguerra española y pergeñada durante aquella conversación con el Premio Nobel de Literatura.

Fuente: 2.munimadrid.es (1997).
Fachada de El Callejón, en la calle de la Ternera, nº 6, poco antes de ser demolida.

A mediados de los años ochenta del siglo pasado el negocio de El Callejón se amplió con el local situado en la casa contigua (que aún existe) del número 4 de la calle, por medio de un estrecho pasillo que comunicaba ambos negocios. Así el restaurante tendría como filial el Mesón La Ternera.

Fuente: ABC (1985)

El antiguo e histórico inmueble de la calle de la Ternera, número 6 fue derribado con toda su historia al finalizar la década de los años noventa. Sobre su solar se levantó de inmediato una nueva casa. 

El busto de Ernest Hemingway se instaló desde entonces en el local del número 4, antes mesón y hoy restaurante de comida cubana.

Fuente: mcu.es (1930-1936) - Fotografía de Antonio Passaporte.
Fachada del hotel Florida, situado en la plaza del Callao.

Ernest Hemingway se alojaba en el desaparecido Hotel Florida (pinchad) de la plaza del Callao de Madrid, durante la Guerra Civil Española. Este establecimiento se encontraba a muy corta distancia de la calle de la Ternera y de El Callejón.



Fuentes:

2.munimadrid.es
Es.wikipedia.org
Hemeroteca ABC
Hemeroteca B.N.E.
Mcu.es

lunes, 17 de abril de 2017

CAPELLANES, MUCHO MÁS QUE UN CAFÉ.

La calle de Capellanes (actual c/ del Maestro Victoria y antes de Mariana Pineda) albergó, desde el año 1559, uno de los edificios con la historia más versátil de Madrid: La Casa de la Misericordia. 

Maqueta de León Gil de Palacio (1830).
Entre la Puerta del Sol y la plaza de las Descalzas, señalada por una flecha, aparece la Casa de la Misericordia.

La Casa de la Misericordia, que comenzó siendo hospital y más tarde vivienda para capellanes, pasó a alojar diversos negocios tras la desamortización de 1836: juzgados, imprentas, salones de alquiler, bailes, cafés y varios teatros. El precio de esta casa fue tasado para su venta en 2.538.396 reales en 1837.

A partir del año 1850, y tras acometer no pocas reformas en su interior, la antigua Casa de la Misericordia se convertiría en los salones de baile más famosos de la historia del Madrid del siglo XIX. 

Su espléndido patio central fue cubierto, adornado con grandes espejos y formidables lámparas. El local se alquilaba, sobre todo para las fiestas de máscaras en carnaval, a todo tipo de asociaciones. Allá bailaban las damas ilustres junto a sus cocineros, las modistas y los grandes de España, las doncellas con los señoritos camuflados tras los diversos disfraces. Así este salón sería conocido con el nombre de Baile de Capellanes, enclavado en la por entonces triste, desierta y oscura calle de Capellanes, número 10, con vuelta a la calle de la Tahona de las Descalzas.

Fuente: Es.wikipedia.org
"Baile de Capellanes" pintado entre 1860-1865 por Ricardo Balaca Oreja-Canseco.

En el mes de marzo de 1860 el baile fue convertido en el primer teatro-café de Madrid. En la parte izquierda de la entrada a su salón principal se construyó un pequeño escenario, se instaló un ambigú o cantina y pasó a llamarse Teatro-café de Capellanes. 

El reconvertido salón de espectáculos también se ubicó en el antiguo patio del edificio, que ya antes había sido techado. Sus cuatro grandes columnas, que ejercían de soporte, entorpecían la vista de las representaciones desde algunos veladores que se habían dispuesto en las galerías que rodeaban la sala. Pero nada de esto importaba porque, tras la función, todo el mundo deseaba participar en el baile final.

Había comenzado la moda de los teatros líricos, así llamados porque amenizaban con música entre cada uno de los espectáculos del programa. Dos reales daban derecho a ver las funciones del día y a una consumición de café o helados por valor equivalente. Las mujeres tenían la entrada gratuita.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1873)

El de Capellanes fue uno de los primeros locales de Madrid en popularizar el baile del can-can y las críticas encolerizadas no se hicieron esperar. Mientras la autoridad competente exigió a las bailarinas el uso de pololos, la voz del púlpito de la iglesia de Montserrat expelía encolerizada: “Jóvenes que estáis bailando, al infierno vais saltando”. 

En el mes de enero de 1868 el Teatro-café de Capellanes acometió reformas tanto en sus localidades como en el palco escénico y pasó de denominarse Teatro de Alarcón. Su programación era muy similar a la de su antecesor combinando obras teatrales con música y baile, en un primer momento. Alrededor del año 1870 las funciones de teatro parece que habían ganado la partida.

El negocio de la calle de Capellanes volvió a cambiar de dueño, inaugurando el Teatro-café del Liceo en el mes de diciembre de 1874. Este nuevo teatro estaba decorado por el magnífico escenógrafo Eduardo Montesinos.

Por fin, el día 20 de mayo de 1875, aquel coliseo de la calle de Capellanes se convirtió en un lugar elegante, cómodo, limpio y aseado, a decir de la crítica del momento, al inaugurarse allí Teatro de la Risa.

Fuente: B.N.E. (1882)
Teatro de la Risa.

Completamente restaurado, el de la Risa era un teatro de aspecto distinguido y confortables localidades. La embocadura del escenario era sencilla y de buen gusto tras de la que caía un gran telón, obra del pintor Francisco Plá Vila, de colorido vigoroso y buena entonación.

El programa del Teatro de la Risa contenía la representación de varias comedias, entre las que una orquesta interpretaba sinfonías y algún solista novel ejecutaba piezas al violín. El espectáculo se completaba con una exhibición de danza a cargo del cuerpo de baile de la compañía.

La historia del famoso número 10 de la calle de Capellanes volvió a reescribirse con un nuevo cambio de dueño y la correspondiente remodelación del local. El día 30 de abril de 1884 se inauguró el Salón Romero, propiedad del empresario y editor musical Antonio Romero Andía.

Fuente: Mcu.es (1884-1896). Fotografías de Jean Laurent.
Dos aspectos del Salón Romero y su magnífica decoración.

Con capacidad para seiscientos espectadores, el lujoso Salón Romero fue destinado a conciertos. Una parte del recinto fue reservada para el depósito de las nueve mil obras musicales del fondo editorial de su propietario, que además exponía ciento treinta pianos y harmonios en los laterales de la sala.

Fuente: Fotografía de la izquierda Pinterest.com (1884). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2017)
Vistas tomadas desde el mismo lugar de la plaza de las Descalzas. A la izquierda aparece señalado el Salón Romero el mismo año de su inauguración y a la derecha el edificio que hoy ocupa su lugar.

Romero no escatimó en la opulenta decoración de su Salón, dotado de excelente resonancia y un magnífico alumbrado. Las obras fueron dirigidas por el arquitecto José Marín-Baldo Caquia y su hijo, José Marín-Baldo Burgueros, realizó las pinturas del proscenio y el gran medallón del techo que representaba la alegoría de la Música de baile. El pintor Manuel Picólo López intervino en los ocho retratos de compositores que en sendos medallones adornaban el techo del Salón, así como en los que representaban a la Música religiosa y a la militar. El escenógrafo y pintor Pedro Valls ejecutó otro medallón conteniendo la imagen de la Música imitativa, revistiendo también los muros del local con veinte tapices pintados que mostraban escenas de zarzuelas y óperas. En la fastuosa decoración del Salón Romero intervinieron además el escultor Miguel Ángel Trilles, con cuatro bustos instalados en la cúpula central, y José Aterido, realizando los calados en zinc de las lucernas.

Fuente: Hemerotecadigital.bne.es (1885).

Los viejos muros del siglo XVI de la calle de Capellanes, número 10, aún albergarían otro elegante y último teatro. Propiedad de la Sociedad Olimpia, el día 4 de febrero de 1897 quedó inaugurado el Teatro Cómico.


Fuente: B.N.E. (1933)
Fachada del Teatro Cómico.

Con capacidad para ochocientos espectadores el Teatro Cómico modernizó algo de la vieja estructura del antiguo Salón Romero, pero mantuvo gran parte de su preciosa decoración. El escenario de la antigua sala de conciertos elevó su altura y abrió un espacio, delante del proscenio, donde se situaría la orquesta. 

Aunque fue dotado de un nuevo y potente alumbrado eléctrico el nuevo teatro tenía la desventaja de impedir la visión de las funciones en muchas de sus localidades, debido a las grandes columnas que sustentaban el techo cerrado del primitivo patio donde estaba ubicado. Fue así como, pocos meses después de ser inaugurado, volvió a realizar importantes obras en su interior.

Arrendado por la compañía propietaria al actor Enrique Sánchez de León, el proyecto del nuevo Teatro Cómico sería encargado al arquitecto Julio Martínez-Zapata Rodríguez, quien desmantelaría la antigua cúpula y sus gruesas columnas para realizar un moderno recubrimiento con soportes más estrechos, subiendo la altura del techo para dotar de más amplitud al local. La nueva estructura daría espacio para levantar dos pisos cómodos y elegantes, distribuyendo las localidades en varias zonas bien repartidas, separadas por anchos pasillos, a las que se sumaron veintiséis nuevos palcos a derecha e izquierda de la embocadura del escenario y en el entresuelo, además un palco regio. 

La inclinación del suelo, hasta entonces plano, de la zona correspondiente al patio de butacas fue modificada dando ciertas garantías visuales contra la altura excesiva de los sombreros de las señoras. Allí se instalaron confortables asientos en madera de nogal, colocados en rampa.

Una nueva obra, en el año 1922, modernizaría aún más el Teatro Cómico haciendo desaparecer las pinturas y el ornato del antiguo Salón Romero, por completo. Sus paredes se pintaron en colores marfil y oro, tapizando los pasillos y el techo con telas de claras tonalidades.


Fuente: diariomadrid.net (1968)
Fachada del Teatro Cómico poco antes de ser derruido.

En octubre de 1969 la piqueta entró sin compasión tanto en el Teatro Cómico como en los edificios circundantes, para convertir el terrero correspondiente al número 10 de la calle del Maestro Victoria (antigua de los Capellanes y de Mariana Pineda) en una explanada que serviría de atrio para la entrada del nuevo edificio de unos grandes almacenes.





Fuentes:

Bdh-rd.bne.es
Diariomadrid.net
“En las Descalzas Reales de Madrid. Estudios históricos, iconográficos y artísticos” Elías Tormo.
Es.wikipedia.org
“Guía de Madrid” Ángel Fernández de los Ríos.
“Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España”
“Las calle de Madrid” Pedro de Répide.
Mcu.es
Pinterest.com
Prensahistorica.mcu.es